Fútbol / UD Las Palmas

Con ustedes, la UD de Paco Jémez

12/03/2018

Una UD que es un descalzaperros, en paradero desconocido, directa al fracaso, nula de norte a sur, entregada, invisible. Y a los mandos, un entrenador superado, que se dedica a retar y desacreditar a quien no le hace reverencias, que se cree por encima del bien y del mal y cuya labor, para lo que vino en plan salvador de la patria, no puede resultar más lastimosa. Paco Jémez, para más señas.

Jémez no le ha empatado a nadie y algún día habrá que descifrar qué motivos y carambolas le trajeron de regreso a una UD en la que antes ya había fracasado por todo lo alto. El caso es que le volvieron a dar bola, aterrizó pregonando soluciones y, dos meses y medio después, la UD sigue enterrada y con una pinta nefasta. En nada se ha notado su teoría y práctica a la vista de los acontecimientos. Y Jémez, siempre a las bravas, habla de calculadoras, realidades, información y desinformación, se otorga derechos universales, como el de elegir quien ayuda al club y quien no lo hace, por supuesto desde su óptica, y distrae atenciones. Porque luego llega el meollo, la competición, los partidos, y su equipo da vergüenza, le pone colorada la cara a sus seguidores, causa dolor a la vista y manda un mensaje devastador. Ayer, sin ir más lejos, la rendición ante el Villarreal no tiene un pase. Con independencia de la categoría del adversario, que la tiene y no se niega, se dieron circunstancias sangrantes. Futbolistas al trote, miedos en cada disputa, caos generalizado, errores de primaria, ausencia absoluta de un plan, persistencia en decisiones equivocadas, un despropósito tremebundo. Señaladísimos los jugadores, entre los que se salvan dos o tres, mirar a la banda añade motivos para inflamarse. Paco Jémez apostó de inicio por dos delanteros en decisión populista, sabiendo que Erik merecía jugar, y el ataque de entrenador le duró medio partido, cuando optó por incluir en el campo centradores, léase Momo o Benito, y se cargó, en una contradicción colosal, al propio Erik, que si tiene algo es remate y presencia para embocar roscas. Total, la UD tuvo dos referencias arriba que ni olió mientras las mantuvo y, en la segunda mitad, Calleri volvió a su realidad, la de vivir rodeado de defensas, pelear por balones utópicos y estar condenado por anticipado siempre.

¿El resto? Desaparecidos Vicente, Tana y Etebo, Chichizola o Gálvez colgando balones por si tocaba la lotería. He ahí el plan, en eso se resume el caudal de recursos de una UD indefendible.

Más allá de algunos picos aislados (ratitos antes el Valencia, Málaga o Barcelona) no hay por donde agarrarse a la esperanza. Pasan las jornadas y Las Palmas se adentra más en la ciénaga. Se fue Viera, vinieron fichajes invernales como Emenike, Bigas no volverá hasta el verano, ya hasta gana el Levante... Nadie compra en este sembrado de miserias. Desde la directiva hasta el utillero, pasando por los jugadores, incluyendo, y con mayúsculas, al entrenador, prolijo en titulares cada vez que le ponen un micrófono delante pero que entrenar, entrena poco o lo hace rematadamente mal. La realidad, por mucho cuento que le ponga, es la que es.

Era un día para no fallar, una llamada a los valientes, a los que tienen en escudo pegado al corazón. Sí, esta semántica no va con Jémez, más defensor de mercenarios y palabras malsonantes, pero el socio demanda apegos y eso merece respeto y consideraciones. El problema vino con la respuesta que se dio en el césped. Todos los buenos propósitos, todas las promesas, fueron una mentira. Se sabían las armas de un Villarreal muy capacitado, capaz esta campaña, sin ir más lejos, de conquistar el Bernabéu. La faena requería, a partes iguales, músculo, osadía e intensidad. Pero ni advertidos arrancaron los dueños de la casa, siempre muchos cuerpos por debajo de lo requerido. De la precipitación inicial, que encendió a la grada, se pasó, en cuestión de nada, a un encadenamiento colectivo, grilletes en los tobillos, parálisis y vértigo. Excelente caldo de cultivo para las diabluras de un Villarreal que pronto, demasiado pronto, vio que todo sería cuestión de paciencia. Y se puso a tejer su trampa. Combinaciones interminables, siempre pasando por un Trigueros que es una delicia, blindó su área de males, aunque a Asenjo, todo hay que decirlo, le tocó sacar una gran mano a latigazo de Calleri. Fue la única intentona, además de un zurdazo de Halilovic, que se dio en el área visitante. Todo lo demás vino en el otro extremo, con galopadas masivas de camisetas rojas, laminando la defensa que sostenían, a duras penas, Gálvez y Ximo, enormes pese a que no se bastaron para achicar tanto asedio.

El partido derivó en frontón. La UD alcanzó para avisar, puro maquillaje en medio de un recital de contras y acometidas que, entre Chichizola y la buena suerte no tuvieron finalización en la red. Raba, Baca, Soriano... De todos los colores y en máximas ventajas para descerrajar. Así se llegó al descanso, sin daños, una proeza, un golpe brutal de suerte, lo que quieran.

Pero se veía venir. Estaba al caer. Y Jémez, con cambios estrambóticos, agitó el equipo para peor. Momo y Benito podían darle velocidad y oxígeno al equipo, pero no estaban los problemas en las bandas. Y menos en Erik, a quien señaló dejándolo en la caseta. Era Erik uno de los pocos futbolistas con cuerpo y aptitud para fijar centrales, liberar a Calleri, proporcionar remate. No. Se quedó en la ducha y la UD acentuó su embudo. Jugadores acumulados sin sentido en la zona ancha y sin capacidad para cuestionarle el mando a un Villarreal que no bajó el pistón y terminó como todos temían.

Baca, tras una espectacular carrera en la que retrató a Aguirregaray, clavó el balón en la escuadra, imposible para Chichizola, que ya se había justificado las habichuelas. Tras esta vinieron hasta dos contragopes de similar nitidez en los que el exceso y la retórica, las ganas de adornarse, indultaron a Las Palmas. Increíblemente, no cerró el partido el que merecía llevárselo de largo. El 0-1 alimentaba la incertidumbre, inaudito con la que estaba cayendo.

Pero ya sobre la hora, con la gente en retirada masiva, sin esperar más, maldiciones en la boca e impotencia perceptible, Gálvez cometió un claro penalti que, como daño colateral, le valió una cartulina roja de libro. Se retiró entre aplausos el bravo central, cuya baja para Riazor se lamentará. Fue, créanlo, el único momento feliz del día. Luego, el 0-2 y retirada en funeral.