Asesinada en el momento más feliz de su vida

El Poder Judicial analiza los primeros 1.000 asesinatos machistas, uno cada semana desde 2003, pero ellas son también el recuerdo que pervive en quienes las querían

DOMÉNICO CHIAPPE /MADRDID

Guacimara Rodríguez era trabajadora social, con cursos en violencia de género, madre de dos niños, tres años separada de su pareja, a la que conoció a los 14 años y que la asesinó en 2013. Hoy ella es aquella mujer «siempre sonriente y bailando bachata y salsa», recuerda su hermana Luz Marina. «Como en las últimas navidades que pasamos juntas, que terminamos todos bailando la conga». Trabajaba con pacientes psiquiátricos ingresados, con los que «era muy tierna», siguiendo los pasos de su hermana mayor. «Ya no es lo mismo. Te quedas como cojo».

Los datos de Guacimara engrosan los dramáticos registros de las víctimas mortales de la violencia de género. Pero si sólo fuera eso, si se borraran los rasgos de su personalidad al hablar de ella, así como de las demás víctimas, vencería el asesino. «En los estudios era muy seria. Cuando hacíamos cursos profesionales juntas me mandaba callar para prestar atención a los instructores, y le preguntaban si ella era la mayor», recuerda su hermana. «Pero de pequeña era muy torpona. En todas las fotos aparece con la nariz raspada. Siempre se daba con algo, siempre en la nariz. Y yo tenía que salir a defenderla». Delgada, alta, con el pelo castaño y liso, a la metódica y ordenada ‘Guaci’, como la llaman en su casa, le gustaba hacer deportes y nadar en el mar.

El Observatorio contra la Violencia Doméstica y de Género ha realizado un análisis de los primeros 1.000 casos con víctimas mortales por la violencia de género, entre los que está el de Guacimara, y ha constatado una serie de elementos comunes en estos crímenes, que ya se han cobrado 1.055 vidas de mujeres y 23 de sus hijos. Entre 2003 y 2019 hubo en promedio un asesinato machista a la semana, con una media de 61,3 al año.

Aunque las víctimas eran de todas las «clases sociales, grupos étnicos, edades y nivel de estudios», existen coincidencias entre ellas. En promedio tenían 42 años (la más joven, 13 y la mayor, 95), nacionalidad española e hijos. Mantenían la relación con el agresor, un 11% estaba en «crisis» y el 27% había roto. Como Guacimara Rodríguez.

«El día anterior a que ocurriera todo, ella se llevó a mis hijos a su casa. La esperé en el portal. Lo último que me dijo fue: ‘Hermana, estoy en el momento más feliz de mi vida’. Al día siguiente ya no estaba», rememora Luz Marina, que se hizo cargo de los hijos de su hermana cuando el padre la asesinó.

Sucedió en el rellano de la casa de la madre, donde ella vivía después de abandonar a su agresor. Hasta ese momento la violencia era psicológica, y se había mudado a la puerta de enfrente para vigilarla. Esa mañana, Guacimara esperaba el ascensor con los niños cuando él salió y la apuñaló. No murió a la primera, así que siguió enterrando el puñal. La madre de ‘Guaci’ intervino y forcejeó. Su hija murió en sus brazos. Con coraje y dolor, esa madre tuvo que revivir en el juicio el ensañamiento del asesino para que sumaran años a la condena.

Convivir de alguna manera con el agresor es el factor que más incrementa el riesgo para la vida de las maltratadas, ya fuera porque mantenían la relación o porque compartían vivienda después de formalizar la separación o el divorcio. Incluso si la mujer denunciaba (10%) o se establecían medidas de protección (3%), según el ‘Informe sobre los 1.000 primeros casos de víctimas mortales por violencia de género en el ámbito de la pareja o expareja’. En algo más de la cuarta parte (261 casos) hubo una denuncia previa, lo que también demuestra la ineficacia del sistema de protección, a pesar de que «las víctimas de violencia de género suponen el 44,6% del total de mujeres muertas por homicidio o asesinato».

Orfandad

La violencia machista ha dejado 765 menores huérfanos de madre, y en la práctica también de padre, en el periodo analizado en este informe del Consejo General del Poder Judicial (2003-2019). El 75% de las víctimas tenía al menos un descendiente, que además era menor en el 49% de los casos. Guacimara, dos. De ellos, «499 de los 765 menores en situación de orfandad eran hijos o hijas de los agresores». Si se tienen en cuenta todas las edades, 1.494 hijos han perdido a sus madres de esta manera».

El asesino de Guacimara fue condenado a 23 años. Pero todavía sigue en litigio la propiedad de la pareja, cuya hipoteca ha tenido que pagar Luz Marina. También han tenido que disputar la patria potestad de los menores, que el homicida reclamaba. «Los niños son brillantes». Estudian con el apoyo de las becas Soledad Cazorla para huérfanos de violencia de género y ahora entran en la difícil adolescencia. Como a todos los que querían a Guacimara, tienen que aprender a vivir con «la rabia y el dolor».

Con una tasa de 3,1 mujeres asesinadas por cada millón en España, no todos los crímenes se saldaron con condenas por homicidio. Incluso se eximió a 14 acusados por «alteraciones psíquicas», en procesos judiciales que tardan dos años de promedio. En el 77,6% se calificaron como asesinatos. Sólo hay una prisión permanente revisable.

Un aspecto positivo reflejado en el análisis del Observatorio es la tendencia a la baja en los crímenes mortales del machismo. Guacimara no quería que la enterraran. Por alguna razón, siendo tan joven, se lo dijo a su familia. «Nosotros nos reuníamos en las calas de piedra que hay en Tenerife. Pasábamos el día pescando y bañándonos. Ahí tiramos sus cenizas, como ella quería».