La solitaria campanada de Fontanales

19/08/2019

Mientras algunos de los pueblos afectados van recuperando la normalidad a la espera del regreso de sus vecinos otras zonas de la isla se convierten en auténticos infiernos de fuego y viento. La vuelta a la isla ofrece constantes columnas de humo que cartografían las huellas de un desastre que no se podrá calibrar de forma ponderada hasta que las llamas se extingan por completo.

Son las 12.30 horas y el sepulcral silencio de Fontanales se interrumpe por el solitario replicar de una campana. Signo de los tiempos y de la automatización de uno de los más antiguos servicios de la iglesia. Algunos vecinos van recibiendo permiso para entrar en el casco del pueblo y comprobar cómo se encuentran sus animales, atrapados en una ciudad fantasma, que parece el abandonado decorado de un rodaje de cine, rodeado del manto negro que dejaron las llamas y con las banderillas de las fiestas, en suspenso por el fuego, decorando sus blancas calles.

Fontanales respira mientras media isla se asfixia. Literalmente. La tranquilidad del pueblo de Moya, cuyas vías solo son recorridas por servicios de emergencia que mantienen la cautela, inunda el espíritu de sus vecinos, todavía realojados en el polideportivo de Moya.

La imagen del pueblo es espectral. Pero es relativamente tranquilizadora. Una pareja del GOIA de la Policía Local de Las Palmas de Gran Canaria custodia el acceso al pueblo. Filtra la entrada de vecinos e, incluso, la de algún veterinario que recibe la llamada de los propietarios de animales para ver cómo estos han sobrevivido al ataque voraz del fuego. El sonido de sus radios capta todo el operativo, siendo casi la única perturbación de la aparente paz de la plaza.

Sin embargo, al avanzar hacia el norte la respiración se corta. En Montaña Alta (Guía) un conocido vecino pide su segundo botellín de la mañana; «Dame otro, que este me da que estaba picado», bromea antes de explicar que lleva dos noches sin dormir. «Mi religión no me lo permite cuando está pasando todo esto», es la forma que encuentra para verbalizar su frustración.

La solitaria campanada de Fontanales

El barrio se ha convertido en un macabro mirador del funesto suceso que sacude Gran Canaria. Desde distintos puntos, por ejemplo el aparcamiento al lado del cementerio, se ve perfectamente cómo el fuego engulle parte del patrimonio más preciado de la isla. También las operaciones aéreas, que son visualizadas incluso con prismáticos.

En el pueblo se percibe la tensión. En más de una ocasión han sentido la amenaza de un fuego que les ha obligado a tener la maleta lista para salir por patas si la cosa se pone fea.

El Valle, en Agaete, es otra cosa. El vergel norteño pasa por ser un de los puntos conflictivos del incendio. El escenario allí no ofrece imágenes figuradas, aquello huele a catástrofe. Alcanzar la zona obliga a atravesar la resaca de La Rama. El trazado urbano del pueblo todavía se encuentra vestido de las restricciones del operativo de seguridad de la fiesta, y solo el comienzo de la cuesta anuncia a los despistados el esperpento que se vive más arriba.

Poner un pie en el Valle es perder una importante cantidad de oxígeno. El humo se anuncia en las alturas, pero donde las carreteras muestran su veto al tráfico rodado ya es irrespirable el ambiente que se percibe.

Al pie de carretera los vecinos se agolpan, asustados, en uno de los lugares en los que más se percibe la catástrofe. Está presente físicamente por el impacto de las largas columnas de humo.

Esa zona de la isla se ha convertido en los últimos días en el auténtico infierno. Gáldar se ha teñido de tragedia y las carreteras cortadas hacia Caideros ya anuncian el desastre que allí se produjo.

La solitaria campanada de Fontanales

Los días pasan y las cosas se complican. Los malos presagios se confirman y la gente empieza a perder la paciencia. En los lugares en los que hay realojados no se puede contener los nervios. Es el caso de Teror, en el colegio Monseñor Socorro Lantigua, incluso hay algún momento de tensión entre los realojados de Valleseco y los medios de comunicación. Pronto encarrillado por todas las partes y por los responsables municipales allí presentes.

Y es que la situación en Valleseco no se parece a la de Fontanales. Los accesos al pueblo están totalmente blindados desde las puertas de La Laguna y en las proximidades del Puesto de Mando Avanzado. Desde esa situación se siguen viendo cómo diversos focos se van encendiendo, y el constante movimiento aéreo en la zona contribuye a inflamar la sensación de emergencia en los alrededores. «He hablado con Dámaso –Arencibia, alcalde de Valleseco– y me dijo que fue un milagro que el fuego se parara cuando estaba a las puertas del pueblo», señalaba desde Moya Poli Suárez, exalcalde y ahora diputado por el Partido Popular en el Parlamento desde el polideportivo de su municipio.

En el recorrido del fuego se perciben imágenes de una profunda solidaridad. Y el nerviosismo creciente por el estado de los animales. «En la zona de Caideros se liberó todo el ganado», cuenta desde Gáldar el concejal Jesús Mateo.

Y es que allí, como en Valleseco, los nervios son notables. El fuego apareció en el municipio, después de los duros días de la semana anterior, con mucha violencia. El municipio acaba de dejar atrás sus fiestas grandes, días de celebración y plazas abarrotadas. Y el espíritu lúdico de aquellos días ha dado paso a momentos de tensión y tierra quemada. Y quizás para mucho tiempo.

La cartografía real de las heridas del fuego en Gran Canaria no está concluida. Quedan días para apagar las llamas y semanas para una evaluación realista de los daños sufridos. Pero eso no quita para que seguir los pasos de las lenguas de fuego sea un ejercicio complicado de contención emocional.