El Camino del Cid, en 14 etapas | Vivar - Covarrubias

Con las espadas en alto

Salir de Vivar tras visitar la Legua Cero nos lleva por campos de amapolas y pistas onduladas

GONZALO DE LAS HERAS | JULIA FERNÁNDEZ

Vídeo.

«Te ven con la bici y preguntan desde dónde vienes cuando aún no hemos empezado»

Es domingo por la tarde y en Burgos –donde hemos venido a dormir de víspera– los músicos callejeros saben que no pueden competir con el tañido de las campanas de la catedral. Aprovechan el repicar para descansar entre canción y canción. Algo parecido le sucede al Camino del Cid: no puede competir con el Camino de Santiago, que es el hermano mayor de las rutas en bici en el norte de España. No es extraño que, al verte cargado con los bártulos en la bicicleta, te saluden con un 'buen camino' y te pregunten desde dónde vienes. La sorpresa es cuando les dices que en realidad ni siquiera has empezado, pero que vas a salir de Vivar y vas a llegar a Valencia, como hizo el Campeador tras ser desterrado.

Y eso que todo en Burgos orbita en torno a esta figura. Por eso no es raro tampoco que José Caero, el taxista que nos ha recogido en el hotel, conozca mejor las intrigas palaciegas del siglo XI que las de 'Juego de Tronos'. Es llamativo oírle hablar con total naturalidad de los hijos de Alfonso V y las hijas del Cid, «que se llamaban en realidad María y Cristina, por cierto», matiza.

Y si en la capital todo gira en torno a este héroe, qué decir de Vivar. Que por algo ahora se llama Vivar del Cid. El pueblo parece un parque temático dedicado a la figura del guerrero: estatuas, hitos, versos del Cantar labrados en cada esquina y, sobre todo, la Legua Cero, ese museo personal y entrañable que Javier Alonso ha construido junto al mesón 'El Molino del Cid', ya cerrado, pero que se mantuvo abierto 17 años.

Alonso sigue enseñando el museo con gusto a quien se acerque a sellar el salvoconducto, ritual introductorio en el viaje. Hemos bajado antes las bicicletas y colocado las maletas, pero sabemos que el viaje empieza al alejarse de esa Legua Cero, de donde partimos después de haber posado cada uno con una espada en la mano. Resulta difícil negarse al entusiasmo de Javier.

Javier Alonso estampa el primer sello en nuestro documento. / G. H.

Son los primeros kilómetros sobre bicicletas que, para nuestras costumbres, son pesadas y torpes. Lentas. En un acto de contrición me he dejado en casa el pulsómetro. A ver si consigo ser, por un par de semanas, más viajero en bicicleta que ciclista de viaje. Avanzamos por el arcén amplio de una carretera nacional antes de llegar a un dédalo de carriles-bici que nos deja a las puertas de la catedral. Como ya paseamos ayer por la ciudad, atravesamos la antigua capital hasta el siguiente destino, el monasterio de San Pedro de Cardeña. En este primero momento nos alejamos hacia el sur por carreteras tranquilas.

Aprovechamos la tienda monacal para comprar pastas artesanas. Esa conversión tiene que manifestarse en cosas como estas: en lugar de barritas de carbohidratos, pastas de almendra. Gastronómicamente, gano con el cambio. Poco después dejamos el asfalto. Es el momento de la verdad. Cómo responderán esas bicis por caminos menos afirmados. Bueno, pues suficientemente. Aunque esto implica subir y bajar una y otra ladera. Si, como yo, asocian Burgos con la llanura castellana, yerran.

Siguiendo unos carteles clavados en mitad de la nada hemos aterrizado en el bar de Alexánder Hernández, al que ahora ayuda su sobrino Leonardo. Este venezolano lleva ya cinco años al cargo de un negocio que heredó de su hermano. Y así es como cambió el clima benigno de Valencia (Venezuela, no nuestro destino) por el de un pueblo de menos de cien habitantes. No hay más que verle para darse cuenta de que ya se ha ganado a los parroquianos. Es verdad, como decía Javier, allá en Vivar, que la hostelería es dura, pero a cambio lleva una vida muy tranquila, sobre todo si la compara con el ajetreo de la ciudad de la que proviene (880.000 habitantes). Nos cuenta que le gustan los viajes en moto y no tardamos en hablar de destinos remotos a los que llegar sobre dos ruedas, aunque no haga falta pedalear. Ha visto pasar a decenas de viajeros, muchos de ellos holandeses. Algunos, incluso, vienen en bicicleta desde allí, pero no todos sellan el salvoconducto. Ha atendido a gente en lo más crudo de un invierno que imagino muy duro para él, que viene de un lugar donde no bajan de 20 grados.

