Juan Manuel, Coralia y la cultura del esfuerzo

20/03/2020

Gestionan dos explotaciones ganaderas con la pasión y el conocimiento del mundo rural. Viven días raros pero no pueden dejar de acudir al cuidado de sus tierras y sus animales, una misión compartida con sus descendientes.

No hace falta mirar al eslogan de ninguna cadena de hipermercados ni a su filial baloncestística para comprender lo que es la cultura del esfuerzo. Tampoco esperar a que una pandemia confine a una sociedad desprendida de sus raíces. A Juan Manuel del Pino y Coralia González, y a sus pequeños Mateo y Lucía, nada les separa de sus explotaciones ganaderas. Ni ahora. Ni nunca.

El de la agricultura y la ganadería es un mundo indescifrable para quien no se aproxima. Pocos son conocedores del sacrificio que representa llevar una explotación. Imagínense dos, como en el caso de la familia que nos ocupa. Una en San Mateo y la otra en Valsequillo.

«No ha cambiado nada», significa Coralia. «Nosotros no podemos parar. Tenemos que seguir viviendo y atender a nuestros animales como si no sucediera nada. Pero es que para nosotros está igual de complicado cuando no hay coronavirus», señala resignada.

Para Coralia hay un asunto capital. «Los precios y la burocracia. Los gastos que tenemos que afrontar habitualmente. Eso hace muy complicado salir adelante», relata.

Juan Manuel, Coralia y la cultura del esfuerzo

Para Coralia y Juan Manuel se trata de una vocación. El campo es genética. Ella es natural de Valsequillo y él de la Vega de San Mateo. Los dos tienen un oficio fuera de la finca, ella como técnica administrativa y él como mecánico. «Ahora mismo esto es un hobby para nosotros, pero apostamos por vivir de ello completamente en un futuro cercano», expone Coralia.

Su rutina se ve afectada, evidentemente, por este virus. «Tardamos cuatro minutos en llegar a la explotación desde casa. Al garaje entramos directamente desde casa y en el trayecto impresiona ver Valsequillo vacío».

«Hay que venir todos los días. Con los animales hay un día fuerte y otro menos intenso. Uno de los días viene Juan solo y atiende todo, pero el siguiente que hay que dar de comer y limpiar a los animales tenemos que venir los dos. Bueno, los cuatro porque los niños –de cuatro y dos años– también vienen. Les encantan los animales», cuenta.

Juan Manuel, Coralia y la cultura del esfuerzo

La realidad es inamovible para ellos. «Ahora mismo no estamos vendiendo producto porque las cabras están secas pero tenemos que seguir trabajando con ellas. Juan Manuel se ha tenido que desplazar, por ejemplo, para comprar pienso y paja. Y todo eso tiene un coste», señala con evidente preocupación pero decidida a seguir en la brega.

Burocracia e impagos.

Para esta familia de las medianías el campo lo es todo. Una forma de vida en la que en el caso de Juan Manuel del Pino Vega ha sido siempre el motor de su vida. Juan Manuel también se dedica a las ferias de ganado y las romerías. Y ahí se dan de bruces con otra de las complejas realidades de ese mundo. «Los ayuntamientos son muy malos pagadores. Los que mejor pagan son los de San Mateo y Valsequillo, pero muchos tardan entre seis y ocho meses en abonar lo comprometido. Y los gastos para nosotros no se detienen. Es más, alguno todavía nos debe una factura de 2015», explica Coralia González.

Ella misma relata muchos de los problemas con los que se topan. «Yo hay una cosa que cuando la cuento la gente se ríe y no lo sabía. Tenemos que pagar una funeraria para los animales. Y el problema, además, es que solo hay una que es Agrosegur. Esto es un gasto tras gasto. Para que el sector primario pueda avanzar de verdad es necesario que haya menos burocracia y que haya menos intermediarios», señala.

Sin embargo, tienen claro que este modelo de vida es el que les gusta y por el que creen que vale la pena seguir pelando. Un modelo tradicional y muchas veces minusvalorado.