El Camino del Cid en bici | Albarracín - Teruel

El día que Gonzalo se bajó de la bici

Llegar a Teruel nos cuesta más de lo esperado y hay peligro de divorcio

GONZALO DE LAS HERAS | JULIA FERNÁNDEZ

Vídeo.

«Una rotonda y un semáforo de la menor capital de provincia me parece un caos urbano»

De repente he visto un semáforo, una rotonda, un amago de atasco de tráfico y todo me ha parecido horrible. Ha sido al llegar a Teruel, que tampoco estamos hablando de una megalópolis gigantesca, pero es que llevamos diez días en los que la mayoría de las poblaciones por las que hemos pasado no llegan al centenar de habitantes. En la mitad de en las que hemos dormido, lo hemos hecho en el único establecimiento existente. Vaya por delante que en Albarracín, de donde hemos salido al amanecer, el calor apenas me ha dejado dormir –he soñado que tenía otra vez un covid que parece superado por completo– y en este momento todo me parece mal.

Y eso que la mañana había comenzado de forma inmejorable. Habíamos salido pronto para pasar el menor tiempo posible bajo el calor. En el hotel nos habían dejado a mano la llave del almacén donde habían dormido las bicis, así que a las siete ya estábamos en marcha. Había amanecido ya con esa luz amarillenta que tamiza todo y enamora a los fotógrafos. La primera parte remontaba por carretera los Pinares de Rodeno, un paraje protegido surcado por rutas de montaña y lleno de abrigos con pinturas rupestres. Luego, un descenso por pistas cómodas y rápidas en lo que suponía salvar la mayoría del desnivel del día. El día anterior habíamos pasado a 1.700 metros de altitud y tenía por primera vez la sensación de que ya estamos cuesta abajo, avanzando de verdad hacia el mar. No he estudiado el perfil hasta ese detalle –me dejo partes aún al descubrimiento–, pero apostaría a que ese fue el punto a mayor altitud de nuestro viaje. Albarracín está a menor altitud que Checa, que es de donde partimos ayer, y Teruel, a donde llegamos hoy, está aun algo más abajo, ya por debajo de los mil metros. Así que no vamos cuesta abajo, pero cada día bajamos unos pocos metros más que los que tenemos que subir.

Ese descenso por pistas nos dejó en Gea de Albarracín, donde encontramos un pequeño negocio que nos ofreció un desayuno pantagruélico. Vamos, lo estándar por esta zona, según estamos aprendiendo. Todo salía a pedir de boca: una primera parte paisajísticamente fabulosa, una temperatura y una luz más que agradables a primera hora, un desayuno que nos encajaba como un guante en nuestro horario y nos permitía hacer una parada para coger fuerzas ante lo que el perfil marcaba con la última subida del día, que precedía a un largo tramo favorable hasta la capital. Lo que no sabíamos es que la subida, ya con la temperatura por encima de los 35 grados otra vez, era una penitencia de esas en las que hay que tirar de la bicicleta porque es impracticable para remontarla sobre las dos ruedas. Quizás un profesional, quizás con una bici eléctrica. De hecho, cuando llegábamos a ella, recuerdo haberle dicho a Julia al ver a lo lejos unas figuras avanzando por la loma a trompicones:

– Mira, unos viajeros a caballo.

– Pero si son ciclistas arrastrando bicicletas.

Vaya, bajé la cabeza, froté un poco el cristal de las gafas y subí lentamente, tirando de mi bicicleta por primera vez en el viaje. Yo, ufano por haber subido hasta la fortaleza de Gormaz sin ser descabalgado. Es verdad que no serían más de quince minutos de subida, pero algo se rompió en mi optimismo. Seguramente por la falta de sueño. Después de la bajada por la otra ladera, el viento me parecía de cara, el calor mucho más, los baches desacompasados. No sé si conocen un dicho que dice que al ciclista todo le da por el culo, salvo el aire, que da de cara. Pues eso.

Era, además, como una vuelta demasiado brusca a la civilización, en la que uno primero se encuentra con la planta maderera de Cella, una estrucutra industrial de dimensiones colosales, el llamativo aeropuerto -ese fabuloso aparcamiento para aviones- y una ciudad que no termina de asomar por detrás de ninguna loma hasta que estás dentro de ella.

