Nadal llora de alegría tras conquistar el Abierto de Australia. / Paul Crock (Afp)

De sopesar la retirada a encumbrarse como el mejor

Nadal termina con cinco meses de sufrimiento y dudas consiguiendo uno de los títulos más importantes de su vida

ENRIC GARDINER MADRID

El escafoides del pie tuvo a Rafa Nadal contra las cuerdas. Después de perder en las semifinales de Roland Garros contra Novak Djokovic en junio de 2021, el balear decidió poner en pausa la temporada. Eliminó Wimbledon de su calendario y, muy a su pesar, descartó ir a unos Juegos Olímpicos de Tokio que se disputarían con restricciones y sin público. Estuvo cerca de dos meses sin competir hasta que amagó con volver en Washington en agosto. Apenas jugó dos partidos y bajó el telón de nuevo. No podía competir.

La lesión que arrastraba en el pie se complicó y su calendario de baja empezó a añadir días. Uno a uno los torneos que tenían programados se fueron. Ni US Open, ni Finales ATP, ni Copa Davis. Nadal apenas se dejaba ver en muletas mientras Djokovic almorzaba récords y acumulaba títulos en el fondo de su armario. La carrera por ser el mejor de la historia estaba sentenciada. Roger Federer ya llevaba tiempo viendo los toros desde la barrera y ahora era Nadal el que no tenía fecha de retorno exacta.

A principios de diciembre anunció su regreso. En una exhibición en Abu Dabi a mitad de mes. Grandes nombres, poca presión. El contexto adecuado para fijar su ritmo a menos de un mes del Abierto de Australia, un torneo que se presentaba en el horizonte, pero al que Nadal no aseguraba su presencia. Quedaba aún un camino largo. Ni se imaginaba lo que ocurriría después.

En Abu Dabi su juego no fue bien y perdió contra Andy Murray y Denis Shapovalov. Se le notaba oxidadado aún, con los dejes de una persona que lleva cuatro meses sin competir en una pista de tenis. En esas condiciones no se vio para jugar la ATP Cup y cedió el testigo a sus compañeros. Había que trabajar. Y con esa mentalidad volvió a España, a Manacor. Sin embargo, antes de abandonar Abu Dabi se encontraba mal. «Será una gripe o un constipado», dijo el balear. Pero no, se contagió de covid, como muchos de los jugadores del torneo, y pasó varios días fuera de combate. El coronavirus atacó fuerte a Nadal, que necesitó varios días para poder salir de la cama y varios más para volver lentamente a los entrenamientos. Su recuperación sufrió un golpe brutal.

Milagroso

No reapareció hasta final de año, cuando se fotografió en la Rod Laver Arena. Dejada atrás la covid y cruzadas las fronteras australianas, algo que resultó más difícil de lo imaginado en jornadas posteriores, Nadal dirigió su preparación a estar listo para el ATP 250 de Melbourne, un torneo de calentamiento en las mismas pistas en las que se disputaría luego el Abierto. El cuadro no fue ninguna maravilla, pero sirvió para afinar. Rivales de no mucho nombre, pero que pusieron a punto la raqueta del manacorense, que compitió de forma oficial por primera vez en cinco meses.

Nadal se quitó el óxido y arrancó hace dos semanas lo importante de verdad, con el impulso que supuso a sus opciones entender que Djokovic, el nueve veces ganador del torneo, no estaría en la terna. Pasó las dos primeras rondas sin ceder un set, eliminó a Karen Khachanov sin problemas, sobrevivió al 'tie break' más largo de su vida ante Adrian Mannarino, pasó los problemas estomacales y el susto de Denis Shapovalov y amenazó con su victoria ante Matteo Berrettini en semifinales.

«No sabía si iba a poder volver. Para mí es un milagro estar aquí», repitió y repitió el balear durante todo el torneo. Insistió de nuevo al plantarse en la final. Era un regalo. Y no lo desaprovechó. Victoria, quizás la más épica e inenarrable de su carrera, y título 21. El más inesperado, porque llegó después de que coqueteara con la retirada. Porque una vez más, cuando parecía que no sería posible, Nadal demostró que, en su raqueta, lo imposible es solo un decir.