El Camino del Cid en bici: Berlanga de Duero - Atienza

Del destierro a las tierras de frontera

Dejamos atrás la mantequilla de Soria y llegamos a Guadalajara antes que Amazon

JULIA FERNÁNDEZ | GONZALO DE LAS HERAS

Vídeo.

«Llevo cinco días seguidos andando en bicicleta y todavía no tengo agujetas»

Hoy cerramos la primera parte del Camino del Cid. En Atienza, Guadalajara ya, termina la ruta del destierro de Rodrigo Díaz de Vivar. Estamos en tierras de frontera. Cuando el héroe llegó aquí lo hizo de noche, pero sabiendo que ya había cruzado a territorio menos hostil. Hasta este punto, nadie podía ayudarle en su viaje, so pena de perder su casa y sus ojos, tal y como había dictado el rey Alfonso. Al llegar a terreno musulmán, esa maldición quedaba en suspenso.

Para mí hoy también es una etapa de límites. Nunca antes había estado cinco días seguidos en la bici haciendo tantos kilómetros. Ya llevamos unos 300. Me sorprende el número, pero también que en estas jornadas no haya tenido ni una sola agujeta… Otra cosa son achaques. Como ya ha quedado claro, yo soy 'biker' ocasional y de los que prefieren el asfalto.

Al levantarme, lo primero que he hecho, más allá de comprobar que las piernas me sostienen, ha sido mirarme al espejo. El día anterior me desperté con los labios como morcillas de Burgos (o torreznos de Soria, lo que prefieran). Hoy también. El viento y el sol me los han dejado bellos como los de Carmen de Mairena. Gonzalo, cuando me ve, confirma que también tengo la cara hinchada: un lado más que otro. Estoy hecha un cromo.

El responsable de semejante aspecto no es otro que el cansancio. Y yo que pensaba que tenía mala cara algunas mañanas al ir a trabajar. Así que saco el arsenal cosmético y medicinal para intentar arreglar el panorama. No, ni tengo base de maquillaje, ni antiojeras, ni nada. Todo mi neceser lo componen una crema hidratante, un cacao con SPF 50 y el protector solar, también 50.

Echo de menos, eso sí, un buen reparador labial. Me lo dejé en casa porque ni se me pasó por la cabeza que fuera a necesitarlo. En la vida me he puesto yo tanto tiempo al sol y menos al aire recio castellano, que lo mismo curte embutidos que pieles. Eso sí, en este viaje no he sido la que más está sufriendo por el tema. Gonzalo se quemó el segundo día y eso nos obligó a repensar nuestro plan minimalista.

Al final, cedimos a comprar un 'aftersun'. También quería un 'stick' solar para zonas sensibles, pero este ha sido misión imposible de encontrar. Llevo tres días entrando en cada farmacia que me encuentro… Que tampoco se vayan a creer que son muchas, pero sí más de las que pensaba. Por fortuna. También porque en cada municipio tiene asegurada una fiel clientela: hoy hemos visto cero niños, pero sí mucha gente mayor. Estos despachos, por cierto, se han reconvertido en una especie de ultramarinos sanitarios que tienen desde sintrom a colonias pasando por tiritas, piedra pómez y pintaúñas. El glamur no entiende de edad.

En Atienza, 'Vanesita', que es una señora ya en edad de jubilarse o casi, toma el fresco a la puerta del local en el que trabaja dispensando lo que le piden. Cuando entro, espero que alguien salga del fondo para atenderme, pero la mujer me sorprende por la espalda. Le asalto con mi capricho. «Todo lo que tenemos para el sol está aquí». Y señala una balda con ocho o diez cajas.

Otra opción, pensarán, sería comprarlo por internet, en Amazon, por ejemplo. Y mandármelo al hotel… Pero enseguida me doy cuenta de que lo del envío en menos de 24 horas a estos pueblos es ciencia-ficción.

Hacer la maleta para este viaje ya hemos dicho que fue un reto. Tardé mucho en decidir qué meter y qué no. No de ropa, sino de otras cosas que son necesarias. Como miope que soy, necesitaba mis lentillas diarias. Y además, llevo alineadores invisibles en los dientes… Eso ya ocupa lo suyo. A última hora, casi de chiripa, se me ocurrió meter un botecito de lágrimas artificiales. Y menos mal porque nos está salvando las tardes de trabajo. A los dos.

