Pagar a plazos la compra del súper, la ropa... ¿Compensa?

El comercio 'online' moderniza los pagos fraccionados para animarnos a gastar más

IRATXE BERNAL

En realidad, se trata de un viejo reclamo y una aún más vieja opción para adquirir algo que se nos sale del presupuesto, pero el 'compre ahora y pague después' vive hoy un momento de esplendor gracias a la popularización en el comercio 'online' de las plataformas o aplicaciones BNPL, acrónimo de la versión inglesa del eslogan. De su mano, ofrecer financiación sin costes a los clientes ha dejado de ser algo exclusivo de las grandes marcas para llegar también a los minoristas y a prácticamente todo tipo de productos y servicios.

Pequeñas compras

A diferencia de la tradicional financiación en el punto de venta, donde el pago fraccionado era un recurso reservado para compras que implicaban un gran desembolso –como el vehículo o los electrodomésticos–, ahora es una opción válida para llenar la nevera. ¿A que su banco es de los que ya se ha subido al carro y sugiere esa opción al hacer 'online' el pedido del súper? No en vano, en la nevera está una de las claves del éxito vivido por las BNLP desde la pandemia y apuntalado ahora por la escalada de la inflación: la renta disponible de las familias ha mermado y muchas logran a través de ellas un cierto respiro en gastos recurrentes que antes ni se planteaban financiar.

Otra diferencia con la fórmula convencional es que el establecimiento recibe el pago completo en el momento que se cierra la compra. Aquí, quien asume el riesgo de que se produzca un impago es la plataforma y lo hace cobrando una comisión.

El peligroso «ya que estamos...»

¿Y por qué le sale a cuenta al comercio pagar esta comisión de entre un 3% y un 5% de cada venta? Sencillo. Resulta que si podemos 'trocear' o posponer el desembolso compramos más y más impulsivamente. Una vez que nos hemos dejado seducir por la idea de que la compra tenga un menor impacto inicial sobre nuestro bolsillo, tendemos a dejar de lado el presupuesto. Ya sea escogiendo un artículo de una gama superior a lo inicialmente previsto –en el caso de productos electrónicos por ejemplo– o llenando más el carrito, como ocurre en el sector de la moda, uno de los que más público y más joven está atrayendo a esta forma de comprar. «Total, ya que estamos, por un poco más...». Un pensamiento que permite a las plataformas prometer a los comercios incrementos de, al menos, el 25% en el ticket medio.

Al riesgo de saltarnos nuestra propia previsión en esa compra puntual, hay que sumar otro peligro: que lo banalicemos, que no resistamos la tentación de concedernos otras excepciones. Si hacemos del pago fraccionado un recurso habitual podemos llegar a perder la noción del total de cobros de diversos establecimientos que tenemos que abonar. Es decir, aunque inicialmente las condiciones fueran de lo más ventajosas, podríamos acabar sobreendeudados y pagando comisiones por impago o entrando en una lista de morosos.

Las ventajosas condiciones

Para el comprador el principal gancho está en que, si cumple con los plazos, la financiación no tiene coste alguno. Y los plazos los pone él, pudiendo elegir entre posponer el pago completo unos días o fraccionarlo para afrontarlo en dos, tres o cuatro cuotas.

El otro gran atractivo está en la inmediatez con que se aprueban las operaciones. En segundos. Lo que para el cliente se traduce en una buena experiencia de compra y para el comercio, en una menor probabilidad de que nos arrepintamos y abandonemos el carrito. Evidentemente, esa celeridad se logra saltándose las comprobaciones sobre la capacidad de endeudamiento de los compradores que haría un banco tradicional al conceder un préstamo al consumo o una entidad especializada en créditos rápidos. La única forma de lograr financiación de una manera igualmente rápida sería pagar con una tarjeta de crédito ya en uso, pero las condiciones no resisten la comparación.

¿Y los inconvenientes?

El primero es que, al tratarse de una forma de financiación sin intereses, no entra en el ámbito de aplicación de la Ley de crédito al consumo. Esto quiere decir que la transparencia con que expongan las condiciones es la que decidan las propias BNLP. Así que podemos llevarnos un susto al ver que hemos aceptado recargos o intereses de demora por encima del 30% o comprobar que, en caso de que devolvamos el producto adquirido, la primera cuota –que se paga al hacer la compra– no regresa a casa tan rápida ni fácilmente como cabría esperar. Otro inconveniente, ya que también anima a gastar más, es que en ocasiones el fraccionamiento solo es posible cuando se alcanza una compra mínima o se contratan otros servicios o productos vinculados.

Una cosa más, si lo que queremos aplazar es el pago de algún servicio que se alargue en el tiempo, hay que analizar también la confianza que nos transmita la empresa proveedora. Piense en los trece años que los clientes de Opening tardaron en recuperar el dinero que las financieras les siguieron cobrando cuando la academia de inglés ya había cerrado o en el mal trago de los pacientes de iDental o Dentix que financiaron tratamientos dentales que se quedaron a medias.

Para los que no quieren endeudarse

Pese a que ya se han popularizado para compradores de todas las edades, en origen se crearon para los menores de 35, para que las facilidades permitieran a las marcas conectar –y enganchar– a un público que no es precisamente el que tiene mayor poder adquisitivo. De hecho, es una forma de permitirles ignorar ese 'hándicap'. Según un estudio de PayPal, el 70% de los 'millennials' –los nacidos entre 1981 y 1993– y los chavales de la generación Z –entre 1994 y 2010– usuarios BNLP afirma que aplazar los pagos le permite comprar mejores productos.

Así que, además de meterles en el mercado e incentivar su consumo, con su apariencia disruptiva las BNPL están ganándose a un colectivo al que, por haber crecido con las consecuencias de la crisis de 2008, se le presuponía pocas ganas de imitar a sus padres y vivir endeudado.