Reos de los escalones de La Matula

14/02/2019

Hay escaleras que son muros. En la calle Felicidad, donde se suceden cuatrocientos peldaños, hay vecinos que reclaman una solución mecánica al aislamiento en el que viven. Urbanismo estudia una solución en su plan de movilidad vertical

En La Matula, la vida va al golpito. En la calle Felicidad, hay que hacer alguna parada para escalar los cuatrocientos escalones que separan la calle principal de los altos del Secadero. Para los mayores, estas escaleras son hoy un suplicio porque actúan más de barrera que de vía de comunicación. La estrechez de los peldaños y lo empinado de la subida hace que ya ni los supermercados se comprometan a llevarles la compra.

«Ya no sube nadie», se queja Inocencia Espino, que a sus 88 años requiere de ayuda para poder llenar la despensa. «No sube nadie, ni el del pan», explica, «dejan los panes en una bolsa y ya algún vecino los subirá».

Tampoco el supermercado, ni las compañías suministradoras de agua o gas se enfrentan con este muro de peldaños. Hasta hace ocho meses, los trabajadores de Hiperdino se atrevían a superar los cien escalones que hay hasta la casa de Inocencia, pero ya ni eso. «Nos dijeron que era por motivos de salud laboral», explica.

Ella comprende las dificultades que representa para estos trabajadores pero se hace la pregunta: «¿Y quién le trae la botella de aceite a una persona mayor como yo?».

De momento, se las arregla con la ayuda de sus vecinos y de sus familiares. Lo que suelen hacer es que almacenan la compra en un garaje que hay a pie de escaleras y poco a poco irla subiendo con la ayuda de sus familiares.

Sensación de abandono

Hay en la calle Felicidad un sentimiento de pertenecer al olvido, como si la vida pasara a su alrededor. «No nos quiere nadie», resume con pesimismo Julia Sánchez, que lleva 42 años de su vida en estas casas a las que desde siempre dieron cobijo las faldas del Guiniguada.

Una paloma muerta desde hace dos semanas se convierte en símbolo de este descuido del Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria. «Siendo un sitio tan central, tan cerca de todo, y ni un barrendero viene a barrer la calle», prosigue Inocencia, «en El Secadero y ahí enfrente (se refiere a Lomo Blanco o Lomo Verdejo) los ves barriendo, mientras que aquí estamos abandonados».

Las comparaciones también dejan maltrecha a la calle Felicidad. En otros puntos del barrio, como en la calle Caramillo, se ha podido hacer una carretera; y en Lomo Verdejo se instalaron un ascensor y una escalera mecánica; los repartidores suben todos los pisos de Lomo Blanco; y en cualquier otra parte de la ciudad no hay que traer refuerzos de ambulancias para poder bajar por las escaleras a una persona enferma o herida con un mínimo de seguridad, como le ocurrió a la propia Inocencia tras caerse en las escaleras que conducen a su vivienda.

Allí los tropezones son habituales. «Raro es el vecino que no se ha caído», lamenta Julia Sánchez. Y lo peor es que por miedo a los escalones ya hay vecinos que apenas salen de casa. El marido de Julia, por ejemplo, está sometido a un tratamiento médico que lo debilita, con lo que «a veces se queda en la casa una semana porque no puede salir».

Para ellos, la solución es una escalera mecánica o una silla salvaescalones eléctrica. «Aunque sea para subir la compra porque uno sube al golpito, como si tenemos que ir gateando», reclama Inocencia.

Durante el mandato de Jerónimo Saavedra se proyectó una escalera mecánica en la calle, pero vecinos de La Matula rechazaron esta propuesta porque entendían que una carretera desde El Secadero podría beneficiar a más vecinos.

Sin embargo, este proyecto tampoco prosperó y al final, ni los vecinos de La Matula consiguieron la carretera en esta parte del barrio, ni los residentes de la calle Felicidad pudieron mejorar sus condiciones de vida.

Ahora el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria espera poder ofrecer una solución mecanizada a estos vecinos. Pero para ello, deberán esperar a que se termine de redactar el plan de movilidad vertical que ha encargado el concejal de Urbanismo, Javier Doreste.

El edil calcula que el proceso tardará entre seis y ocho meses porque se trata de facilitar la movilidad en los riscos, en lugares poco accesibles y en la relación entre la zona alta y la parte baja de la ciudad.

«Determinaremos las soluciones técnicas en cada lugar en función de los itinerarios reales de la gente», explicó Doreste, «no queremos que pase como con el ascensor de San José, que no se utiliza».

Entre los lugares susceptibles de recibir una solución mecánica está La Matula, aunque de momento se desconoce qué sistema se elegirá. Eso lo determinará la redacción final del plan de movilidad vertical.

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