El Camino del Cid, en bici | Covarrubias - Langa de Duero

Crema del sol y 're-desayunos'

Llegamos a Soria, que nos recibe con calor y torreznos para calmar nuestras dudas

JULIA FERNÁNDEZ | GONZALO DE LAS HERAS

Vídeo.

«Nos encontramos con los primeros peregrinos cidianos: '¡Vamos a ritmo de jubiletas!'»

El Camino del Cid tiene menos fama que el de Santiago pero por él te vas encontrando todo tipo de historias y personajes. También de viajeros. Los hay a pie, en bici de montaña, de carretera, eléctrica («cada vez son más», nos dicen en nuestras paradas sorprendidos por nuestras sencillas monturas), en coche y en moto. Nuestra primera parada del día ha sido Santo Domingo de Silos. Lo conocíamos, pero visitar el claustro siempre es una bonita experiencia. Y saludar a su ciprés, ese al que Gerardo Diego, uno de mis poetas favoritos, le dedicó una composición. Allí, este surtidor de sol y sombra espera a los visitantes entre arbustos cortados al milímetro, que, oigan, ni la mejor peluquera, y alegres flores que le restan ese poso de circunspección que tiene la construcción. Para nosotros, además, es un respiro del calor castellano, que ha empezado a apretar.

Son apenas las 10.00, pero paramos a 're-desayunar'. No hay todavía muchos bares abiertos, el pueblo está desperezándose. Entramos en uno con movimiento y nos encontramos con una especie de barra de desayuno bufé para los huéspedes del hotel que está escaleras arriba, pero nos atienden igual. También sellan el salvoconducto que distiguen a los Cid modernos. Y precisamente en esas encontramos a un grupo de cicloturistas cántabros. A mí me suenan de la noche anterior en Covarrubias.

Nos acercamos al ver sus 'pasaportes' y les preguntamos. Efectivamente. Son cinco, nos cuentan, pero solo vemos a cuatro. El que falta está «en el coche de apoyo», relata Agustín, al que Rodrigo, Carlos, José y Manuel convierten en su portavoz improvisado «Nos turnamos, ¿eh?», confirman, no vayamos a pensar que son unos aprovechados. En el coche dejan las maletas y pedalean libres. También seguros porque si tienen una avería mecánica tienen ángel de la guarda que les recoja e, incluso, les haga las veces de mecánico. Siento un poco de envidia, aunque creo que es porque intuyo que hoy la etapa se me va a hacer larga y me encantaría usar el comodín de la llamada cuando me fallen las fuerzas.

Su destino final es Sigüenza. Hacen la primera parte del camino: el destierro. Les quedan tres etapas.

– ¿Y la familia qué dice?

– Nuestras mujeres están encantadas. Lo único que nos han pedido es que nos echemos crema para el sol.

Eso me suena… Yo llevo la nuestra bien a mano para aplicárnosla de vez en cuando y evitar las quemaduras. «Hoy dormimos en Peñaranda», siguen contándonos. Es una etapa más corta que la nuestra, que llegamos hasta el pueblo soriano de Langa de Duero. «Hacemos esto por placer, para disfrutar de la experiencia», continúa Agustín. «Pero a nuestro ritmo, que somos un grupo de 'jubiletas'», ríe. Tiene 66 años y ha sido profesor en un colegio en Santander, La Alborada. Gonzalo estudió en otro que está muy cerca y ahí se inicia un diálogo de paisanos.

Agustín, el primero por la izquierda, ha sido el promotor de este viaje entre amigos. / G. H.

«Esta siendo una experiencia fantástica», nos revelan. Y en parte también de conexión con recuerdos y con la propia historia. «En dos noches dormimos en Quinta de Gormazo, que es el pueblo donde estuve hasta que hice la Primera Comunión. No he vuelto desde entonces», subraya Agustín, con un punto de orgullo en su voz. Sin embargo, casualidades del destino, cuando llamó para reservar en el hostal del pueblo, al otro lado del teléfono alguien le dijo que le sonaba su apellido, Córdoba, de un ferroviario que estuvo allí unos años. ¡Era su padre! Y la mujer que se lo contaba «fue a clase con mi hermano». Se desbordan las emociones.

