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Comerse los mocos, una práctica más habitual de lo que se cree

Los investigadores que han realizado estudios al respecto no se ponen de acuerdo sobre si esta es una conducta saludable o perjudicial

Elena Martín López
ELENA MARTÍN LÓPEZ Madrid

Nadie lo reconocerá nunca porque es una conducta que se penaliza socialmente, pero «los estudios al respecto consideran que la mucofagia (comerse los mocos) es una práctica más habitual de lo que se cree», asegura la psicóloga Laura Montero, del Colegio de Psicólogos de Bizkaia.

Y no solo sucede en la infancia, cuando este gesto se considera parte de nuestra exploración personal, sino también en la edad adulta. «En general, a los humanos nos da asco que todo aquello que sale de nuestro organismo (los mocos, la orina o las heces...) vuelva a entrar. Cuando somos pequeños, sin embargo, es habitual probarlo todo a través de los cinco sentidos, como una forma de descubrir el mundo y nuestro propio cuerpo. Por eso, los niños tienden a llevarse cualquier cosa a la boca», explica la psicóloga Rosana Pereira, directora de Haztúa Psicología Positiva y colegiada del Colegio de Psicólogos de Madrid.

Las causas de por qué lo hacemos no están claras, e incluso se valora la posibilidad de que sea un reflejo filogenético de nuestros antepasados los simios, quienes lo representan de manera habitual porque, según dicen los investigadores, los compuestos que contienen los mocos, como agua, proteínas, hidratos de carbono y otras células, pueden ser necesarios para ellos. «Eso podría explicar por qué en los primeros años de vida esta conducta aparece de forma natural, casi instintiva, sin tener por qué haberla visto previamente en otras personas a su alrededor», declara Montero.

En situaciones de estrés

Pereira añade que, además, hay ciertos gestos que de pequeños asociamos a sensaciones de bienestar, como puede ser meterse el dedo en la nariz, al ayudarnos a calmar los nervios o la ansiedad. «El problema es que, si dicho comportamiento se mantiene en la edad adulta, dejará de ser un recurso de alivio y pasará a convertirse en un hábito, siendo mucho más difícil de modificar y eliminar».

La psicóloga vasca da una posible explicación: «Que la mucofagia se instaure como hábito en la adultez se relaciona con un trastorno de la conducta que puede derivar en ansiedad, bloqueos emocionales o simplemente malos hábitos y, en función de la frecuencia, se considera como manía o una consecuencia de algún trastorno obsesivo de conducta».

«Es más frecuente en personas con trastornos de ansiedad, como algún tipo de TOC, y en situaciones de estrés o miedo«

Laura Montero

Psicóloga

Lo que se ha comprobado es que existe una diferencia entre el inicio y el momento en que la mucofagia se instaura como hábito. «En el primer caso, comerse los mocos se asocia con mayor frecuencia a estados de nerviosismo y ansiedad; pero, una vez se adquiere el hábito, se observa más en situaciones en las que la persona se encuentra relajada», expresa Montero.

Además, añade que, si bien no hay un perfil concreto de gente más propensa a comerse los mocos, «la mucofagia es más frecuente en personas con trastornos de ansiedad, como algún tipo de trastorno obsesivo compulsivo ( TOC), y en situaciones de estrés o miedo. Pero es importante analizar las causas específicas en cada caso para conocer las motivaciones personales que llevan a alguien a comerse los mocos y cómo se ha instalado el hábito en su vida».

Consejos prácticos

En la infancia

«Lo primero que nos sale al ver a nuestros hijos comerse los mocos es darles un manotazo para que dejen de hacerlo o regañarles, pero lo ideal es explicarles por qué está mal con argumentos para que lo entiendan. Hay que evitar que lo hagan pero sin castigos, pues, si no, solo provocará que lo hagan a escondidas», advierte la psicóloga Laura Montero. «Otra alternativa es lavarles las manos cada vez que lo hagan y, con el fin de que tengan las manos ocupadas y se les olvide volver a hacerlo, entretenerles dándoles algún objeto, como un juguete», agrega Rosana Pereira.

De adultos

«Lo primero será tomar conciencia de cuándo ocurre y, después, buscar fórmulas de modificación de conducta, como ponerse una tirita en el dedo que solemos llevarnos a la nariz», aconseja Pereira. «También es útil pintarse las uñas con un esmalte con sabor desagradable para que no nos apetezca llevar los dedos a la boca tras tenerlos en la nariz».

Infecciones

Sobre sus efectos, aquellos que señalan que comerse los mocos puede ser beneficioso se basan en que, si tanta gente lo hace y no ha provocado ningún problema grave, no debe ser tan malo, y señalan que podría mejorar el sistema inmune. Un gran defensor de esta teoría es el médico austriaco Friedich Bischinger, aunque no hay estudios que lo respalden.

Por el contrario, varias investigaciones publicadas en la revista 'Science Insider' advierten de que podría ser perjudicial y alegan variados motivos. «En primer lugar, las mucosas de las fosas nasales actúan como un filtro protector ante ciertos patógenos (bacterias, virus...), así que al ingerir los mocos por la boca eliminamos esa barrera. En este sentido, una infección grave que puede ocurrir por este motivo es la causada por la bacteria estafilococo, presente en la piel humana. En segundo lugar, las uñas acumulan mucha suciedad y bacterias que, al hacerlo, introducimos en nuestro cuerpo. Además, si se hace de forma compulsiva, podemos provocar heridas sangrantes en las fosas nasales difíciles de contener, al haber muchos vasos sanguíneos en esta zona, lo que deja una ventana abierta para todo tipo de patógenos», enumera Montero.

Por otro lado, la especialista alerta de que siempre que algo se vuelve obsesivo, independientemente de si es una conducta perjudicial o no lo es tanto, acaba generando malestar a nivel psicológico, y pone el ejemplo de la vigorexia. «Aunque el deporte es un hábito saludable, cuando se convierte en obsesión se vuelve dañino».