Martí Ferrer

¿Cómo se defiende el cuerpo de lo que puede matarnos?

Mutaciones, infecciones, envejecimiento... así responde el organismo

Elena Martín López
ELENA MARTÍN LÓPEZ Madrid

Para cualquier organismo, vivir significa permanecer en constante capacidad de respuesta ante todo aquello que compromete su existencia, desde virus como el SARS-Cov-2, hasta el frío o el hambre. Es sobre el funcionamiento del cuerpo y su forma de defenderse ante estas alteraciones que enfrenta a cada segundo de lo que habla la graduada en Ciencias Biomédicas Sandra Ortonobés, más conocida por su canal de Youtube La Hiperactina, en su libro '¿Qué puede salir mal?' (Penguin Random House). «No somos conscientes de hasta qué punto nuestro organismo está preparado para enfrentarse a casi cualquier cosa. Cuando un gen muta, lo reparas; cuando una bacteria entra con malas intenciones, la destruyes; y cuando una célula pierde el control, a veces, incluso se suicida por el bien del resto», expresa.

Antonio Martín, catedrático de Fisiopatología de la Universidad de Alcalá de Henares (UAH), comparte la visión de Ortonobés y añade que, «el organismo se enfrenta, de forma permanente, a agresiones de todo tipo. Las posibilidades de que algo salga mal son infinitas, pero está tan bien diseñado y preparado para hacer frente a las adversidades que, normalmente, todo sale bien». Ambos especialistas nos conducen a través de los aspectos que más fácil lo tienen para destruirnos y nos desvelan las estrategias protectoras del organismo.

Mutaciones

Un gran peligro para la vida proviene de las mutaciones, que son cambios anormales del ADN de las células. «Cuando la mutación sucede, por cuestiones externas (tabaco, drogas, virus) o internas, la célula pierde el control sobre su correcta división y replicación. Otras veces, se producen proteínas anómalas que generan en enfermedades, como el cáncer, o que propician la muerte de la célula», expresa el catedrático. «Cuanto más se divide una célula, más probabilidades tiene de sufrir una mutación en su ADN», añade Ortonobés.

Afortunadamente, nuestro cuerpo cuenta con todo un equipo de reparación del ADN y con proteínas que permiten corregir los daños. La P53 (o 'guardián del genoma'), por ejemplo, es vital porque se encarga de detener el ciclo celular y dar tiempo a que se produzca la reparación. «Su función es esencial para frenar las mutaciones, que de otra forma no podría hacerse. De hecho, se ha comprobado que en algunos cánceres esta proteína está ausente», señala Martín.

A pesar de todo, una de cada 100.000 divisiones celulares tendrá una mutación inevitablemente. ¡Pero ojo! que el cuerpo lo sabe, por eso dispone de mecanismos de control que, sorprendentemente, logran reducir esta cifra a un error cada 10 millones, e incluso puede hacer que las células ya dañadas se «suiciden».

Otra estategia de protección consiste en producir moléculas antioxidantes, las mismas que obtenemos a través del brócoli o el té verde, que se encargan de combatir las moléculas ricas en oxígeno que producen las reacciones químicas del cuerpo y que son muy nocivas.

Infecciones

Convivimos con billones de seres microscópicos capaces que matarnos en cuestión de días. El ejemplo más reciente lo tenemos con el coronavirus. Ante ello, el cuerpo ha desarrollado un defensor incondicional: el sistema inmunitario. Aun así, antes de que este se alarme, los invasores deben traspasar barreras naturales que tratan de impedirles el paso: la piel, las mucosas, el ácido gástrico… Si lo consigue, la respuesta inmunitaria les estará esperando para destruirlos. Primero, en forma de glóbulos blancos y células fagocíticas que, de no conseguir frenar la infección, pedirán refuerzos a los linfocitos T. Estos, a su vez, movilizarán a los linfocitos B, fabricantes de anticuerpos, y también a las células de memoria, capaces de reconocer y destruir a un agresor que intenta atacarnos por segunda vez. «Esto se conoce como memoria inmunitaria y es la base del funcionamiento de las vacunas», expresa Ortonobés.

