Nadal sostiene el trofeo que le acredita como campeón del Abierto de Australia 2022. / Brandon Malone (Afp)

Una estatua para Nadal

En un país donde ponemos y quitamos nombres de calles en función de la ideología que profesa cada cual, el tenista balear es de las pocas figuras que despierta un absoluto consenso

Alberto del Campo Tejedor
ALBERTO DEL CAMPO TEJEDOR Catedrático de Antropología Social en la Universidad Pablo de Olavide

Augusto, el primer emperador de la antigua Roma, mandó colocar en el Foro estatuas y bustos de los hombres que habían forjado el imperio. Allí estaba la representación de Marco Valerio Máximo, una auténtica leyenda. Elegido cónsul hasta en seis ocasiones, 'Corvo' (el Cuervo) —tal era su apodo— no solo había comandado su legión en arriesgadas batallas, sino que él mismo habría luchado cara a cara, predicando con el ejemplo. El historiador Tito Livio reconoce que no hubo nadie más cercano a la tropa. Aunque era patricio, no se le caían los anillos para las tareas más infames, esas de las que solo se ocupaba el soldado raso. Además, su valor no tenía límites: se contaba que había tumbado a un gigantesco guerrero galo al que nadie osaba enfrentarse. Así que pasó a la historia como ejemplo de valor, humildad y sacrificio. Tres siglos y medio después de sus gestas, Augusto le honraba con una estatua y los romanos le siguieron ensalzando durante siglos.

La épica antigua se trenzaba con la historia de militares singularmente virtuosos. Hoy no nos inspiran las hazañas de los que conquistan territorios, sino las de los que conquistan títulos como el Open de Australia ante el número dos del mundo. Ningún joven tiene en su cuarto un póster de un general de la armada o de un audaz marine dispuesto a dejarse la vida por el soldado Ryan. Rambo ha muerto. Ni la guerra, ni el imperialismo, gozan de prestigio. En su lugar, el deporte proporciona nuestros héroes contemporáneos. Lo extraordinario, lo increíble, la epopeya es patrimonio de los deportistas.

Nadal concita el unánime aplauso. La madre que sufre la displicencia del hijo adolescente, alaba el respeto con que el mallorquín siempre se refiere a su familia. El padre que abronca a su hijo, por pencar cinco asignaturas y no dar golpe, ensalza la constancia y el trabajo abnegado. El joven se siente inspirado por un atleta con un bíceps descomunal, aun cuando ya no pueda lucir la melena al aire. Los que peinan canas retoman la bicicleta, el pádel o las pachangas futboleras con los veteranos, cuando ven que Nadal es capaz de doblegar a un tenista diez años menor que él. El público le adora. En Indian Wells, Roland Garros o el Abierto de Australia.

En cuanto a nosotros, en un país donde ponemos y quitamos nombres de calles en función de la ideología que profesa cada cual, Rafa Nadal es de las pocas figuras que despierta un absoluto consenso. Su fiabilidad sirve a la empresa para publicitar un coche o un banco. Su modestia sobrecoge a quien se encuentra altivo en la cúspide, sea deportista o influencer. Al obrero le inspira más credibilidad el «sí se puede» de Nadal que el de cualquier proyecto político. Los agitadores mediáticos que se ganan la vida inventándose cualquier polémica no tienen más remedio que considerar que la actitud respetuosa y sosegada también genera seguidores. ¿A qué inventar algún personaje grandioso —se pregunta el cineasta o el escritor— cuando a veces la realidad supera a la ficción? En cuanto a los profesores, Nadal me permite en mi próxima clase ahorrarme las razones por las que el Aquiles de Homero ha despertado tanto entusiasmo a lo largo de los siglos.

Algunas de las celebridades que eligió Augusto para su particular escuela de ejemplos al aire libre levantaron suspicacias. Se decía que los partidarios de tal o cual linaje habían exagerado siempre los méritos de su ascendiente o aquel procónsul había provocado una guerra solo para acumular gloria y riqueza, cuando podría haberse limitado a afianzar la paz. Creo que, si mañana cada ayuntamiento decidiera rebautizar la insípida Calle Mayor que hay en toda ciudad por Avenida de Nadal, y ordenara instalar un busto del tenista, no habría español de buena fe que se negara.

Los romanos honraban a sus héroes. Frente a las sociedades que se construyen sobre los cimientos del pasado, la modernidad trajo consigo la fe en el futuro, la necesidad de novedades y la obsolescencia de sus ídolos, de la misma manera que unos nuevos objetos de consumo sustituyen a los anteriores. Hoy encumbramos a Nadal. Mañana hablaremos de otra cosa. Pero yo voto por la estatua.