El Camino del Cid en bici: El Burgo de Osma - Berlanga de Duero

A la conquista del castillo de Gormaz

El día que sacamos la navaja y subimos a cuchillo por pendientes de más del 20%

GONZALO DE LAS HERAS | JULIA FERNÁNDEZ

Vídeo.

«¿Cómo resistir al embrujo de una ascensión que lleva hasta el interior de una fortaleza?»

El Cid, incluso el Cantar del Mío Cid, es nuestra excusa para ir hilando una pedalada con otra y avanzar poco a poco hacia Valencia. La ruta se encuentra trufada de carteles con los versos del poema relativos a los lugares por donde ruedas. Atraviesas, además, poblaciones -muchas de ellas minúsculas ahora, y cada vez más- de evidente traza medieval, con una ermita románica aquí, un castillo altomedieval allá… Es verdad que algunos de los puntos de paso tienen tanto atractivo que no necesitan formar parte de una ruta turística: Burgos, Covarrubias, Santo Domingo de Silos, El Burgo de Osma, Berlanga –de entre los que llevamos vistos hasta ahora– merecen una visita sin otra excusa que pasear por sus calles empedradas asombrándose a cada esquina porque siempre hay una iglesia más, una casa antigua más, un palacio más.

Pero también cruzas muchas aldeas, la mayoría en esta zona muy despobladas, que apenas llegan al centenar de habitantes. Encontrar monumentos, los que quieras. Ahora, comercios o bares, eso ya es otra cosa. Y eso que ya habíamos aprendido que hay que llevar una economía de depredador y comer allá donde sea posible. Con ese plan, y con la idea de parar y repostar en cada punto, partimos del Burgo de Osma hacia Berlanga de Duero con el objetivo añadido de subir a la fortaleza califal de Gormaz. En algún capítulo anterior os contaba que muchos de los monumentos, por muy medievales que sean, eran en ocasiones posteriores a los de la época del Cid. O, en otras ocasiones –como en San Pedro de Cardeña o en la propia Burgos, o incluso en el claustro románico de Silos– eran edificios construidos, hace mucho, eso sí, sobre el lugar que ocuparon los que existían en la época de Rodrigo Díaz de Vivar. Pero ese no es el caso del castillo de Gormaz, pues la gigantesca fortaleza era un elemento clave en las idas y venidas de las tropas musulmanas y cristianas en el siglo XI, cuando estas tierras eran la frontera entre ambos reinos.

Por si fuera poco, su silueta ciclópea, visible desde kilómetros y kilómetros, es una provocación para cualquier ciclista, pues se adivina en la distancia la carretera que sube enlazando curvas de horquilla desde la propia población de Gormaz, que se encuentra a media montaña. Es difícil resistirse al embrujo de una subida que se adivina ya empinada, pues el último tramo corta la ladera como una cicatriz rectilínea.

Hemos llegado hasta aquí por carretera, atravesando primero la mayor plantación de manzanos de Europa y remontando después un pequeño puerto antes de desembocar en una pista que pasa el Duero a través de un antiguo puente por el que los coches ahora tienen prohibido el paso.

La subida a la fortaleza califal comienza en la del pueblo, que nosotros realizamos por una pista pedregosa pero no difícil, aunque esas piedras acentúan la sensación de pendiente. Seguimos con la idea de parar en el pueblo y avituallarnos, tomar un poco la sombra. Lo de la sombra, vale, lo de conseguir comida o bebida no va a ser posible. «Bar hay, lo que no queda es gente», nos dice un paisano con sorna.

A partir del municipio el ascenso es por carretera, más o menos un kilómetro. Por el camino uno gana perspectiva sobre un paisaje que, en esta época del año, donde se alternan fincas verdes con retazos ocres, parece un tapiz gigantesco. Queda atrás la ermita de San Miguel, con pinturas rupestres, esas sí casi de la época del Cid, pero anteriores al Cantar.

