Un oplicía a las puertas del colegio. / efe | Vídeo: EP

El asesino de Texas se atrincheró en un aula con los 19 niños que mató a sangre fría

Salvador Ramos anunció en las redes sus intenciones antes de la matanza en la escuela de Uvalde, que deja también dos adultos fallecidos

MERCEDES GALLEGO Enviada especial. Uvalde (Texas)

Si lo que Salvador Ramos buscaba en su carrera al infierno era captar la atención, lo consiguió. Medio país escrutaba este miércoles su foto en busca de algún indicio que permitiera entender la carnicería sin sentido que perpetró el martes en el colegio de primaria Robb, en Uvalde (Texas), pero se encontraron con lo mismo que cuantos le conocieron: un adolescente introvertido y antisocial, con problemas de habla, a menudo ridiculizado y siempre refugiado en los videojuegos.

La semana pasada cumplió los 18 años, lo que le permitió adquirir legalmente los dos rifles, siete cargadores de alta capacidad y 375 rondas de munición que no tardó en usar. La mayoría de los 19 niños que mató el martes estaban en la misma clase de cuarto grado, un aula en la que se parapetó durante 45 minutos. Sus víctimas infantiles tenían entre ocho y diez años, como Xavier López, uno de los primeros en ser identificados. Le gustaba jugar al fútbol y comer hamburguesas. Su madre había estado con él esa mañana en el colegio para la ceremonia de fin de curso, sin imaginar que sería la última vez que le viera.

Su prima, Annabel Guadalupe Rodríguez, también abatida a tiros, estaba en la misma clase. Su familia había sufrido varias pérdidas por el Covid-19, «y ahora que la cosa empezaba a pasar viene esto», suspiró su padre consternado. La maestra Eva Mireles murió abrazada a sus alumnos tratando de protegerlos. «Eres una heroína, mamá, pero esto no parece real», le lloró su hija en una carta que este miércoles hizo pública. «Sólo quiero escuchar tu voz cuando me despiertes por la mañana, molestarte mientras duermes la siesta y pelearnos por cualquier tontería para luego reírnos juntas de ello. Lo quiero todo. Te quiero de vuelta».

El joven que se la había robado para siempre había empezado por su propia abuela, de 66 años, que le acogía cada vez que discutía con su madre, lo cual al parecer ocurría a menudo. Sus amigos escuchaban a la mujer gritarle por detrás mientras competían con él en los videojuegos. Le sermoneaba por no ir a la escuela, por pasarse la vida frente a la consola, por no hacer nada de provecho. Quizá por eso se le había visto trabajando en un establecimiento de la hamburguesería Wendy, donde, según el dueño, no era como los demás. «Mi gente habla, se ríe, gasta bromas, ¿entiendes? Él no, siempre estaba en lo suyo», recuerda.

Últimamente pasaba casi todo el tiempo con su abuela, contaron sus amigos, con la que la relación tampoco debía ser muy buena, a juzgar por el resultado. El martes a las 11.30 de la mañana los vecinos oyeron disparos y, al asomarse a la calle, lo vieron salir a toda prisa, de un acelerón en una camioneta 'pick up' repartiendo tiros. La mujer quedó moribunda, al menos con un impacto de bala en el rostro, pero aún pudo llamar a la Policía y fue trasladada a un hospital donde se encuentra en estado crítico.

La mujer, con un disparo en la cara, buscó ayuda en los vecinos de enfrente, que llamaron a la Policía propiciando una rápida respuesta para impedir una masacre aún peor. Según Beto Gallegos, que fue quien la socorrió, necesitará de varias operaciones pero sobrevivirá. Su nieto, mientras, huía de la casa en la furgoneta ranchera de su abuela, que estrelló en un dique al llegar al colegio. «No sabía conducir, no sé cómo acertó a mover la palanca», explicó el hombre de 82 años que presenció la escena.

A dos manzanas, junto a la escuela, Maria Zavala oyó el estruendo del vehículo impactarse contra el dique de cemento, pero lo que nunca olvidará son los disparos que estremecieron al barrio y la perseguirán toda su vida. «Se oía tan feo», suspira.

Su nieto deletreó sus intenciones en tres mensajes privados que envió a través de Facebook minutos antes de desatar el infierno, según reveló este miércoles el gobernador de Texas, Greg Abbott. Y, de hecho, a posteriori aparecieron borradas dos cuentas aparentemente asociadas a él donde había colgado su retrato y fotos de las armas y los cargadores. Tenía claro a dónde iba, como si lo hubiera pensado: un colegio de primaria cercano al instituto en el que estaba matriculado, por el que cada vez se le veía menos.

