Ramos colgó en sus redes sociales un autorretrato sacado ante un espejo. / AFP

Perfil

Retrato de un pistolero juvenil

Salvador Ramos sufrió en sus escasos 18 años un fracaso vital con una madre drogadicta, abusos escolares, cambios de residencia y refugio en la soledad

ANJE RIBERA

Salvador Ramos abandonó en la mañana del martes -última hora de la noche en España- el anonimato en el que se refugió durante toda su adolescencia. A sus escasos 18 años revertió esa situación y logró una repercusión mundial al convertirse en el autor de la segunda matanza más mortífera en Estados Unidos en los última década. Su fama la logró en la Escuela Elemental Robb, el colegio de educación primaria de la localidad texana de Uvalde, en el que curso estudios y sobre el que volcó el odio que acumuló durante años por los episodios negativos que vivió durante los primeros años de su etapa formativa.

Esperó a su mayoría de edad para adquirir la notoriedad que le fue negada durante sus años escolares. Lo hizo con las armas que se autorregaló -un rifle semiautomático, una pistola y un chaleco antibalas- el mismo día que alcanzó la mayoría de edad, el pasado 16 de mayo. Actuó como un tirador solitario, como lo era también él, un joven sin apenas amistades que encontraba refugio en las plataformas digitales.

«Era calladito. Y dicen que le gustaba jugar a esos videojuegos de tiros», contaba tras el crimen Eric, vestido con una camiseta, gorra de camuflaje y una pistola en la cintura. Su hijo mayor estudió en el mismo instituto que Ramos. Otras fuentes de Uvalde lo presentan como un joven con perfil complicado, que sufrió acoso escolar por su tartamudez y porque su familia era pobre.

Con cabello castaño que llegaba hasta los hombros, un rostro pálido y apenas expresión, Ramos era dueño de una mirada huidiza, de las que tratan de eludir la realidad y centrar el enfoque en su propio interior. Un excompañero de clase, con el que aún seguía quedando de vez en cuando para jugar a la Xbox, contaba este miércoles a la cadena de televisión CNN que en la mente del protagonista de la masacre permanecía esculpido el bullying -en muchas ocasiones violento- que padeció en la escuela, cuando otros niños se burlaban de él por la ropa que vestía.

Estas mofas llevaron a Ramos a dejar de asistir a las clases. «Él no quería acudir y, simplemente, lo fue dejando poco a poco. Rara vez venía», añadió la fuente. Después de la graduación sus compañeros perdieron poco a poco el contacto con él, que se limitaba a quedar de vez en cuando para jugar a la consola, su gran pasión.

Algunos de ellos tuvieron noticas del asesino múltiple cuatro días antes del ataque, aunque no supieron interpretarlas. Recibieron un mensaje en el que les enseñaba un arma y una bolsa llena de municiones. A la pregunta de para qué tenía ese arsenal, Ramos contestó que no se preocuparan: «Me veo muy diferente ahora, no me reconoceríais», se describía.

«Un buen chico»

Sus vecinos lo catalogan como un buen chico, tranquilo, en exceso en opinión de algunos. Todos coinciden en su carácter extraño, aficionado a autolesionarse. Volcaba su ira contra sí mismo. Según Santos Valdez, de su barrio, recientemente le había visto en un parque con el rostro llena de cortes. Primero le dijo que había sido un gato, después le contó que él mismo se había cortado con cuchillos.

Durante las mismas fechas había desarrollado comportamien- tos agresivos, como los que pudo observar a sus padres en su niñez. Si sus relaciones con amigos masculinos eran complicadas, con las chicas eran inexistentes o solo circunscritas a mensajes en sus redes sociales -ahora cerradas-, demasiadas veces inapropiados. A una de ellas la etiquetó junto a las armas con las que cometió el crimen. Lo hizo sobre las 5.43 horas de la madrugada del día de la matanza. Cuando ella le mostró su desagrado y le cuestionó por el significado de aquella imagen, respondió que tenía «un pequeño secreto» que quería contarle. «Estoy a punto. Te lo diré antes de las 11», añadió. No especificó nada más. Se limitó a decir que salía a «airearse».

Su casa era el segundo infierno de este muchacho de origen latino. Los problemas con la droga de su madre le llevaron a vivir con su abuela, que la rescató de las malas influencias del hogar en el que nació, en Dakota del Norte. Dicen que era ella la que realmente le crió en Uvalde, una población con una población compuesta en su mayoría (78%) de ciudadanos de ascendencia latina, como su familia. Con ello dejó atrás supuestos problemas de racismo en la blanca Dakota. Pero en Texas tampoco llegó a ser feliz con su abuela, aunque ella convirtió la educación del nieto en su única prioridad. Eso no evitó que la anciana fuera su primera víctima. La disparó antes de acudir a la escuela primaria. Sobrevivió pero anoche su estado de salud era crítico.

Salvador Ramos trabajaba en el turno de día en un Wendy's (franquicia de comida rápida) local. Cinco días a la semana, en un turno de 11.00 horas hasta las 16.00 o 17.000 horas. El gerente del restaurante. Adrian Mendes, confirmó el carácter solitario del autor de la masacre. «Aunque se le veía un tipo tranquilo, que no habla mucho, huía del contacto de otros empleados. Realmente no socializaba», manifestó. «Simplemente hacía su labor y cobraba su cheque», relató.