Camino del Cid en bici | Puzol - Valencia (y final)

Un paseo por los 'carriles Ribó'

La capital del Turia nos recibe con un intenso tráfico... ¡de bicicletas!

GONZALO DE LAS HERAS | JULIA FERNÁNDEZ

Vídeo.

«Una etapa llana de verdad, un trámite, como si fuera la última del Tour de Francia»

Como ayer nos acercamos a Valencia más de lo que teníamos pensado en un primer momento, ya que no encontramos alojamiento en ningún punto anterior de nuestro rodeo, la etapa que queda para hoy es realmente corta.

Se parece a esa imagen que tenía al principio, en la que como, en el Tour de Francia, el último día es un trámite más turístico que deportivo, en el que se cumplimentan unos pocos kilómetros a un ritmo amable antes de llegar a la meta final, donde los profesionales disputan un sprint y nosotros, en cambio, vamos a parar a hacernos la foto de la victoria, la prueba de que hemos llegado al final de nuestro camino tras catorce días de viaje. En bicicleta, pero de viaje.

Es imposible, ahora que estamos tan cerca del final, no hacer hacer recuento de estas dos semanas. La prueba de que esa conversión, ese paso pretendido de ciclista a viajero, se manifesta en el hecho de que mi repaso mental no incluya las cifras 'deportivas' del trayecto, sino los paisajes que hemos recorrido.

Al margen de esta ola de calor que lo ha condicionado todo y que hemos surfeado como hemos podido –no han sido para nada temperaturas habituales a mediados de junio, que sigue siendo la época más recomendable para recorrer este itinerario– y del incendio que nos obligó a dar ese último rodeo, el viaje ha sido un disfrute continuo. En un alarde de optimismo inveterado, incluso soy capaz de convencerme de que esas temperaturas extremas nos han obligado a madrugar tanto que hemos disfrutado de las horas en las que la luz es más bonita –el alba– sobre la bicicleta. Y tiene mérito, porque en ningún otro momento del año amanece tan temprano.

Es domingo y nos cruzamos con familias ociosas que recorren los carriles bici que dan acceso a la ciudad con bicicletas de paseo y sillas con niños dormidos en ellas. A nosotros nos llaman más la atención los arrozales y las barracas situados a la orilla de la Vía Churra, que es como se llama el camino que estamos recorriendo, en alusión a las ovejas que llegaban a la ciudad desde el norte, como nosotros.

Me distraigo de unas pedaladas fáciles haciendo recuento de lo que hemos vivido en catorce días, porque los recuerdos son tantos que ya se van mezclando y desordenando. Nos preguntamos qué nos ha gustado más, qué nos ha sorprendido y nos cuesta quedarnos con un único momento: la subida al castillo de Gormaz, el valle que llevaba a Valdanzo, el puerto de Villarosario, las calles de Albarracín, la catedral del Burgo de Osma, el tamaño de las raciones de comida, aquel gazpacho en Atienza, las charlas con otros viajeros o con quienes nos han ido alojando en estas dos semanas... imposible quedarse con uno.

Hemos podido ver cómo en la primera semana se sucedían la alfalfa, el trigo y la cebada, y que todavía estaba verde. Y el momento en el que aparecían los primeros frutales, más o menos en el segundo tercio, o los primeros campos de olivos, ya en Teruel. En algunas sitios estaban ya recogiendo cerezas. O los campos de naranjos de ayer y los arrozales de hoy. Tengo la sensación de haber pasado de la primavera al verano de forma brusca, y a la vez haber descubierto un paisaje mucho más verde lo que imaginaba.

A estas alturas recuerdo más lugares que caminos, así que esa debe de ser la clave: en algún momento la ruta en bicicleta se ha convertido en un viaje. Recuerdo haber pasado por una decena de poblaciones de las que me dio pena irme cada mañana. Si tienen la suerte de hacer este viaje, resérvense algunos días de margen para dedicárselos a esos lugares que merecen un buen paseo. Si solo pudiera dar un consejo, sería ese.

