El Camino del Cid en bici | Langa de Duero - El Burgo de Osma

El camino de los holandeses

Rianne y Anthony siguen los pasos del Cid desde Rotterdam y Gonzalo pierde una sandalia

JULIA FERNÁNDEZ | GONZALO DE LAS HERAS

Vídeo.

«Enamorados de la zona tras recorrer el Maestrazgo, tardaron en regresar por la pandemia»

Tanto oír hablar de los holandeses que recorrían el Camino del Cid que al final conseguimos dar con dos de ellos. Justo en el momento en el que cruzábamos el Duero para pasar a San Esteban de Gormaz -en obras, por cierto-, oímos cómo llegaban al semáforo en el que nos habíamos detenido. La estampa esperada: buen porte, posiblemente más allá de la cincuentena, muy morenos y en sendas bicicletas de 'trekking' con grandes alforjas.

No tardamos en sentarnos en una terraza próxima para que nos contaran qué hacían allí, en un sitio tan remoto. Más para ellos, claro. Pues el caso es que Rianne y Anthony habían hecho una ruta hace cinco años por el Maestrazgo. A esta pareja formada por una enfermera y un técnico que trabajaba en televisión les gustó tanto que querían volver a España. ¿Quién iba a decir que lo que atrae a unos turistas del norte de Europa es esta sierra turolense? No todo va a ser Benidorm o Barcelona, parece. Sobre todo porque, explican, en su país los viajes en bicicleta son lo más común, ya que casi todo el mundo se desplaza a pedales allí. Además, una web especializada ofrece servicios e información de rutas por España.

Descartaron el Camino de Santiago por masificado y poco «aventurero» o «salvaje». Esta pareja de Rotterdam, que había salido el domingo, un día antes que nosotros, había llegado por avión a Bilbao antes de tomar un tren hasta Burgos, y está siguiendo la línea que circula por carreterera. Quedaron tan enamorados del Maestrazgo –«Esta parte del interior de España es fantástica, de lo mejor, con sus paisajes extensos, montañas, carreteras tranquilas…»– que quisieron volver.

Y lo tenían todo listo para el verano de 2020, pero la pandemia obligó a retrasar sus planes. Rianne, muy sonriente, muestra orgullosa la fecha del salvoconducto que el consorcio envía por correo a quienes quieran emprender el viaje para que vayan sellándolo por el camino. Y efectivamente pone 2020. Están al principio de su viaje, porque planean llegar a Valencia en tres semanas, una más que nosotros. Todavía nos los volveremos a encontrar algunos kilómetros más adelante haciéndose una foto frente a una estatua del Cid. Y en el Burgo de Osma, fin de nuestras respectivas etapas de hoy, aunque llegaremos por caminos paralelos. Ellos casi exclusivamente por carretera y nosotros alternando tierra y asfalto.

Con los últimos sorbos del café nos cuentan que la noche anterior quisieron dormir en Valdanzo (el pueblo del bar-comercio de Mariángeles, lean a Julia), pero no había alojamiento. La aventura tiene esas cosas.Tuvieron que improvisar entonces por la ruta de montaña –hace gestos para indicar cómo botaba el manillar en un camino pedregoso– y desembarcaron en un monasterio, el de Nuestra Señora La Vid –lo indica en un mapa que despliega con la eficacia de la costumbre–. Fue, en resumen, uno de los mejores sitios en los que han dormido en muchos años. La aventura, ya sabéis, también tiene esas cosas.

Yo, mientras tanto, le pregunto a un paisano si hay zapatería en el pueblo y me responde ufano que sí, que esto, San Esteban (3.000 habitantes) es un pueblo grande. Cuestión de escala, supongo.

«Pan cada dos días en la tierra de Paquita Salas»

Son las ocho menos cinco y ya estamos casi listos para salir. También el autobús que hace la ruta de Langa de Duero, el pueblo donde hemos dormido, a Soria. Es un autocar de línea, pero no se sube nadie. Arranca puntual, en cuanto suenan las campanadas del reloj de la iglesia. Hoy recorreremos lo que se ha bautizado la España Vaciada, pueblos que tuvieron un pasado mejor y hoy agonizan casi al mismo ritmo que sus moradores. De hecho, Langa es el pueblo más grande en kilómetros a la redonda: tiene supermercado, farmacia, bares, estanco… y dos sucursales bancarias. Todavía. Porque al ritmo que se mueve el sector lo mismo las cierran para el próximo año.