La presencia de los neerlandeses es un mantra que se repite en el recorrido, como ratifica Carmen Rodrigo, que lleva desde hace veinte años junto a su marido, Alberto, el hotel de Covarrubias al que hemos llegado. Lo conocíamos de un viaje que hicimos Julia y yo en 2008, pero en aquella ocasión nosotros íbamos en moto. Estábamos preparando el trayecto hasta Cabo Norte (Noruega), el destino con el que sueña Alexánder a lomos de su Honda Deauville.

«Esta primera etapa es muy 'mindfulness'. Hasta saco fotos a las flores»

He sobrevivido. Este podría ser el resumen de la etapa. Muchas emociones juntas. Reconozco que me moría de ganas por salir, por lo que el desayuno me ha costado un triunfo. Yo quería echar a andar y ya, si eso, llegar al destino. En Vivar tenía fresco, así que me puse manguitos. Un acierto haberlos metido.

La parte de asfalto la tenía dominada. A ver, sí, la bici pesa un quintal, pero está todo lisito y a mí el tráfico por carreteras secundarias no me da miedo. Una de las conclusiones a las que he llegado es que la gente se ha vuelto muy respetuosa. Pasado Burgos seguimos por asfalto ya con sus sube-bajas… Y aquí empiezo a darme cuenta de dos cosas: uno, lo de entrenar hubiera estado bien para no perder el rebufo. Dos, ¡eso que se oye es mi respiración! Hace una semana estaba penando por casa intentando desahuciar al covid, que no había manera. Y me canso más rápido. No me asusto. Me conformo con ir poniéndome en forma poco a poco y mira, si no voy más rápido, eso que me llevo para mirar a diestra y siniestra.

Porque sí, el paisaje es bonito. Burgos es una ciudad verde, pero la provincia no lo es menos. Este año, el cereal ha brotado pronto y el trigo está cegador. Ganas me dan de parar y revolcarme por los prados, parecen un colchón suave y agradable, con el viento haciendo bailar las espigas y los pájaros cantando… Muy 'mindfulness' todo. Creo que es lo más cerca que he estado de practicarlo.

En la etapa de hoy también hay caminos de tierra y piedra. Pisteo, que dirían los que saben. Me da miedo. Y en un tramo sin dificultad me paro ante una rodera como quien ha visto al diablo. Son tres segundos pero, lo admito, me he bloqueado. Les cuento: la última vez que yo hice una ruta de 'mountain bike' así, en plan serio, me acababa de poner los pedales automáticos y estábamos en la Alpujarra, un sitio precioso. Cuando llegó el momento de subir una buena cuesta llena de grija me caí varias veces, muchas, por torpe. Me dio un ataque de ansiedad. La historia termina en Lanjarón, comiendo paella y llamando a un taxi para que me llevara al hotel. No volví a coger la bici de montaña… hasta la pandemia, cuando en un momento de desesperación, la llevé al taller a darle un 'repasito'. Así que ahora entenderán mi cara cuando, además de las dimensiones de la maleta, me di cuenta de que este viaje también tendría que vencer ese miedo tan limitante.

La parte de 'MTB' eran pistas fáciles, pero por lomas y montes. Una gozada de sitio. Nos topamos con una finca de lavanda (si se pensaban que hay que irse a Brihuega lo más cerca para verla, se equivocan) y con campos de amapolas. ¿Puede haber algo tan bonito? Sí, cuando se intercalan con campos de colza en flor.

Yo, que soy un poco friqui de las flores, tuve que parar, solté la bici y me harté de hacer fotos. Desde que salimos de Vivar nos han acompañado y ya no he resistido más. Si hay algo que probablemente se quede en mi memoria visual sea esto y las cunetas moradas de malvas, aciano y viborera.