Hemos visto muchos animales: especialmente corzos, pero también liebres, cigüeñas y todo tipo de rapaces. Supongo que sea algo normal si vives en el campo. Esa es otra de las claves: es un viaje que recorre el entorno rural. Los tramos de pistas o senderos, de hecho, atraviesan algunos lugares remotos de una zona que ya está, de por sí, muy poco poblada, así que conviene llevar agua y repuestos para solventar cualquier problema. En ese sentido, hemos tenido suerte: cero problemas mecánicos y ningún incidente de importancia.

Eso no quiere decir que Julia no se haya traído marcas en la piel de cuatro provincias diferentes. Creo que ha librado en Valencia. Si eso no es dejarse la piel por la empresa.

«800 kilómetros en 14 días, me siento como el Cid cuando se sentó en el trono de Valencia»

La última etapa ha sido un paseo y en la que más ha costado hacer el equipaje. Yo lo llamo el efecto de la maleta creciente. Según han ido pasando los días, conseguir un bulto transportable se ha ido complicando. Y no porque hubiéramos comprado cosas. Gonzalo dice que es por el cansancio, que hace que la compactemos con menos mimo. Yo añadiría que también por la pereza: lo peor de ser nómada es estar recogiendo tus trastos todo el rato.

Por primera vez en quince días no hemos puesto el despertador. Hemos abierto los ojos a la misma hora de siempre, pero hemos remoloneado entre las sábanas hasta una hora razonable para buscar una cafetería en la que desayunar. Tampoco hemos lavado la ropa del día anterior. Con una muda limpia para hoy teníamos de sobra. Por si se lo preguntan: esta tarea se hace a mano, como las abuelas, solo que en vez de en el río, lo hacemos en los baños de los hoteles. Benditos bidés. Confieso que he echado de menos la lavadora durante el viaje por eso del centrifugado: usar el truco de ciclista antiguo de retorcer la ropa en una toalla es efectivo, pero agotador.

Por delante teníamos apenas 25 kilómetros hasta llegar a Valencia y según había visto era un recorrido sencillo: todo carril bici. Antes de llegar ya nos habían dicho que la capital del Turia tenía una red muy importante, pero es que son 160 kilómetros que conectan todos los barrios y localidades cercanas. Allí les llaman los 'carriles Ribó' , alcalde de Valencia desde 2015 y firme defensor del uso de la bicicleta para desplazamientos urbanos. Él mismo va a trabajar en la suya.

Para mí, que llego harta de cuestas y piedras, me parecen autopistas, pero ojo también porque, como en ellas, el tráfico es intenso. Ni la M-30, señores, tiene tanto movimiento un domingo. Hay mucho turista haciendo 'tours' sobre dos ruedas (la mayoría holandeses, ¿a que ya se lo esperaban?). Y precisamente este colectivo es el más peligroso. O mejor dicho, somos, porque ni ellos ni nosotros dominamos los cruces y vamos como patos mareados.

En cambio, los valencianos se mueven con destreza sobre estas vías a veces verdes a veces rojas. Se nota que no es postureo y que muchos de ellos van cada día a sus tareas así. Todo lo que ha costado llegar a la ciudad es indirectamente proporcional a lo que cuesta llegar al casco antiguo y la estatua del Cid. Allí, frente a Rodrígo Díaz de Vivar, siento por primera vez que ha cumplido la misión. He superado el reto: 800 kilómetros en bici, 14 días pedaleando, más de 10.000 metros de desnivel positivo. Se dice rápido. Y no nos hemos divorciado. Es más, no hemos discutido ni una sola vez, qué cosas.

No sé como se sentiría el Campeador cuando se sentó en el trono de Valencia y se proclamó «príncipe Rodrigo», pero estoy segura de que muy parecido a cómo lo hice yo ante la última cerveza de este viaje en las intrincadas callejuelas del centro.

Eso sí, él aguantó cinco años como rey y a nosotros el trono no nos va a durar ni 24 horas. Al día siguiente hay que volver a la rutina. Voy a echar de menos pedalear cada día y solo de pensar en mi armario, a punto de explotar de ropa, me dan ganas de volverme minimalista. También he decidido apuntarme a un cursillo para mejorar mi técnica sobre la 'mountain bike'.

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Camino del Cid, Valencia, Valencia (Provincia)