Miseria y vergüenza de la UD (4-1)

23/12/2018

Llegó el enésimo despropósito del curso para un equipo que no se cansa de exhibir su lado más famélico y moribundo. Ayer, en Córdoba, volvió a demostrar que no es un conjunto capacitado para pelear por el ascenso a Primera. Inexplicable lo de una plantilla a la que cualquiera le pinta la cara. Menos mal que ya se acaba el 2018.

Ni para despedir el año fue capaz la UD de regalarse una sonrisa. La insistencia en sacar a relucir defectos, vergüenzas y miserias sigue condenando a un equipo que parece condenado a la ruina. El Córdoba, que hasta anoche era el penúltimo en la tabla clasificatoria y que tan solo había ganado en dos ocasiones esta temporada, le pintó la cara a Las Palmas, que se queda a 12 puntos del ascenso y a ocho del Cádiz, equipo que cierra la promoción y endosó ayer tres al Deportivo. Un mundo siniestro. Un futuro incierto y lleno de oscuridad para los isleños.

Sin saber lo que es la victoria desde el 20 de octubre, la UD se empeña en lapidar lo que un día llegó a ser una máquina de tejer fútbol. No sale nada. Los rivales vuelan y las piernas amarillas pesan como si cargaran con sacos de cemento. Las tres salidas de Herrera se saldan con 12 tantos encajados –cuatro goles en contra en cada uno de ellos–. Unos números que duelen y que condenan a Las Palmas a ser un equipo mediocre y al que parece haber mirado un tuerto.

Sorprendía Paco Herrera con su once inicial. Un solo cambio con respecto a la alineación que mostró los dientes ante el Tenerife. Y fue valiente el técnico catalán, que sentó nada más y nada menos que al máximo artillero del equipo, Rubén Castro, que no atraviesa su mejor momento, para dar entrada a un Rafa Mir con ganas de reivindicarse.

Saltó con algo de dudas Las Palmas. Pero esa incertidumbre acabó en el primer balón que acarició Danny Blum. El extremo alemán, puro nervio, miró a los ojos a Loureiro y lo encaró de tal manera que el defensa blanquiverde tan solo pudo seguir la estela del futbolista germano. Lástima que su pase atrás, luego de pisar línea de fondo, no pudiese controlarlo Mir. La siguiente acción de peligro amarilla, también en las botas de Blum, pero su centro no encontró rematador. Era el único hombre visitante que estaba demostrando querer los tres puntos.

Al Córdoba le temblaban las piernas y la UD, con Galarreta a los mandos, buscaba destrozar al cuadro andaluz. El mediocentro vasco trenzó una jugada, tras robo en la zona de tres cuartos, y encontró el espacio para que Araujo mandara el primer aviso serio de los grancanarios. El remate del delantero argentino, repleto de veneno, salió rozando el poste izquierdo de Carlos Abad. Eso sí, Jaime Romero sacaba el orgullo para, unos minutos más tarde, destrozar a Dani Castellano y enviar un misil al palo. Ni lo vio pasar el gemelo.

Desde la acción del extremo manchego, los locales se sacudieron el letargo y los nervios pasaron a los isleños. Comenzaban las imprecisiones y las pérdidas de balón en todas partes del campo. Un saque de puerta de Raúl que se perdía por la banda, regates que no salían de Fidel, Blum que no encontraba la carretera, Galarreta que se disolvía con el tiempo y demás torpezas. Pero cuando el alemán arrancaba se olía que podía pasar algo diferente. De hecho, en una de sus acciones favoritas casi llega el gol de la Unión Deportiva. Salió como un cohete por el carril izquierdo, alzó la cabeza y le sirvió un centro milimétrico a Rafa Mir, que se sacó un cabezazo de manual y en el que tan solo una mejor intervención de Abad evitó el zarpazo isleño. Qué pena que no entrase...

