La UD es un siniestro total

01/04/2019

La derrota ante el Elche tiene aires definitivos en las remotas opciones que conservaba aún el equipo de engancharse a la pelea por el sexto puesto. Ignominiosa primera mitad y reacción con impotencia tras el descanso y las entradas de Momo y Fidel. Incendio en la grada con gritos coléricos contra los jugadores y petición de dimisión al presidente

Se veía venir. Es innegable. A golpe de desprestigio, de hacer las cosas rematadamente mal, autodestrucción de meses, una suerte de demolición sostenida y firme, la UD ha terminado por buscarse la ruina merecida, la que hoy tiñe su presente y futuro. A dos meses para que se acabe la temporada, por el Gran Canaria ya han echado el telón y no hay románticos que sueñen imposibles. La derrota frente al Elche, lastimosa en forma y fondo, tiene aires definitivos y certifica, una vez más, que a este equipo le viene grande todo. Tres entrenadores y fichajes con talonario generoso no han bastado más que para deparar una temporada ignominiosa, que sonroja al más pasional y evidencia males estructurales severos. A la UD ya le sobra todo lo que viene, una crueldad para lo que se vendió meses atrás o, sin ir más lejos, para los propósitos renovados que alimentó Pepe Mel, otro técnico que pasará por aquí sin dejar huella. Poca culpa le corresponde en este solar de sueños rotos, por mucho que se empeñe en involucrarse hasta el final. No hay manera y va a ser que no.

En un día señalado para dar un paso al frente, Las Palmas, directamente, se dio un tiro en el pie. Ni fútbol, ni propósito, ni alma. Nada que ofrecer, salvanmdo algún destello de Mir y el orgullo torero de Momo, uno de los que suda y siente la camiseta. Momo, con su entrada tras el descanso y las carreras que se dio, ejerciendo, incluso, de líbero, fue el único capaz de levantar reacciones en la grada. El resto, como que pasaba por allí, ajeno al drama que se viene con una temporada en Segunda. Quizás muchos no acierten a alcanzar la dimensión que tiene este fracaso en los días que corren. Pero lo cierto es que para la entidad, para el universo que le rodea, seguir lejos de Primera División sangra y mucho. Ya no caben coartadas arbitrales, con actitudes lacrimógenas injustificables, no hay pantallas, tampoco justificaciones. Gritos a los futbolistas, ninguno bueno, y gritos también al palco, señalando al presidente con cánticos de Ramírez vete ya que incendian el panorama. La afición está hasta arriba. Cada vez se acercan menos al estadio y esta deserción no responde a casualidades. Y es habitual ver desfilar a la gente antes de tiempo, todavía con el partido en curso, maldiciendo, miradas perdidas, paso ligero, dando la espalda a la UD porque no hay quien crea en su suerte. Estadio vacío, plantilla bajo sospecha, banquillo convertido en una trituradora, dirigencia en la diana... Así late el corazón del club ahora que se estrena abril.

La UD se calzó una primera parte para olvidar, demasiado canallesca para la paciencia del auditorio, que tardó más de cuarenta minutos en poder ver a su equipo chutar a puerta. Fue Mir, al filo del descanso, cuando, tras cazar un balón rebotado, probó con la derecha, fuerte y centrado desde un costado del área pequeña. La respuesta de Badía fue impecable, con guantes firmes y colocación oportuna. Antes de esta acción, lo único potable de la UD en la fase inicial del encuentro, todo lo que se pudo ver constató las debilidades de un grupo fragmentado, que se parte con demasiada facilidad y al que siempre sostiene su portero. Raúl evitó daños mayores después de una internada de Javi Flores, que se metió hasta la cocina y no definió por el cuerpo el meta vasco. Nada funcionaba en una UD sin ideas, muy plana, incapaz de reconocerse en el campo. Cada posesión era una metáfora de sus carencias, con pelotazos groseros, combinaciones intrascendentes, Mir y Rubén arriba sin suministros ni acompañamientos. Tan poco le estaba gustando todo a Mel que no dudó en mandar a calentar a Fidel, Momo y Pekhart. Había que mandar un mensaje a los que estaban dentro porque el tiempo corría y nada sucedía. Lo que es peor, el Elche, tímido en el inicio, ya se sentía como en casa. Encima, detalles reveladores: Ruiz de Galarreta o Mir soltando hachazos impropios de su estilo. Al vasco, directamente, le perdonaron la roja directa por una patada a la rodilla de Josan sin opción de balón. Y Josan también sufrió una pasada de frenada de Mir de muy mal gusto. A falta de fútbol, juego subterráneo. Dio pena contemplar el vagabundeo de los de amarillo, intolerable la apatía y, acaso, desgana.

Como mejorar era fácil y hasta digno, tras el descanso sí se dieron algunas notas más afinadas sin llegar, eso sí, a un cupo de mínimos. Porque teniendo el balón, agarrada a los serpenteos de Galarreta o Fidel y a la agitación de Momo, presente aquí y allá en intentos desesperados por contagiar vergüenza, tampoco es que la UD impactara. Pero atacó, dio dos pases medidos, se vieron desmarques y todo un catálogo primario de comportamientos que se debe exigir siempre en un campo. Mir, con buena parada de Badía de nuevo, un centro de Fidel que por poco no enganchó con la cabeza Rubén y un zapatazo desde lejos de Cala que se marchó alto añadieron picante y fe a todos los que esperaban una alegría. Mel fue con todo, ya con Pekhart en la cancha y una delantera multitudinaria. No valía el empate.

Pero el trueno llegó con el gol de Elche, parido en una contra, con despeje de risa de Cala, para que Castro se permitiera un lujazo en la definición. Pisadita con la izquierda y, sobre la marcha, interior de derecha en un escorzo mortal y, aunque duela decirlo, magnífico por su ejecución y plasticidad. Estacazo total para la UD con un golpe para caer en la lona y no levantarse.

De ahí al final, todo lo que se vivió traslada a las épocas más siniestras de la UD. Jugadores perdidos e insultados, recriminaciones frente al palco, la ira en su apogeo y máxima visibilidad y el rival, entre tanto, dándose la fiesta, con taconcitos, jugadas llenas de filigranas y dejando en la frontera al anfitrión.

El 0-1 puede admitir debate porque hubo fases en las que sí se pudo dar algún gol en la portería del Elche. Pero cuestionar que esta UD no va a ninguna parte ya es algo que hasta interiorizan sus propios futbolistas. Una crisis existencial camaleónica, de las que llegan a lo hondo por incorregible y negligente. Perdió Las Palmas y con el pitido final los que quedan, que son minoría, ya se emplazan para la temporada que viene. Quedarán partidos y puntos, quizás de aquí a junio se den triunfos y habrá alguien que vuelva a poner velas al cielo, incluso saldrán quienes hablen de recuperar la esperanza, de agarrarse a los milagros. Claro que, también, llegarán los fines de semana, y el golpe de realidad será como el que ha venido siendo. La constatación de que este ciclo está finito y urge levantar las alfombras, aplicar desinfectante y emprender una revolución en la que serán inevitables decisiones complicadas, medidas duras, una refundación en todas las esferas. Siempre amanece sí. Pero pongan remedio a tantas noches de luto.

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