San Mateo y Valleseco: pueblo chico, corazón gigante

19/08/2019

La solidaridad de los vecinos de los dos municipios atenuó el mal trago de los desalojados en la cumbre. La logística y el voluntariado de los vegueros escenifica el esfuerzo de los habitantes de la isla contra los estragos del devastador incendio.

Una enciclopedia actualizada de los costumbrismos de Gran Canaria debe tener una entrada destacada sobre la música verbenera que cada mañana conquista la plaza de Los Gofiones de San Mateo. Este domingo la carpa blanca que la acoge estaba desierta. No había órganos en el escenario, ni alegres mayores desafiando a la física descoyuntando sus cinturas al ritmo de El chico del apartamento 512. Sí había una logística de combate para atender a los desalojados de Tejeda que tomaron el pueblo ante la solidaridad local. Lo mismo sucedía en Valleseco, donde los nervios eran más visibles.

Aquello de pueblo chico, infierno grande quedó viejo. Si algo se puede aprender de este incendio voraz que está calcinando el corazón de Gran Canaria es que pueblo chico, corazón gigante. Las muestras de solidaridad que los desalojados de Tejeda y Valleseco viven estos días ayudan a apaciguar la rabia y el miedo que viven en sus carnes. «Cuando llegaron el sábado por la noche una señora mayor a la que había atendido el martes me dijo que menos mal que me veía, que verme la cara era por fin una alegría con lo que estábamos viviendo», expone una de las trabajadoras que desde San Mateo se volcó en recibir a los que bajaban de Tejeda.

La fuerza de la costumbre impulsaba al pueblo. Los propios desalojados, que no lograban disimular el hastío en sus miradas, ya sabían perfectamente como manejarse en un entorno que ya, tristemente, les resulta familiar. No solo por la proximidad entre municipios, por las veces que estos días han pernoctado en el casco del pueblo vecino, en esas salas largas y diáfanas llenas de camastros improvisados.

Eso propicia imágenes de una ternura insuperable, a pesar del duro contexto que todo lo baña. Niños que emocionados desayunan con sus padres en una terraza de la calle El Agua y señalan al cielo con expectación cuando pasan con su característico zumbido el hidroavión o alguno de los helicópteros. Personas mayores que devuelven sonrisas cuando se les pregunta cómo están y te recuerdan la tristeza del momento cuando acompañan su expresión con un mohín de tristeza porque han dejado atrás a sus animales ante la velocidad con la que se les desalojó.

En Valleseco la atmósfera era más opresiva

En Valleseco la atmósfera era más opresiva. El fuego de estos días nació en sus contornos y, a diferencia de los vecinos de Tejeda, ellos fueron desalojados por primera vez esta semana. Eso se notaba en el operativo local de seguridad. Si en San Mateo los cuerpos oficiales, los voluntarios y los medios de comunicación se mezclaban con empatía con los alojados, en Valleseco se situó una valla ante el polideportivo y se vivían imágenes más complicadas. Mientras los encargados de dirigir el tráfico tenían acaloradas discusiones con algunos conductores, el fuego aparecía amenazante tras algunas laderas, alimentando todavía más el nerviosismo que se vivía allí.

La gente no daba crédito a la situación y en sus comentarios se percibía una urgencia mayor por regresar a sus casas. Por comprobar si el fuego había arrasado con los bienes materiales de sus vidas, por poder descansar en su intimidad más preciada y no en un barracón en el que la solidaridad de todos los vecinos hacía que la pena fuera menos pena.

Días difíciles para la cumbre de Gran Canaria.

Emociones en los rostros.

Los testimonios que terminan de dar forma al bosquejo de las emociones que se vivían este domingo en San Mateo y Valleseco es el más difícil de reproducir. Este no cabe en los entrecomillados y lejos de escenificarse en palabras toma relieve cuando las emociones se desbocan en los rostros de los que vivían la tragedia desde cerca. Es el caso, por ejemplo, de Vannesa Déniz, directora del colegio Rafael Gómez Santos de San Mateo. Junta a las trabajadoras del centro, Déniz fue una de las personas que apoyaba en la logística de emergencia que este fin de semana, como ya había sucedido durante la semana, tomó el municipio de San Mateo. Cada vez que intentaba verbalizar los sentimientos que le producía esta situación las cuencas de sus ojos se humedecían, en una torrente contenido que expresaba tanta pena como rabia.

«Fue muy duro ver como el sábado por la noche llegaban personas que ya habían llegado aquí el martes de la semana pasada», exponía la responsable del centro educativo mientras a su alrededor la gente tomaba posición, ya con familiaridad, del refugio circunstancial en el que el pueblo se ha convertido en estos días en los que Gran Canaria ha sido una hoguera.

Como el de Déniz, muchos otros. Algo similar a lo que sucedía en Valleseco, donde ni por un instante nadie dudo en poner todos los recursos a su alcance para tratar de colaborar con las personas que habían tenido que dejar sus casas cuando el fuego les cercaba. Esas imágenes, esos rostros casi desfigurados por la tensión del momento, serán recordadas durante muchos años por los que fueron tocados de cerca por el incendio que ha obligado, hasta el momento, a desplazar a 4.000 personas de sus residencias.