Y aquí estamos, con la rotonda, el semáforo, el tráfico, la calle en cuesta, y el viajero que entra con la bicicleta directamente en el 'lobby' de un hotel de cuatro estrellas, sopesa la potencia del aire acondicionado y pide directamente una habitación mientras se quita el casco. Ya cancelaremos la reserva en la fonda más antigua de España, que nos había recomendado un compañero del periódico. Era cuando pensábamos que nos vendría bien tener temas de reserva por si no teníamos qué contar en nuestro viaje, antes de que nos peleáramos por el espacio necesario para un puñado de palabras, cuando aún creíamos que no seríamos capaces de llenar estas páginas.

«La curva en la que estuve a punto de convertirme  en Carmen Maura»

No se lo van a creer, pero he visto caer agua del cielo… En una curva. Por primera vez en diez días y en plena ola de calor. A poco más tiro el bolso y me pongo en plan Carmen Maura en esa escena de 'La ley del deseo' en la que le pide al barrendero que la moje con la manguera con ese lúbrico 'riégueme' que tantas veces he evocado en este viaje.

Vaya jornada hemos tenido hoy. Empezó perfecta, como ya les ha contado mi santo, pero ha terminado a trompicones. No había manera de ver la ciudad de Teruel en el horizonte y por un momento he pensado que realmente no existía. No es así, pero llegar a ella, cuesta más de lo que parece. Al menos en bici viniendo de Albarracín.

Ya hemos dicho que el Camino del Cid está muy bien indicado. Sin embargo, cuando uno lleva horas con la cabeza a punto de estallarle por el calor y una migraña, todas las pistas parecen la misma. El caso es que nos hemos equivocado en un desvío, hemos tirado por el que no era y hemos acabado en la senda fluvial del río Alfambra. Que sí, que suena muy bonito, pero es poco ciclable: hemos vadeado un río a pie y subido la bici por algunos escalones, además de que en algunos tramos, el camino no medía más de 20 centímetros de ancho por la frondosa vegetación, que también nos ha arañado piernas y brazos.

Lo peor, no obstante, no ha sido eso, sino el hecho de no saber si realmente llegaríamos a la ciudad por esa ruta, que no era la del itinerario establecido. Gonzalo estaba convencido. Yo… no lo veía tan claro, pero hoy no era el día para entablar debates, que estábamos los dos para aguantarnos poco. A ver si íbamos a pedir el divorcio en la capital de los amantes... Al final él tenía razón y hemos llegado a un punto en el que nos cruzábamos con la carretera que teníamos que haber tomado. Yo, de todos modos, ya había visto un par de huertas con paisanos trabajando por si había que volverse a preguntar o pedirles que nos remolcaran con sus furgonetas. Yo soy mucho de tener plan A y plan B, como ya se habrán dado cuenta.

Una vez en Teruel y con un agua con gas en la mano, la aventura me ha parecido mejor, todo hay que decirlo. Y ya cuando hemos entrado en el hotel que teníamos más cerca y el aire acondicionado me ha bajado los calores, todo era fantástico… Aunque luego, esto del aire ha tenido su historia. Hemos tenido que cambiarnos de habitación porque en la primera la máquina no funcionaba. En la segunda le ha costado arrancar y en recepción ya estaban preparando una tercera por si acaso. Finalmente, no fue necesaria.

Teruel es una ciudad maravillosa con muchas cosas por ver. A mí el Óvalo y la torre mudéjar de San Salvador me han dejado ojiplática nada más llegar. Por cierto, yo pensaba que la capital del toro era Pamplona, pero después de estar en la plaza del Torico (antes de que este sufriera un accidente cuando le quitaban unas banderas de adorno y se rompiera) y ver que aquí celebran a partir de mañana un congreso del toro de cuerda, confieso mi error. Me va a dar pena irme… pero me apunto la ciudad para volver a disfrutarla con más tiempo. Hagan lo mismo. Merece la pena.

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Camino del Cid, Teruel (Provincia), Fonfría (Teruel)