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«Ha sido duro y grato, todos los días los enfermos salían al pasillo a aplaudirnos»

«Ha sido duro y grato, todos los días los enfermos salían al pasillo a aplaudirnos»

El coronavirus ha situado en primera línea de fuego a los enfermeros y enfermeras del archipiélago. Cuatro de ellos relatan la intensidad con la que han vivido una crisis que les ha obligado a dar lo mejor de sí en el ámbito profesional y humano

Carmen Delia Aranda y /Las Palmas de Gran Canaria

Martes, 12 de mayo 2020, 14:51

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Parecen hechos de otra pasta. Han vencido el miedo a una enfermedad casi desconocida y han estado a pie de cama atendiendo a los pacientes de Covid-19 durante largas jornadas. El personal de enfermería que ha estado en primera línea de batalla confiesa que ha sido una experiencia profesional inédita y dura, pero muy gratificante.

Los equipos, las zonas y los métodos para tratar el Covid-19 surgieron de la nada. Enfermeros y enfermeras tuvieron que hacer una piña para sacar el trabajo adelante, motivarse a sí mismos y acopiar fuerzas para contagiar de positividad a unos pacientes aterrados y totalmente aislados de sus seres queridos.

«La planta 8 del Materno Infantil pasó de tener los cuartos vacíos a, de repente, contar con todo el material que íbamos necesitando. A medida que trabajábamos, se detectaban las necesidades y los supervisores las cubrían el mismo día. Todo el mundo estaba muy implicado. Tanto es así, que nadie tenía nunca prisa por irse», explica Laura Gordillo, que en marzo se sumó a la plantilla de la octava planta, destinada a acoger a los afectados por la enfermedad infecciosa. «Hemos trabajado con ganas. Teníamos un chat interno donde nos dábamos palabras de ánimo y apoyo para retroalimentarnos. No he percibido sensación de miedo. Todos saben a qué se dedican. Me ha llamado la atención», confiesa Gordillo sobre un trabajo que ha conllevado un gran desgaste emocional. «Llegas a casa con las caras de los pacientes, siempre los tienes presente. Al principio llegaron muchos extranjeros. La barrera idiomática fue un problema. No hablaban inglés. Fue duro ver sus caras de miedo, de no saber qué pasaba... Eso era devastador, luego todo fue mejorando, cada vez había más personal y más recursos», dice.

Magali Santana no vio las caras de sus pacientes de Covid-19, pero sí supo de su dolor, sus emociones y su frustración en las llamadas diarias que les hacía para comprobar su estado y resolver sus problemas cotidianos a través del teléfono: desde conseguir que les bajaran la basura o les hicieran la compra. La especialista en enfermeria familiar y comunitaria ha trabajado en el seguimiento telefónico a los enfermos en sus domicilios, una experiencia profesional que abarcaba desde valorar al paciente para ver si precisaba oxígeno a contactar con ONG y servicios sociales municipales para resolver los problemas ligados al aislamiento. También ha compartido momentos duros, como prestar apoyo a una enferma de coronavirus que no pudo despedirse de su marido, fallecido por el virus.

No obstante, a pesar de los malos tragos, todos dicen que la experiencia ha sido gratificante, que cada alta era motivo de alegría y que los pacientes también los han cuidado poniéndose la mascarilla cuando ellos se acercaban. «Desde el primer día, por las tardes los que estaban en mejores condiciones, abrían la puerta de sus habitaciones a las siete y nos aplaudían», relata emocionada Yecenia Medina, enfermera de la zona Covid-19 de la cuarta planta del hospital Doctor Negrín.

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