Nos despedimos, no sin antes desearnos un buen viaje. Arriba, el sol aprieta. Hoy veremos los 40 grados en algún punto de la ruta. Curiosamente, este calor seco de Castilla a mí me sienta mejor que el húmedo de la costa y me anima a seguir pedaleando.

«¿Y si he sido demasiado optimista con las capacidades de Julia?»

Como yo me he encargado de la parte geográfica del viaje, del trazado de las etapas, ando con cargo de conciencia. ¿Y si he sido demasiado optimista con las capacidades de Julia? Lo digo en un doble sentido: no solo por la parte deportiva, en la gestión del esfuerzo –además está lo de la recuperación del covid, que hace dos semanas estábamos tosiendo entre test y test después de haber pasado unos días 'regulinchis'–, sino también por los aspectos técnicos. Julia abandonó en su momento la bici de montaña y abrazó con –relativa– devoción el ciclismo de carretera, en el que uno apenas se cae. O al menos no es normal caerse. Otra cosa es el ciclismo de montaña. No digo que haya que caerse, claro que no, pero sí que es más probable que suceda.

Afortunadamente la salida de Covarrubias –no he tenido tiempo de decirles lo fabuloso que es el pueblo, pero seguro que lo saben porque no es ningún secreto– es por carretera. Es una de esas partes en las que el camino no tiene alternativa. Porque hay varias líneas que uno puede seguir: bici de montaña, bici de carretera, senderistas a pie… Nosotros estamos haciendo una combinación de las dos primeras, y optamos por el trazado al margen del asfalto cuando es técnicamente asequible –y apropiado para la bicicleta que yo llevo–. Pero claro, eso es relativo, porque –ahora que Julia no me oye, aunque creo que lo sabe– la realidad es que yo soy capaz de subir y bajar con mi bici gravel por más sitios que por los que es capaz de hacerlo ella con su bicicleta de montaña.

La realidad es que hoy se ha caído una vez –nada grave, salvo por la honra– y ha subido a pie, empujando la bicicleta, las últimas cuestas del día. Es verdad que no nos hemos organizado bien con la comida. La última pausa con comida disponible fue a las doce del mediodía y eran más de las cinco cuando llegamos a Langa de Duero. No está mal, porque a las 8.15 ya estábamos pedaleando.

Decía que la salida era por carretera. Pues bien, era un espejismo. Una vez pasado Santo Domingo –tampoco os descubro lo fabuloso que es el claustro, que es románico premium, el estilo que estaba de moda en la época en la que se escribió el Cantar del Mío Cid– hemos ido empalmando el trazado de monte –lo que hacemos en realidad es seguir el track que tenemos cargado en los ciclocomputadores que llevamos en el manillar–, sabiendo que los carteles también señalan el trazado por carretera, y que si en algún momento lo «vemos» –nótese el plural– muy difícil, pues podemos tirar por la ruta de carretera, que podrá ser más larga en algunos casos, pero no está compuesta por pistas pedregosas o trampas de arena.

Mientras escribo esto me han traído trozos de torrezno de tapa con una caña. Es la prueba de que avanzamos. Ya estamos en Soria, segunda de las provincias de nuestro viaje. Perdón, sigo.

El caso es que las dos terceras partes de la etapa han sido por pistas. Y es cierto que la mayoría no eran difíciles. En muchos casos se trata de caminos anchos, bien afirmados, pero sin asfalto. Aunque siempre hay algún tramo más pedregoso de lo que uno querría, en el que el neumático se hunde en la arena o en la que tiene que ir por la arista de las roderas que los tractores dejan en las pistas forestales. Y cuando uno se ha caído y ha perdido la confianza, resulta difícil hacer lo correcto, que es antinatural, y que casi siempre es soltar los frenos, sujetar el manillar sin rigidez y confiar en la bici, que es capaz de sobrepasar casi todos los obstáculos.

Y os dejo, que tengo que ir a despertar a Julia de su siesta y arrastrarla al restaurante para que cenemos, se recupere, y mañana vuelva a subirse a la bicicleta con ilusión (y betadine en las heridas). La etapa de mañana, sobre el papel, parece más fácil que esta. Ya os contaré si es así.

Temas

Camino del Cid, Langa de Duero, Soria (Provincia)