Aquí el sol no solo quema, es que la luz que hay desde las 7 de la mañana a las 10 de la noche aproximadamente es cegadora para dos turistas del norte. Así que si están pensando en hacer este viaje, no se olviden las gafas de sol. Las van a amortizar.

«Imbuido por el espíritu del viajero, ya que estamos en Soria, pido mantequilla para desayunar»

Con estas temperaturas madrugar es la única opción para pasar el menor tiempo posible bajo este sol de plomo. Pero el problema surge cuando uno choca con la intendencia local. Los alojamientos en los que nos hemos ido hospedando son muy diversos. Los horarios a los que se sirve el primer desayuno varían entre las siete de algún hotel grande y las nueve y media de algún alojamiento pequeño, a menudo llevado por una sola persona que después de dar cenas hasta tarde, no tiene cuerpo para dar desayunos al alba.

Y eso es justo lo que nos ha sucedido hoy. Araceli, una dominicana encantadora a cargo de nuestro hotel en Berlanga de Duero, nos había advertido de que ella no volvía a la recepción hasta las nueve y media de la mañana, por lo que dejamos todo pagado la tarde anterior. Como al llegar nos habían guardado las bicicletas en un almacén situado en una calle aledaña, necesitábamos la llave para recuperarlas. Quedamos en que nos la dejaban en recepción y que nosotros cerrábamos al salir y pista. Antes de que me despiste os aviso de que hoy tampoco tengo espacio hoy para deciros que Berlanga es un pueblo pequeño con una colegiata muy grande, un castillo espectacular y una plaza porticada con mucho encanto.

Pues ya para empezar, no encontramos las llaves en el mostrador, así que antes de las ocho decidimos ir al almacén por si estuviera abierto, o por si algún otro inquilino –cuando dejamos nuestras bicis vimos que había otra pareja de bicicletas con alforjas en el almacén– estaba justo allí. Pues no. Volvemos y, envalentonados, decidimos hurgar en los cajones. Antes hemos mandado un WhatsApp que nos legitime, eso sí. Y damos con las llaves. Julia recordaba que el llavero era rojo. Así que paseamos de nuevo por el pueblo, ya vestidos de ciclistas, rescatamos nuestras bicicletas y estibamos las bolsas, botellines, GPS…

Supuestamente, el bar anexo al hotel abría a las ocho de la mañana, y esa era nuestra hora límite para partir. Son las ocho y veinte, hemos terminado de prepararnos, pero por allí no aparece nadie a abrir, así que pedaleamos hasta la plaza, donde el bar en el que habíamos comido la tarde anterior estaba ya abriendo. Estupendo, al menos podremos tomar un café y algo. ¿Qué tiene? Tostadas y magdalenas. Llama magdalenas a una especie de sobaos, y eso para un cántabro sería motivo de degüello, pero dejo pasar ese pequeño detalle. Tostadas, pedimos. ¿Con aceite o con mantequilla? Julia, mujer de costumbres, pide aceite, para desayunar como en casa. Yo, imbuido por el espíritu del viajero, y sabiendo que estamos en Soria, opto por la mantequilla.

«¿Estará buena, no?», pregunto. «Psé», me responde el dueño desde el otro lado de la barra. Yo sigo decidido, pensando en que no había entendido bien, porque es verdad que algunos tienen un acento muy cerrado, y me siento a esperar al sol –todavía el sol es apetecible– hasta que me llame para ir a recoger el pedido. No tarda , pero entre una cosa y otra, son casi ya las nueve. «Jefe, las tostadas», oigo. Y voy para allá. Justo lo previsto en este sitio de mantequilla proverbial, con denominación de origen y orgullo de la tierra: unas tostadas de pan de molde banco con dos recipientes monodosis de aceite genérico y otras tantas tarrinas individuales de mantequilla industrial. De Central Lechera Asturiana. Que no tengo nada contra ella –me perdone toda mi familia gijonesa–, pero no es lo que esperaba. Y Julia que me mira como diciendo: pero si además la leche te sienta mal. ¡Ay, qué difícil es ser viajero!