Una curva final hacia la derecha te enfila en la recta que llevaba viendo más de una hora. Está empinada, bastante, y hace calor. Lleva hasta un aparcamiento de donde parte el tramo final, apenas unas decenas de metros, ya sin asfaltar y que obliga a retorcerse sobre la bici por pendientes superiores al 20%. Son solo unos metros y desde ahí arriba puede verse medio mundo. Merece la pena. Aviso a Julia, que llega detrás, para que no caiga en la celada del castillo y deje la bici en el aparcamiento. Este último tramo es para subir a pie. Otra cosa es que seas cabezota o quieras impresionar a un grupo de jubilados que sube en una ruta organizada por un taxi furgoneta de la zona.

Lo difícil del día está hecho. Ahora solo falta lanzarnos de nuevo a la alegre letanía de enlazar pueblo, subida por camino, bajada por camino, pueblo, subida por camino, bajada por camino bajo un sol que lleva ya unas horas cayendo a plomo por aquí. En los telediarios –nosotros no lo sabemos– hablan de ola de calor.

«Cambio las barritas energéticas por el rico chorizo de Mariángeles»

En la bici hay que alimentarse para que no te dé una pájara. Que suena muy del Tour de Francia, pero nos puede pasar a todos. Cuando vas a darte un paseo tranquilo quizá no te haga falta más que algo de agua (y en ciudad, ni eso), pero a nada que quieras hacer algo más largo… tienes que meterte unas barritas, unos geles o un plátano. La imagen del ciclista con esta fruta asomando del bolsillo trasero no es postureo.

Nosotros lo sabemos bien porque, como ya hemos explicado, salidas en bici sí que hacemos. Pero no con tanto componente de aventura como este viaje. Cuando hacíamos las maletas se me pasó meter algunas 'comistrajas', que es como llamamos nosotros a las barritas energéticas. Sin embargo, lo descarté enseguida: a dónde iba yo con ese peso para quince días. Intuía ya que comprarlas por estos lares iba a ser complicado, pero bueno, confiaba en otros abrevaderos.

Y de ellos voy a hablarles: nos hemos convertido en expertos en paradas 'técnicas' en terrazas de bares. Vamos, que no hay pueblo por el que no pasemos y echemos un ojo. Lo aprendimos en la segunda etapa, que paramos a hacer un almuerzo ligero porque era pronto y luego no encontramos ningún sitio donde comer. Llegamos 'justitos', como se dice en el argot ciclista.

Así que ahora, a la que vemos mesa, nos acercamos a tomar un refrigerio. Nada sofisticado, no se crean, porque no hay grandes lujos ni mucho donde elegir. Una cocacola, un trozo de tortilla, un bocadillito de jamón o un torrezno, lo que se tercie. Si me lo dicen hace una semana, ni me lo creo. Sobre todo lo último. Además, confieso que lo hago con gusto y sería capaz de comerme fuet a bocados sin miramiento ninguno. ¿Me estoy asalvajando? Puede que algo, sí.

El caso es que es recomendable llevar encima también algo que echarse a la boca por si las moscas. Hoy, por ejemplo, hemos salido del Burgo de Osma y no hemos encontrada nada abierto hasta el destino, en Berlanga de Duero. Como, además, desayunamos pronto, a media mañana ya nos rugen las tripas. Así que ni cortos ni perezosos nos hemos parado a la sombra de unos alisos en la orilla del Duero, después de conquistar la fortaleza califal de Gormaz, a comer. De la maleta de Gonzalo ha salido la magia: chorizo de la tienda de Mariángeles en Valdanzo (¿se acuerdan?), la navaja Victorinox que me recuerda a mi padre, hombre de pueblo, y un paquete de ositos de gominola. Si lo hacer Peter Sagan, lo de las gominolas, digo, después de una Paris Roubaix…

Y menos mal, porque en los siguientes tres pueblos no hubiésemos encontrado nada. Bueno, sí, agua, porque esa es otra historia. Vamos con un bidón cada uno de aproximadamente 650 mililitros. Ello nos obliga a repostar en cuanto vemos una fuente. Hemos desarrollado un nuevo sentido para detectarlas.

Sobre todo porque estamos bebiendo más que nunca. Yo no sé si es consecuencia del coronavirus, por la ola de calor o por el esfuerzo, pero no hay caño en el que no pare. También para echarme el líquido elemento por encima, aunque su frescor apenas dure unos minutos, hasta que el aire cálido de la Meseta seca la ropa.

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Camino del Cid, Gormaz