La espiral llora en silencio a Chirino

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12/03/2019

El escultor grancanario Martín Chirino, uno de los artistas españoles con una mayor proyección internacional desde mediados del pasado siglo XX, falleció ayer en Madrid, a la edad de 94 años

Las manos de Martín Chirino han dejado de dibujar el espacio. Ya no darán forma a la aparente nada. Han renunciado a insinuar esa espiral aborigen que lo hizo universal y a la que consagró su vida y toda su producción creativa. El artista de las Islas Canarias con más proyección internacional de las últimas décadas y uno de los más importantes representantes de la escultura contemporánea falleció a los 94 años en Madrid.

Nació el 1 de marzo de 1925, en Las Palmas de Gran Canaria, ciudad a la que regresó hace muy poco tiempo para crear y consagrarse a la institución que lleva su nombre y que tiene su sede en un lugar con mucha significación para él, el Castillo de la Luz, fortaleza defensiva del siglo XV, símbolo de la ciudad y en torno a cuyos muros jugó siendo niño.

Desde marzo de 2015 allí funciona la Fundación de Arte y Pensamiento Martín Chirino, su último gran sueño.

Sus primeros años transcurrieron junto a un mar hacia el que no dejaba de mirar, como si supiera que más allá de aquellas olas que bañaban su amada playa de Las Canteras estaba el futuro. Undécimo de doce hermanos, era hijo del director de los talleres de Blandy Brothers y allí, en el puerto, con el trasfondo de la extraña música que producía el proceso de construcción y reparación de los navíos, comenzó su amor hacia ese material duro pero maleable que se vuelve bello cuando lo manejan, horadan o sueldan, el hierro. «Ahí empieza todo, ahí nace mi afición, mi preocupación», confesó a CANARIAS7 hace cuatro años, cuando concedió una extensa entrevista en la que recorrió con detenimiento su trayectoria vital y artística.

Formado en la academia del escultor Manuel Ramos, en el barrio de las Alcaravaneras, en 1948 ingresó en la madrileña Escuela de Bellas Artes de San Fernando, en la que coincidió con una generación que renovó de un modo radical los principios estilísticos del momento. Y a la capital de España regresó en 1955, esta vez con una intención de permanencia.

Aquella aventura la hizo junto a varios compañeros que el 14 de septiembre emprendieron viaje, en el buque Alcántara, rumbo a la Península. Una travesía que compartió con Manuel Padorno, Alejandro Reino, Manuel Millares y Elvireta Escobio. Todos en busca de un destino, personal y artístico, diferente, con ganas de participar en lo que estaba sucediendo lejos del archipiélago.

«Éramos jóvenes, con grandes necesidades, con ganas de ver lo que se hacía en el mundo. Y aunque vivíamos en las islas y era difícil sobrepasar las fronteras de la represión franquista, también éramos herederos de un conocimiento universal. Nos tuvimos que ir, esa es la diferencia. Sabíamos que había que hacerlo y desbocarse hacia ese presunto conocimiento, hacia ese paraíso que significaba la contemporaneidad para entenderla y asumirla», recordaba.

Después viene su primera y exitosa exposición individual en el Ateneo de Madrid en 1958, año de la creación del Grupo El Paso, que cofundó con Antonio Saura, Manolo Millares, Manuel Rivera, Rafael Canogar, Luis Feito, Antonio Suárez, Pablo Serrano, Juana Francés, José Ayllón y Manuel Conde y que supuso una bocanada de aire fresco en el árido panorama artístico español de aquella época.

De aquel momento, al que volvió una y otra vez, por el que le preguntaban siempre, rememoraba: «Fue una auténtica eclosión. Sucedió que nos encontramos en Madrid, en un momento muy duro, un grupo de artistas que hablamos de contemporaneidad, algo que estaba olvidado en España. Yo pertenezco a la generación de los 50, a la de los grandes iconoclastas. Derribábamos fronteras y conceptos a favor de la libertad. Llegamos a improvisar por una nueva manera de entender. Y nos fuimos quedando con las manos vacías. Acabamos sin asideros, lo que representó una experiencia extraordinaria, que nos ha causado grandes alegrías y grandes dolores».

Desde entonces, aquel inquieto joven que había deslumbrado por la manera de modelar el espacio no dejó ya de exponer, de estar presente en las galerías y museos más importantes del mundo, en cuyas colecciones sus esculturas están presentes.

Gracias a su trabajo escultórico alcanzó numerosos reconocimientos en forma de galardones: Premio Internacional de Escultura de la Bienal de Budapest, Premio Nacional de Artes Plásticas, Premio Canarias de Artes Plásticas, Medalla de Oro a las Bellas Artes, Premio Nacional de Escultura de la CEOE, Medalla de Honor del Círculo de Bellas Artes de Madrid, Premio Artes Plásticas 2003 de la Comunidad de Madrid y Premio Tomás Francisco Prieto de medallística. Igualmente, fue investido Doctor Honoris Causa por la Universidad de Las Palmas de Gran Canarias (2008) y por la Universidad Nebrija de Madrid (2011), además de ser nombrado Académico Honorífico de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en Madrid.