LOS HECHOS:

  • En casa. Sobre las 11.30 horas, los vecinos escuchan disparos y ven a Salvador Ramos huir en su 'pick up' a toda velocidad tras haber herido mortalmente a su abuela.

  • La hora fatal. Entre cinco y diez minutos más tarde, el asesino llega a la escuela Robb. En su marcha atraviesa una valla, cae en una zanja y su coche queda dañado. Dos testigos acuden en su ayuda, pero les recibe a tiros. El joven entra en el centro escolar.

  • En clase. Ramos se atrinchera en un aula de cuarto grado. Dispara sin contenerse contra los alumnos y forma una barricada para defenderse de la Policía.

  • 45 minutos. Es el lapso infernal en el que transcurre toda la masacre. El asaltante ha asesinado a 19 niños y dos adultos. Los agentes le abaten.

  • Cuenta. Se descubre que el joven había dejado entrever sus intenciones en las redes sociales unos quince minutos antes de empuñar el fusil de asalto.

Era el penúltimo día del curso escolar, pero nadie imaginaba que también sería el último de sus vidas. Alfred Garza supo por su esposa a la hora del almuerzo que no había podido recoger a la niña del colegio. Había habido un tiroteo y las puertas estaban selladas, le dijo. Se fue corriendo para allá y se pasó todo el día sentado en la acera, esperando para recoger a Amerie Joe, una niña «vivaracha» de diez años que «hablaba con todo el mundo» y «siempre estaba gastando bromas», contó al 'New York Times' y 'NPR'.

«Al principio decían que había habido disparos pero que nadie había resultado herido. Luego, que había heridos». Y poco a poco el ambiente se hizo más lúgubre y tenso, con augurios más negros. Con todo, cuando hicieron pasar a su familia a una habitación del centro cívico para decirles que su pequeña estaba entre las víctimas, él no podía creérselo.

Ramos había llegado repartiendo muerte a diestra y siniestra. Encalló la camioneta en una zanja y cuando los trabajadores de una funeraria cercana acudieron a ayudarle, les respondió a tiros. Luego se bajó y entró calmadamente a la escuela. En una mano llevaba uno de los fusiles que había comprado, el AR-15, un viejo conocido del FBI. Utilizado por bastantes ejércitos y fuerzas de seguridad, se estrenó en combate en la guerra de Vietnam y en la actualidad es tristemente famoso por ser el favorito de los tiradores solitarios de Estados Unidos. Para cuando Ramos entró en el aula donde se parapetaría, la Policía ya le pisaba los talones y había acordonado el edificio.

Era la hora del almuerzo, algunos niños comían en la cafetería cuando las balas rompieron los cristales. Los empleados apagaron las luces, cerraron la puerta y ordenaron sigilo. Los gritos retumbaban en los pasillos. Algunos habían tratado de saltar por las ventanas; otros, esconderse en los armarios. Los nietos de la reverenda Marcela Cabralez, de 9 años, se escondieron en los servicios y salieron con vida.

La angustiosa espera

No se sabe aún qué ocurrió dentro del aula maldita porque nadie salió con vida. La Policía abatió al adolescente, que calificó de «diabólico», para asegurarse de que la carnicería no subía de grado. Fuera salían despavoridos niños sangrando, algunos desmayados y otros con ataque de epilepsia. Refugiados en la funeraria Hillcress Memorial, que este miércoles ofreció gratis sus servicios a las familias de las víctimas en señal de respeto, Cabralez intentaba reconfortarlos. Para quien no tenía consuelo era para aquellos que no veían salir a sus hijos por ninguna parte. Ponían sus fotos en las redes sociales, les buscaban en el hospital, nadie les decía nada, tendrían que estar en alguna parte. Y, al final, en el centro cívico, después de pedirles fotos y todo tipo de señas, les informaron de lo que nadie quería escuchar.

Víctimas del ataque en el colegio de primaria Robb de Uvalde (Texas).

Ni siquiera les han entregado sus cadáveres. El colegio Robb es una gran escena del crimen en un pueblo pequeñito y rural de 16.000 habitantes, donde casi el 80% es de origen hispano y todo el mundo se conoce. Gente amable y campechana, dicen los texanos, trabajadores duros que buscaban una vida mejor para sus hijos y que este miércoles se levantaron sin ellos. ¿Por qué? ¿Para qué? Eso se pregunta todo el país, enfrentado una vez a la tarea de dar sentido a esas muertes, poniéndole freno a la carnicería de las armas. «En el nombre de Dios, ¿cuándo seremos capaces de enfrentarnos a los lobbies armamentísticos?», se quejó frustrado el presidente Joe Biden. Esa es la pregunta. Vuelve a ser la hora de la verdad.