Tras la parada del arquero blanquiverde, el Córdoba asestó una puñalada a Las Palmas. Jaime Romero, que chocó con Cala dentro del área y, mientras el central estaba tirado en el césped y Dani estaba durmiendo, el manchego fusiló a Raúl Fernández en el 28 de la primera mitad.

Tan solo las ganas de Blum se asomaban por la tempestad en el Nuevo Arcángel. La sombra de las ocho jornadas consecutivas sin ganar helaban los pulmones de una Unión Deportiva que se empeñaba en demostrar por qué no es capaz de vencerle a nadie. Dani Castellano y Fidel, horribles ayer, evidenciaban la inercia de un equipo que aspiraba al ascenso y que, a día de hoy, ya parece una auténtica utopía.

Abajo en el marcador y casi moribundo se marchaba el cuadro grancanario al descanso. Y, por si fuera poco, el segundo tiempo se iniciaba con sorpresa. Danny Blum se quedaba en la caseta, después de ser el mejor jugador visitante del encuentro, y entraba Rubén Castro. Y vaya si salió bien el cambio de cromos. El ariete de La Isleta, al que le sentó bien esperar turno, se movió como pez en el agua entre Aythami Artiles y Muñoz. El Moña quebró y acarició el tanto del empate hasta que lo subió al electrónico. Se descolgó Álvaro Lemos, como ya es habitual este curso, para poner un balón medido al segundo palo, donde aparecía Sergio Araujo que, tras un control con el pecho, se quitó a su marca de encima y, tras su intento de remate, el más listo de la casa acudió al rescate. Bendito olfato goleador del ex del Real Betis. La primera ocasión clara que tuvo acabó en el fondo de las mallas. No iba a rendirse tan pronto Las Palmas, consciente de la importancia capital de cerrar el año con un triunfo que pusiera una tirita a la herida amarilla.

Pero poco le duró el sosiego a los insulares. Piovaccari, tras otro error grosero en la retaguardia, volvió a poner a los andaluces por delante. Ese tanto, con lo que había costado igualar la contienda, fue un croché en el rostro de la Unión Deportiva que, como ya es rutina, tenía que remar a contracorriente.

La suerte, siempre infiel a Las Palmas, volvía a negarle la mano. Ni cuando ya se cantaba el gol fue capaz Araujo de empatar el encuentro. Su disparo, casi a placer y dentro del área pequeña, se estrelló en un soberbio Carlos Abad. El arquero salió a cubrir portería y frenó las ilusiones grancanarias. Y, por si fuera poco, en la jugada siguiente se acabó el partido. La UD, cómo no, puso la alfombra roja en defensa para que el canterano cordobés Andrés Prieto dejara en ridículo a la zaga isleña. Encaró solo y puso el tercero. Ver para creer. Lo que era el empate acabó convirtiéndose en un nuevo dolor de cabeza para un equipo que encadena ya nueve partidos consecutivos sin ser capaz de encontrar una mísera victoria. Lo de Piovaccari, a sus 34 años, dejando en evidencia a David García en el uno contra uno y cerrando el enésimo descalabro del curso, con el 4-1 clama al cielo.

No se explica lo que le está pasando a una plantilla con semejante potencial y a la que, semana tras semana, cualquier equipo de la zona baja de la tabla le pinta la cara. Lo mejor, que ya se acaba un año en el que los despropósitos han sido los verdaderos protagonistas y en el que el fútbol, por desgracia, ha brillado por su ausencia.

La afición, que no dudó en desplazarse pese a la fecha, casi tocando la Navidad, no se merece semejantes aberraciones. Los que se dieron cita y, como siempre, se dejaron la garganta, acabaron despidiendo al equipo con gritos de «sinvergüenzas», «gandules» y «no merecen esa camiseta». Fiel reflejo de la impotencia y el maltrato hacia un escudo que ya parece haberse acostumbrado a vivir debajo de las alcantarillas, en el mismo subsuelo.