«El final me parecerá la salvación»

12/03/2019

CANARIAS7 recupera parte de la entrevista realizada al escultor y publicada en el Pleamar del miércoles 13 de noviembre del 2013.

— Las obras expuestas viajarán al Castillo de La Luz en 2014. ¿Cómo nace la idea de esta Fundación?

— La idea quizás esté en aquel deseo de muchos canarios de que tanto Manolo Millares como yo regresáramos a la tierra. En su momento me piden un monumento a Manolo, algo que me entusiasmó. Luego, reconsiderándolo, pensé en que fuera un lugar extraordinario que acogiera su obra. Había diseñado una gran espiral, a modo de mastaba, pero luego la cosa se fue complicando y con el paso del tiempo dejó de funcionar, aunque estoy convencido de que habría sido un espacio muy bello. De aquellos primeros contactos nace también la sugerencia de que mi obra fuera a Las Palmas. Les digo que yo soy un artista vivo y que sigo trabajando. Es entonces cuando Fomento acomete la restauración del Castillo de La Luz, una joya histórica que es Patrimonio Nacional y está incluida dentro de la red de castillos. Me hablan de los usos y me sugieren que sea el lugar de mi Fundación.

— ¿Su Fundación será el regalo a la ciudad que le vio nacer?

— Depositar mi obra allí es un hecho que hay que ver con una perspectiva más culta. Si soy uno de los artistas de las islas más importantes, si soy el embajador canario por antonomasia, que ha llevado el nombre de su tierra por todo el mundo, parece lógico que mi obra vuelva allí y que todos los ciudadanos la disfruten. Lo que no considero que deba hacer es someterme al consenso.

— Se expresa como un hombre y un artista de gran generosidad. ¿Para quién o para qué ha trabajado Martín Chirino?

— Siempre digo que he trabajado para la Historia y entonces mi reconocimiento a ella tiene que ser de gratitud, porque he querido formar parte de ella. Es evidente que mi fortaleza tiene que ver con un legado que he tenido entre las manos, que nos dejan nuestros primeros pobladores: una espiral. Cuando la veo en las rocas de El Julan, para mí, como para ellos, fue algo ritual, de culto. Y cuando salí al campo de batalla, supe que el escudo que tenía que definirme y defenderme, porque cuando se salta de la trinchera nunca se sabe si es para ganar o perder, era la espiral, la espiral canaria, que sabemos que tiene un origen incierto. Es la enseña sagrada, presente en cada uno de los gestos que pintan, reproducen o esculpen los guanches.

— ¿Tan trascendentales resultaron aquellas visiones?

— Estoy pensando en qué me sucedió. En todo hay cierta ingenuidad. A lo mejor, por las carencias que teníamos o por las necesidades que nos acontecían, sentí verdadera pasión por esa espiral, a pesar de que me decían que era muy difícil esculpirla. Me daba igual, lo que yo quería era hablar de la Historia, pertenecer a ella y ayudar a que concluya en algún sitio y se interprete debidamente. Al final, resulta que la escultura se ha convertido en elemento de valor, de preocupación y existe una escultura de Martín Chirino que es la espiral del viento. Hay algo, al final, que me da la razón.

— Su obra es un tributo a la memoria

— Siempre. La memoria es nuestro legado. Nuestro legado cultural es pobre por falta de investigación. Imagino que nuestros aborígenes tuvieron sus preocupaciones como todos y se sabe perfectamente que eran bastante evolucionados dentro del momento histórico, que no eran tan primitivos como se pretende. Tenemos unos vestigios, pocos, y en ellos encontramos gente como yo o Manolo Millares el elemento terrenal que necesitábamos para hacer aquello que queríamos.

— Igual que ha sido capaz de dibujar el aire o el espacio, también ha detenido el viento en esa forma maravillosa que es la espiral.

— Esa ha sido mi pretensión, aunque nunca he tenido la certeza. Recuerdo que de pequeño, en Las Canteras, que en aquella época era desértica, contemplaba cómo los arenales soplaban hacia la playa, y lo hacían como espirales doradas. Era un paisaje muy evocador, muy solitario.

— ¿Imaginaba entonces que aquel símbolo guanche, la espiral, sería tan universal gracias a su trabajo?