Hambre

Cuando el hambre acecha, el cuerpo nos avisa de que las reservas energéticas en sangre empiezan a ser insuficientes. Para ello, el cerebro emplea una pequeña zona denominada hipotálamo. «Desde este 'centro regulador del hambre' se reciben los avisos que manda desde el estómago la hormona denominada grelina, para que este responda contrayéndolo y dirija, lo poco que le quede de alimento, hacia el intestino», cuenta Martín. «Como tendremos más aire que comida, oiremos los típicos borborigmos (ruidos de tripas), que nos provocarán apetito y nos pedirán, indirectamente, que nos llevemos algo de alimento a la boca». Lo contrario sucederá en caso de exceso de comida, si bien aquí la hormona responsable de informar y provocar saciedad será la leptina.

Microbiota

La denominada microbiota no es otra cosa que el conjunto de más de 100 billones de hongos y protozoos y de 40.000 tipos de bacterias que conviven en nuestra piel, ojos y mucosas de la boca, órganos sexuales, aparato urológico e intestino. Aunque normalmente se les toma por enemigos, estos son como enemigos arrepentidos que, en lugar de perjudicarnos, nos ayudan en la digestión, producen vitaminas esenciales o nos protegen contra la agresión de otras bacterias, hongos y protozoos causantes de todo tipo de infecciones.

Calor y frío

El cuerpo tiene sensores que nos alertan ante problemas como cambios en la tensión y volumen de la sangre, dolor o temperatura. Los que controlan nuestro termostato son los denominados termorreceptores, un conjunto de neuronas que se sitúan en la piel. Estos sensores se activan cuando la temperatura exterior o la corporal (fiebre) es elevada y avisan al hipotálamo para que ponga a trabajar a las glándulas sudoríparas. El sudor evaporará el calor al contacto con el aire y dilatará los vasos sanguíneos más superficiales. Así, la sangre fluirá más lentamente y tendrá más tiempo de perder parte del calor que acumula. De esta forma se baja la fiebre, pero también se evita morir de una ola de calor.

Por el contrario, cuando hace frío, el hipotálamo provoca la contracción de los vasos para que no pase tanta sangre y no se pierda calor. Además, manda la orden a los nervios de contraer los músculos, para que «hagan ejercicio» y generen calor. «Este es el origen de los pequeños espasmos musculares que nos hacen castañear los dientes o tiritar», indica el catedrático. «Asimismo, contraerá los músculos de los pelos, erizándolos y generando una capa de aire entre estos y la piel, que será el perfecto aislante para evitar que el calor escape».

Envejecimiento

A pesar de tanta lucha y resistencia, todo tiene su fin. El motivo por el que envejecemos se debe a que, inevitablemente, a lo largo de los años el ADN acumula daños. «Cada vez que una célula se divide perdemos un poquito de los extremos del ADN. Esto es un drama porque una célula se divide muchas veces en su vida y, si pierde todo su ADN, terminará muriendo», expresa Ortonobés.

Pese a ello, el cuerpo sigue actuando a nuestro favor y se rebela introduciendo en los extremos, partes semejantes al ADN, los telómeros (moléculas sin información genética), para que sean ellos los que se pierdan cuando tenga lugar la división celular. «Cuando el telómero se gasta, aún hay recursos. Uno es dar orden a la célula de que muera antes de que mute. El otro, impedir la división celular (senescencia). En ambos casos estaremos reduciendo los riesgos de mutación, pero también impidiendo la renovación natural de las células de los tejidos», declara Martín. Esa es la vejez.

Cómo reforzar el sistema inmunitario

  • Alimentación La malnutrición tiene un efecto devastador en el organismo. Además, «hay algunos macro y micro nutrientes que si retiramos de la dieta produciran un aumento de infecciones», advierten desde la Sociedad Española de Inmunología (SEI). Algunos ejemplos son el Zinc, el selenio o las vitaminas C y E.

  • Sueño Se requiere un sueño adecuado para tener un correcto ritmo circadiano, con producción de hormonas que son necesarias para el desarrollo de los leucocitos (Melatonina). 7-8 horas de sueño es lo más saludable.

  • Ejercicio Debe ser moderado, porque que es muy intenso incrementa el número de infecciones. De hecho los deportistas de fondo de élite terminan las temporadas inmunodeprimidos. También es muy negativo el sedentarismo.

  • Higiene Es esencial para evitar patógenos.

  • Vacunación Es una de las mejores medidas preventivas para evitar contraer y transmitir enfermedades infecciosas. «No solo es una medida de protección individual. Es un acto de responsabilidad social», destacan en la SEI.

  • Alcohol, tabaco y drogas El consumo de cualquiera de estos tres productos tiene un efecto inmunodepresor.

  • Estrés Un estilo de vida estresante es muy perjudicial porque se libera mucho cortisol, que es una hormona inmunosupresora.