La UD y Mel se quedan en cueros

15/04/2019

La humillación sufrida ante el Cádiz pone en peligro la permanencia en la categoría y retrata, otra vez, las miserias de un equipo muerto, sin recursos futbolísticos ni nervio competitivo y con una fragilidad mayúscula que consume toda su credibilidad. El futuro del técnico en el club es insostenible con los números en la mano.

Ya no hay adjetivos para esta UD, instalada en la calamidad y que, semana a semana, se empeña en ahondar en sus miserias. No es noticia que pierda, que lo hace con una frecuencia sangrante, tampoco que vacíe su estadio, estampa habitual en el Gran Canaria, y ni mucho menos que destiña el amarillo de la camiseta con actuaciones que rozan la infamia. La novedad viene por el cambio de escenario que ahora se impone, con el descenso a siete puntos y una sensación de vértigo generalizada que llega hasta el alma. Dudar de la permanencia de Las Palmas alimenta los debates y, hay que decirlo, con todas las de la ley. Porque el equipo, en cueros, como el propio Pepe Mel, indefendible su continuidad para el proyecto venidero con los números en la mano, está en una fase de descomposición indescifrable y que amenaza con reventarle hasta la supervivencia. Da la impresión de que hay pocos peores que Las Palmas, cuya fachada es espantosa. Hasta en la manera de correr de los jugadores se percibe un aire funesto, esa sensación de fatalidad imposible de acotar y que alimenta presagios inimaginables. Porque si dimitir de la pelea por subir con tres meses de antelación al cierre del calendario equivalía a oprobio del bueno, hacer cálculos para no bajar es, directamente, un canto al disparate. Claro que un vistazo a la tabla clasificatoria justifica la alarma roja y siendo la tendencia del equipo la que es, cualquier precaución es poca.

Así luce esta UD de la que huyen y reniegan sus aficionados. Un chollo para los adversarios y una tortura para su gente. Ni rastro de fútbol, qué decir del orgullo, en varios de sus futbolistas extraviado. La mezcla de malos resultados, actuaciones negligentes y el hartazgo ambiental trae lo que trae: un proyecto ruinoso y que demanda una limpieza con desinfectante. Muchos de los que están no merecen seguir y resulta urgente extirpar males y vicios que han hundido a la UD hasta extremos que nadie podía intuir.

Todo el daño colateral se lleva por delante a Pepe Mel, que llegó a comienzos de marzo como un mesías y en unas semanas ha consumido por completo su crédito. No es culpable de los males heredados, muchos y diversos, sí, pero tiene su cuota de responsabilidad en un derrumbe clamoroso y que mete en la rifa la plaza en la categoría. Decisiones, entre otras, como las de prescindir sistemáticamente de Rafa Mir, al que ni hacer goles le da carrete para ser titular, señalar públicamente a jugadores, léase Maikel Mesa, o tirar de un canterano, Toni Robaina, para tratar de tapar de vergüenzas en tiempos de tempestades le ponen en la diana. Hace unas semanas habló de juego «de psiquiátrico» por parte de sus hombres, que tampoco ayuda. Y anoche lanzó que está dispuesto a apartar al que no sienta los colores. Todo muy populista. Mel ya no habla del campeonato de catorce de jornadas al que se agarró en un principio, también elude disquisiciones sobre su ideario táctico, traicionado porque aquello de hacerlo con dos delanteros quedó como demagogia barata, y no se le ve incómodo en mitad del fuego, sin milagros posibles y abocado a un final de temporada de lija y emergencia. Mel no ha funcionado, como tampoco lo hicieron sus dos predecesores en el banquillo, y sus posibilidades de hacer carrera aquí, más allá de junio, quedan en cenizas a la luz de sus resultados. Cuarenta días después de su llegada, la UD ha involucionado en todo. Sigue perdiendo, se arrastra por los campos y proyecta unas señales inequívocas. Algo tendrá que ver en esta gestión tan negligente porque su impacto, tan perseguido, se pierde en la indiferencia.

Llegaba el Cádiz y la UD que pretendía agarrarse con todas las uñas a las matemáticas saltó al campo con todos los temores posibles. Un delantero, Rubén, y un puñado de gente por acumulación para escoltarle. Sin orden ni concierto, una disposición que no había por donde cogerla. Eso sí, todo pudo arrancar de cine si Rubén, al que le llovió un balón que se comió su marcador, hubiese logrado definir a puerta vacía y con todo a favor. La pelota dio en el poste y salió rebotada para fuera cuando podría haber ido para adentro. Ni así las cuela Rubén, para el que parece haber anochecido definitivamente. Con dos minutos transcurridos ya la había tenido la UD. Y, al instante, fue Fidel quien también sacó provecho de la ternura defensiva del Cádiz para plantarse en la frontal sin obstáculos y armar la zurda. Se le fue a Fidel cuando daba la impresión de que era más difícil chutar dentro que embocarla a la red. Dos fogonazos tempraneros que se quedaron ahí. Porque todo lo que vino después se ajustó a la mediocridad que desde hace tiempo marca la vida de Las Palmas, instalada en el fútbol primario, el del envío en largo a lo que salga, para ganar metros y evitarse problemas atrás. Fueron incontables los pelotazos desde Deivid, reprobado por la grada, Javi Castellano o Aythami. Nada salió en claro de este argumento, en contraste con un Cádiz más académico y que comenzó a carburar en cuanto Machís, llamado a ser el hombre del día, entró en acción. El venezolano es un lujo en la categoría y tardó lo justo en dejar su sello entre controles y golpes de cintura a una velocidad diferente a la del resto. Una de las suyas, con escorzo magistral, permitió a Jairo plantarse ante Raúl y obligarle a un paradón a latigazo cruzado. Antes Machís ya había buscado con un remate desviado.

Fueron pocas las llegadas a las áreas, pero al Cádiz se le veía suelto y dispuesto, masticando el golpe y cerciorándose de que lo que tenía delante no iba a sostenerse en pie.

Tras el intermedio, con Toni Robaina sobre el césped para intentar agitar el orden establecido, muchas ganas y poco acierto, nada cambió. Timor, con dos trallazos desde la frontal, fue el único argumento ofensivo, anulado Rubén y con el reto de la tropa extraviada. Lo poco bueno que le quedaba en el campo a la UD, el portero Raúl, acabó en la caseta por un choque fortuito que le obligó a la sustitución.

Entonces, se desató un terremoto, con Machís a los mandos, que devoró a la UD. Tres goles en diez minutos, tres puñaladas al corazón en acciones fulminantes y que descosieron por completo cualquier esperanza. Puede que fuese un castigo excesivo, pero se veía venir y a nadie cogió de sorpresa un nuevo sainete en casa. Los que quedaban en las gradas vivieron en carne propia una humillación de la que no se salva nadie y que, quizás, marca una frontera en lo que había y lo que debe de venir.

La UD 2018-19 hecha trizas, una hinchada en deserción, futbolistas devaluados y un nuevo director deportivo, Rocco Maiorino, que debe asistir horrorizado a la decoración con la que debe lidiar.

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