Actualmente los rastreadores de Gran Canaria operan desde Infecar. / COBER

Memorias de un rastreador: «La sexta ola nos llevó al límite»

Armando Rivero relata cómo, en dos años y medio, se ha pasado de intentar cortar la transmisión del virus a vigilar su avance en los vulnerables

Carmen Delia Aranda
CARMEN DELIA ARANDA Las Palmas de Gran Canaria

La vida de Armando Rivero, como la de casi todos los españoles, dio un giro inesperado en marzo de 2020 cuando estalló la pandemia.

En aquellos días, el enfermero dejó su puesto en el centro de salud de Agaete para dedicarse a seguir la huella del nuevo virus, una labor en la que sigue inmerso en calidad de rastreador y coordinador del equipo de rastreo de la Gerencia de Atención Primaria en Gran Canaria. Este trabajo le ha cambiado el modo de ver el mundo. «Hoy es un mal día para nosotros», decía Rivero el 4 de agosto.

El sanitario, ligado a Agaete, sabe lo que significa La Rama para los culetos y para la isla, pero teme que esta multitudinaria celebración se traduzca en un rebrote que impacte en los más vulnerables, el sector de población que acapara las horas de los 73 rastreadores que trabajan en el recinto de Infecar, en la capital grancanaria.

El equipo llegó a ser mucho mayor, con 150 rastreadores entre médicos, enfermeras, fisioterapeutas, militares, matronas, trabajadores sociales, documentalistas, administrativos o técnicos en cuidados de enfermería. « Siendo enfermero nunca pensé que iba a trabajar con militares o documentalistas. Veníamos de distintas categorías pero teníamos un único objetivo; identificar posibles positivos con el rastreo y aislarlos para romper la cadena de transmisión», explica Rivero.

Aquella misión ha cambiado radicalmente a partir de este año, cuando se dejó de aislar a los contactos estrechos y comenzó una paulatina flexibilización del seguimiento del virus.

« Todo ha cambiado para bien porque la epidemia ha evolucionado a mejor gracias al nivel de inmunización alcanzado con las vacunas y la propia infección. Antes el índice de mortalidad por covid era muy alto y ahora la tasa es muy baja. Eso nos permite realizar vida normal», dice Rivero.

Sin embargo, el cambio de estrategia ha sido difícil de asimilar para los rastreadores quienes, durante casi dos años, tuvieron que perseguir y denunciar a los positivos que se saltaban el aislamiento, mientras que ahora los infectados con síntomas leves pueden hacer vida normal, e incluso trabajar.

Falta de colaboración

«Los contactos estrechos tenían que aislarse, primero 14 días, y luego, diez días», recuerda Rivero sobre aquellos días en los que tuvieron que pedir la colaboración de los cuerpos policiales para obligar a ciertas personas a respetar el aislamiento.

« Se pusieron muchas denuncias en la Policía Canaria y en la Nacional. Hubo una persona que fue al examen del carnet de conducir siendo positivo. Se detectaron muchas cosas sancionables», recuerda el rastreador.

Pero, antes de llegar a ese punto, había que intentar disuadir a los infractores. «Teníamos la colaboración de la Unidad de Protección y Acompañamiento Local (UPAL) cuando necesitábamos identificar a positivos y explicarles las normas si no colaboraban», comenta Rivero.

Por suerte, aquellas situaciones ya no se dan. «Actualmente los positivos no vulnerables o ajenos a los ámbitos sociosanitarios pueden hacer vida normal extremando las precauciones. Antes había que aislar a los positivos y a los casos sospechosos», rememora sobre una tarea que, además de cortar la transmisión, consistía en ayudar a quienes tenían problemas para aislarse.

Aislamientos complicados

«Un equipo de trabajo social atendía a las personas mayores que no podían hacer la compra ni tirar la basura. También ayudamos a muchos canarios positivos que se habían quedado atrapados en otras comunidades y a los que se les acababa la reserva de los alojamientos. Hasta tener PCR negativa no podían viajar», relata.

Las arcas de Noé también evitaron contagios. Eran alojamientos para quienes no podían hacer un aislamiento seguro. « Encontramos casas pequeñas donde vivían 8 personas con dos infectados. Mandábamos a los positivos a las arcas», recuerda Rivero sobre estos recintos que acogieron a turistas positivos recién llegados a la isla a los que no se les permitía ir a un hotel. «Se quedaban en medio de la nada».

Los momentos más dolorosos los vivió al inicio de la pandemia, cuando era frecuente hacer el seguimiento de personas que no podían darle el último adiós a un familiar fallecido.

«Teníamos llamadas complicadas a aislados por contacto estrecho que tenían a un familiar en la UCI. No poder ver a tu familiar y no saber cómo evolucionará es duro», afirma.

Momentos de impotencia

Ahora los rastreadores identifican y realizan el seguimiento del virus en los entornos de personas mayores de 60 años, embarazadas y vulnerables. Al día cada rastreador hace unas 25 llamadas, pero llegaron a realizar 70. «En la sexta ola alcanzamos nuestro límite. Salían muchos casos y no dábamos abasto. Fue un momento de impotencia. No podíamos cortar la cadena».

Antes había que preguntar a cada positivo con quién había estado en las 48 horas previas al inicio de los síntomas, identificar y localizar a estas personas, citarlas para una prueba y aislarlas diez días. Ahora, se llama a los positivos vulnerables, se les indica las medidas de precaución, se les valora médicamente y se les señala qué síntomas tienen que vigilar y qué deben hacer si empeoran. A quienes tienen entre 60 y 79 años, se les gestiona una cita de seguimiento, mientras que son los rastreadores los que vigilan la evolución de los mayores de 80 años. «Ahora es más fácil», dice con alivio.