Boris Johnson ha presentado su dimisión este jueves./afp

Boris Johnson ha presentado su dimisión este jueves. / afp

La ambición y las torpezas del niño que quería ser el rey del mundo

Boris Johnson ha desarrollado una carrera entre la popularidad, el desorden y el ansia de poder, en la que ha cosechado el elogio por su denuncia feroz de la invasión rusa y las críticas por la inacabada y conflictiva obra del Brexit

IÑIGO GURUCHAGA Londres

El hombre que de niño quería convertirse en 'rey del mundo' pide ahora que le dejen ser primer ministro hasta el otoño, mientras el Partido Conservador elige un nuevo líder. Sus tres años al frente del Gobierno culminan con una revuelta -«excéntrica», según sus palabras- de un partido harto del caos que ha creado.

Su afán era dejar en la Historia la huella de los predecesores que admira: Benjamin Disraeli, 'tory' extraño y discutido político del siglo XIX que creó el conservadurismo alejado del dogma ideológico y escribía novelas mientras dirigía el país, y Winston Churchill, también gran orador, indisciplinado y marginal antes de convertirse en líder carismático en tiempos de guerra.

Que diputados y afiliados conservadores le eligiesen como jefe para resolver el monumental enredo del Brexit confirma su filosofía personal sobre la incoherencia de la vida. Un movimiento nacional que rechaza la Unión Europea por personificar el distanciamiento de la sociedad de la «élite liberal metropolitana» que gobierna encomendó ese desenlace a un elitista, cosmopolita y libertario.

Alexander Boris de Pfeffel Johnson nació hace 58 años en Nueva York. Su padre, Stanley, tenía 23 y había logrado una beca para proseguir sus estudios de poesía, que pronto abandonó. Charlotte, su madre, tenía 22 y el carácter liberal y bohemio que le llevaría a dejar sus estudios en Oxford y seguir a su marido por países, ciudades y decenas de viviendas, mientras daba a luz a cuatro hijos.

Al, como le conocen en su familia, había heredado el llamativo pelo rubio platino que venía en los genes de su bisabuelo, un periodista turco que murió linchado por rivales políticos. Pero el rasgo que quizás más ha afectado a su psicología es su profunda sordera hasta los ocho años. Poco después de curarse, fue enviado a un internado.

Antes de obtener una beca para ingresar en el colegio de la élite, Eton, padeció en Bruselas, donde su padre trabajaba como funcionario de la Comunidad Económica Europea, primero el colapso nervioso de su madre, y después el divorcio de sus padres, tras las ausencias prolongadas de Stanley y su infidelidad incesante. La educación sentimental de Johnson puede entenderse como un aprendizaje desdeñoso del orden moral burgués, pero el rasgo de su personalidad que destaca en su biografía -siguiendo el relato de Sonia Purnell, en 'Just Boris'- es el de hombre solitario. En profesiones gregarias como el periodismo o la política, no entabla relaciones, no conversa, consigue con encanto que se le ayude o perdone recreando un personaje de hombre de clase alta, desaliñado y de hablar balbuciente.

Despedido como periodista en 'The Times' por inventar una cita de un amigo de su familia, se consagró como corresponsal en Bruselas de 'The Daily Telegraph', yendo contracorriente del tedioso consenso de sus colegas sobre el avance inexorable de la unidad europea. Él optó por enviar crónicas exageradas o salpicadas de mentiras, que avalaron el euroescepticismo de los últimos años de Margaret Thatcher.

De regreso a Londres fue un cotizado comentarista en los medios y el personaje que había compuesto como máscara y escudo en su adolescencia y juventud le convirtió en una celebridad nacional. «¿Tengo noticias para ti?» es un programa humorístico de la BBC en el que comediantes y personalidades participan en una chapucera competición en la que se premian los comentarios más graciosos sobre asuntos de actualidad. El caótico Johnson cautivó a las audiencias como invitado y ocupando la silla de presentador.

El busto de Pericles

Impuntual y desordenado, el políglota que adorna sus despachos con un busto de Pericles era estrella de la televisión y la radio, dirigía el semanario 'The Spectator', era crítico de automóviles de lujo en la revista 'GQ'. Negociaba muy bien sus salarios, siempre preocupado con el dinero.

Pero el periodista es testigo de quienes cambian la sociedad y son conmemorados con estatuas. Johnson quería una estatua, ser político gobernante. Su primer escaño, en representación de la exquisita villa ribereña del Támesis, le llevó a un Parlamento en el que nunca ha triunfado porque no cultiva amistades y complicidades con colegas de escaño y porque su genio de escritor no se traduce en la oratoria breve y aguda que gusta en la Cámara.

Sufriendo de aburrimiento y frustrada su ambición de ser primer ministro cuando otro alumno de Eton, David Cameron, fue elegido líder del partido, aceptó su oferta de ser candidato a la alcaldía de Londres. Sus primeros meses en el Ayuntamiento son descritos como caóticos. Cadena de dimisiones y falta de dirección. Pero enderezó el curso y renovó su victoria frente al laborismo. Ha avalado su trayectoria posterior con los méritos de su gestión municipal, acentuando la reducción de la delincuencia o su política contra la pobreza.

Regresó al Parlamento en 2015, un año antes del referéndum europeo. En el gabinete de Theresa May fue un ministro de Exteriores recordado por sus torpezas y su ambición de desbancar a la primera ministra.

Lo privado es inseparable de sus logros en la política, el periodismo o la literatura. La lista de episodios conocidos por el público es muy extensa. Una síntesis de su personalidad política podría ser que gusta más a la gente cuanto menos le conoce y que el otro lado de su popularidad es la repulsa que provoca en parte de la población.

Es un golfo sexual, que acumula hijos, amantes y separaciones. Quienes han trabajado con él dicen que tiene una capacidad notable de concentración cuando la tarea le interesa. La indiferencia ante la verdad o la mentira fue útil en la campaña del Brexit, pero la acumulación de episodios grotescos ha hartado a la mayoría de la población, al grupo parlamentario y al gabinete. La marcha de la UE será quizá la marca de su tiempo de Gobierno, una obra incompleta y aún conflictiva. Su papel en la guerra de Ucrania, elogiado en el Reino Unido, no le ha salvado.