— La universalidad la tiene la obra en sí misma. Todo está en si aciertas con aquello que quieres plasmar. ¿Qué empieza antes, la obra o el artista? Es una pregunta metódica para la que no tengo respuesta. Sí sé que mi encuentro con la espiral fue fundamental para la evolución de mi obra. ¿Hubiese sido diferente o de otra manera mi trayectoria? No lo creo. Pero sí tengo claro que el hecho de ser canario es determinante. Mi tierra y yo, yo ymi tierra. Es la única afirmación que puedo hacer.

— ¿Le preocuparon alguna vez las fronteras entre la abstracción y la figuración?

— Claro, pero para la escultura fue de otra manera. La fabulación escultórica es diferente. Dibujar un cuadro abstracto siempre me pareció más complejo. La escultura abstracta es tridimensional, te guste o no. Afortunadamente, los pintores abstractos cuando transitaron hacia el expresionismo se vuelven matéricos, sus cuadros casi son corpóreos, como los de Tàpies, Feito o el mismo Rafael Monagas.

— ¿Sigue vivo ese afán investigador que le ha definido siempre?

— Soy un hombre de una sola pieza, igual que soy artista de una sola escultura. Mi preocupación ha sido siempre conocer y tener convencimientos claros, pero no inamovibles. Soy suficientemente poroso como para adoptar la mejor decisión, pero sabiendo que no es invariable sino mutable. El error siempre está en el horizonte, como una posibilidad o una adversidad.

— Tiene uno la impresión de que se ha alejado en todo momento de la complacencia y la autocomplacencia.

— Así es. Por eso decía que el error está ahí. Tienes que entenderlo y aceptarlo como parte de la vida. Lo bueno y lo malo son dos aspectos de una misma cosa. He procurado no ser complaciente conmigo a la hora de hacer, ni en el momento de vivir, ni siquiera ahora, cuando miro hacia atrás y veo que no pasa nada, que es lo mismo. Estar en el Finisterre y colocarse mirando hacia atrás, en la dirección de Joyce en Finnegans Wake. Ese es el drama de la existencia de todo ser humano. Llegar al final y saber que no sabes.

— ¿Es el arte misterio y pasión?

— Por lo menos es una pasión. El momento de la creación es misterio. Realmente no sabes. Te levantas y vives dentro de un mundo real, que analizas, que entiendes o aceptas. Pero cuando entras en el estudio y cierras la puerta, estás en blanco. Y ahí escudriñas, haces el proceso de interiorización, porque todo está dentro de ti, e intentas plasmarlo. Si tienes éxito en la empresa, ¡eureka!

— ¿Encontró alguna vez límites a su obra?

— El límite lo encuentras en la existencia. Las limitaciones están en ti mismo. La obra, sin el hombre, no existe. El hombre, sin ella, no se define. Soy consciente de los límites del hombre en cada una de sus actividades.

— ¿Le queda alguna espiral por forjar?

— La última, pero esa ya no la forjo yo. El final es la gran interrogante y tiene forma de espiral. Cuando lo ves cerca tiene sentido, sabes que estás en el límite y ahí se acaba.

— ¿Teme la muerte o le consuela la supervivencia de su obra más allá de ella?

— No busco consuelo. Soy muy vital, siempre lo he sido, y profundamente real en cuanto a la contundencia de las cosas. No me lo planteo. Trabajo con la cabeza, con las manos, siempre metido en la misma historia, pero el final me parecerá la salvación, no sé de qué ni de cuándo.Me planteo la muerte, las limitaciones, las carencias, pero las suplo con otras cosas. Soy un hombre creyente, me gusta creer, pero tengo una gran vitalidad y sigo viendo el día a día como si el hoy y el ayer fueran lo mismo.

— ¿Es feliz? ¿Lo ha sido?

— Walter Benjamin lo llama el proyecto de la felicidad. Yo no creo que sea un proyecto, sino una pasión. Ser feliz es a lo que realmente dedicamos nuestro impulso. Es una incógnita. Hay momentos de grandes satisfacciones. Me produce contento mi espiral, la obra, mi trabajo, lo que he hecho. Dentro de la naturalidad con que me gusta hablar, quizás esa sea mi felicidad, pero no lo sé.

— ¿Cómo querría que le recordaran?

— Me gustaría que mi obra quedara en la historia, pero si lo piensas, es un drama, porque si el hombre acaba y la memoria no existe, ¿para qué quieres saber nada de la historia? Me da igual. Sé que todo se acaba y cuando llegas al final, estás donde estás. Y no es literatura, sino una realidad.