Por si fuera poco, durante unos años compaginó el trabajo del estudio y la forja con el de la gestión, con las muchas veces ingratas horas de despacho. Presidió el Círculo de Bellas Artes de Madrid entre 1982 y 1992, en una etapa en que esta institución necesitaba recuperar el prestigio perdido, y se puso al frente del recién creado Centro Atlántico de Arte Moderno (CAAM) desde 1989 hasta 2002. Su huella y su recuerdo perviven en ambas instituciones.

La eterna espiral

La cosmopoética de Martín Chirino comprende aeróvoros, raíces horizontales, paisajes, cabezas humanas, sueños, alfaguaras, cangrafías, pero, fundamentalmente, porque al final todo se reduce a una única forma, la espiral, ese emblema que simboliza la energía concentrada.

En su memoria, como escribió el filósofo Francisco Jarauta, dormía la primera visión que tuvo de las pintaderas y petroglifos guanches, que contempló en las salas del Museo Canario, pero también estaban muy presentes, como él mismo evocaba, las espirales doradas que el viento formaba con los arenales en la otrora desértica y solitaria playa de Las Canteras. Sea como fuere, él se declaraba escultor de una única espiral y de una sola escultura en torno a la cual fue conformando una producción de gran diversidad. «Llevo toda la vida trabajando en una misma obra», proclamó.

A desvelar el misterio de la espiral consagró su vida y su obra. Esa misma espiral que es igual pero distinta, que se repite pero nunca es la misma. Él mismo expresó que existía una espiral que le provocó una emoción intensa y que consideraba como el punto de partida desde el que se atrevió a lanzarse al vacío sin saber dónde se detendría. Y no era otra que la que se dibuja por primera vez sobre los muros de lava del archipiélago: «Fue tomando forma durante el proceso de mi trabajo y se ha transformado en una escultura que hoy es prácticamente un símbolo».

Aseguraba que la universalidad de ese símbolo guanche no era fruto de su trabajo. «La universalidad la tiene la obra en sí misma. Todo está en si aciertas con aquello que quieres plasmar. ¿Qué empieza antes, la obra o el artista? Es una pregunta metódica para la que no tengo respuesta. Sí sé que mi encuentro con la espiral fue fundamental para la evolución de mi obra. ¿Hubiese sido diferente o de otra manera mi trayectoria? No lo creo. Pero sí tengo claro que el hecho de ser canario es determinante. Mi tierra y yo, yo y mi tierra. Es la única afirmación que puedo hacer».

Canarias, las islas, el archipiélago...presente siempre en su vida, en su creación. Porque si la memoria era importante para alguien que trabajó durante tantos años fuera del territorio insular, también lo era la identidad.

Tenía muy claro lo que era, su origen, su procedencia. «Canarias ha sido fundamental en mí. Vengo de donde vengo y soy muy consciente de mi canariedad». E insistía: «Todos los artistas tenemos añoranza de la tierra. Pero cuando me preguntan qué me debe Canarias o qué le debo yo, siempre digo que no nos debemos nada. Soy canario y ese es un sentimiento que se pasea conmigo. Uno va del origen al universo y mi origen es mi tierra. He dado la vuelta al mundo con una espiral bajo el hombro».

Pero eso sí, no quería que para explicar su territorio artístico todo se redujera de un modo simplista a su lugar de nacimiento, a sus raíces geográficas: «El gran reto es la modernidad, entendida como la última realidad; el motor de mi pensamiento está implicado con el entendimiento de esa modernidad que intentamos desentrañar. Es evidente que al hablar de identidad no me olvido del origen, pero esa es mi parte más simple».

En su manera de dibujar el espacio, de dejar que fluyera y manifestara toda su fragilidad y su suavidad, Martín Chirino fue encontrándose en la sencillez de la expresión. Su obra se acabó definiendo por un «menos es más», una circunstancia que explicaba por razones cronológicas, biológicas. «Con el tiempo, es un fenómeno común a todo creador en su relación con la obra. Incluso el pensamiento se vuelve más flexible, más sencillo. Y eso te permite ver con mejor y mayor claridad lo que quieres hacer», argumentaba quien afirmaba vivir en el filo de la navaja, quien subrayaba que viviendo en la realidad le era absolutamente imposible ser y comportarse como un reaccionario.

No sufría ni temía por la proximidad de una muerte que sabía que acabaría llegando caprichosamente. «Soy muy vital, siempre lo he sido, y profundamente real en cuanto a la contundencia de las cosas. Trabajo con la cabeza, con las manos, siempre metido en la misma historia, pero el final me parecerá la salvación, no sé de qué ni de cuándo. Me planteo la muerte, las limitaciones, las carencias, pero las suplo con otras cosas. Soy un hombre creyente, me gusta creer, pero tengo una gran vitalidad y sigo viendo el día a día como si el hoy y el ayer fueran lo mismo». Ayer, la fragua de Martín Chirino se ha apagado para siempre. Ya no será él quien forje la última espiral, una forma mágica que hoy llora en silencio su desaparición.