«Es una pena cómo están los pueblos del alrededor», suspira César Berlanga, al pie del cañón en el Bar El Carrascal. Es un negocio familiar donde hasta los hijos echan una mano cuando pueden. Afortunadamente, no faltan parroquianos para tomar una cerveza: hay de dos tipos: los jubilados y los hombres de campo cuyas conversaciones giran alrededor del pienso y los silos de fibra de vidrio, auténticas catedrales modernas. Producto también de su economía. Además de explotaciones forestales de pinos, en esta zona por la que vamos abundan las granjas de cerdos… y los camiones que los transportan. ¡Ay, ese delicado aroma del chon cuando nos adelantan! Si son vegetarianos, sáltense la frase que viene ahora: aquí los prefieren hechos torreznos. Y a mí, al ver a los clientes de algún bar comer uno me recuerda a la serie de Netflix 'Paquita Salas'. Véanla… Se reirán un rato.

Pero no quiero desviarme. Hoy la etapa promete: si cogemos un desvío iremos a orillas del Duero, como en los poemas de Machado, otro de mis poetas de cabecera, y llegaremos a la ermita rupestre donde el Cantar del Mío Cid ubica la Afrenta e Corpes (ya saben, cuando violaron a las hijas del Campeador), no sin antes subir sus 59 peldaños…

El caso es que avanzamos y no hay ni rastro. Llegamos a Valdanzo. Y a mí me empieza a mosquear. Sé que vamos bien: el camino está correctamente indicado, pero dónde están los escalones. Miro las notas: los consejos que nos dio Alberto, del consorcio que se ocupa del Camino. Vamos por la todavía en pruebas ruta de gravel y teníamos que haber cogido la de montaña.

Por un lado me da pena: yo quería ver ese paisaje tantas veces imaginado al leer los Poemas de Castilla, pero… he de confesar que hoy no estoy para mucho trote. Los 80 kilómetros de ayer se me hicieron largos. Además, pasamos alguna penuria en el tramo final porque estábamos algo hambrientos. No calculamos bien el sitio donde debíamos parar a comer. O mejor dicho: nos confiamos. «Algún bar habrá en el siguiente pueblo», nos dijimos a la altura de Huerta del Rey, donde tomamos una tapa. Pues no lo hubo hasta Langa.

Así que aprendida la lección, son las 10 y avistamos el Bar Luis. Está abierto. Tras la barra está Mariángeles, encendiendo la máquina de café. Le preguntamos qué tiene para dos ciclistas hambrientos. «Pasad igual a la tienda y a lo mejor os tienta algo», nos dice. Sí, el Bar Luis es también el ultramarínos del pueblo. Fruta, algo de embutido, lomo adobado, leche, productos de limpieza: en cuatro estanterías y un mostrador tiene una selección de los imprescindibles para sobrevivir. Nos tienta el chorizo y dos plátanos «muy maduros» que le quedan de milagro.

«Lo que no tengo es pan. Llega más tarde… Aquí reparten cada dos días», cuenta con naturalidad. Es otro ejemplo de lo duro que es vivir en la España vaciada. Visto con los ojos de los urbanitas, que tienen pan de 7 de la mañana a 10 de la noche, resulta casi imposible de creer. Como no nos quiere dejar marchar con hambre nos pide que esperemos.

Cruza la calle y entra en casa de su madre. Viene con media barra. «Ya sabía yo que a ella si le había sobrado», ríe. La señora rondará los ochenta, que es casi la media de edad de los habitantes de los pueblos de esta «Castilla profunda» que estamos descubriendo.

El día transcurre así: entre caminos de tierra, vides, cereal y granjas de cochinos. Un placer visual este paisaje en esta época del año. Además, las nubes filtran el sol, no hace calor… Estoy a un tris de ponerme a silbar la sintonía de 'Verano azul'. Llegamos a otro pueblo grande, tipo Langa. Se llama San Esteban de Gormaz.

Buscamos la farmacia en busca de betadine para curarme las heridas (raspones, nada grave).Y también una zapatería. En la jornada anterior una de las chanclas de Gonzalo salió volando (principiantes como somos en el tema maletas de viaje, no la aseguramos bien y se quedó en el camino en alguno de los baches). No tenemos más calzado que ese y el de la bici, que por si no lo saben es incomodísimo para andar, así que es primera necesidad.

Con todo hecho, ponemos rumbo a nuestro destino: el Burgo de Osma. Nos toca hacer un pequeño tamo por la N-122, una de las carreteras con más tráfico de camiones de España. Lo vemos enseguida. No paran de adelantarnos. Además, está en obras. Bueno, la nacional no, sino su desdoble, que va paralelo: la Autovía del Duero. Este vial debería conectar la provincia castellana con Portugal, pero llevan años de retraso, para desgracia de los sorianos, que se siente abandonados y aislados.

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