Una década de la catástrofe en Gran Canaria

Las cicatrices del gran incendio, diez años después

17/07/2017

Eran las 13.52 horas de un caluroso viernes 27 de julio de 2007 cuando se recibe una llamada de alerta por una columna de humo en la zona de Morro de Pajonales, un enclave perteneciente a Tejeda. De inmediato, se activan dos helicópteros con sendas unidades Presa de Medio Ambiente del Cabildo de Gran Canaria que llegan al foco de las llamas a las 14.05.

Fue en ese momento cuando comenzaron a actuar en la extinción de un conato que, en minutos, se convertiría en el mayor desastre ecológico por incendio forestal datado en la historia de Gran Canaria, y que calcinó 18.775 hectáreas durante los seis días que pasaron hasta que se decretase como controlado.

Ahora, diez años después, la isla redonda sigue mostrando las cicatrices del gran incendio que mantuvo en estado de angustia a toda la sociedad y que, a su vez, sirvió para aprender de errores pasados y contar en la actualidad con uno de los servicios de extinción de incendios forestales más preparados del país. Pero el peaje que se tuvo que pagar fue bastante caro, con un paisaje de pinares centenarios que eran una de las joyas de la corona que se tiñó de negro por el acto negligente y delictivo del que fuese vigilante forestal Juan Antonio Navarro, autor de las primeras llamas que derivaron en una catástrofe sin precedentes y que está pendiente de juicio en septiembre.

Lo único positivo que se puede rescatar de todo esto, una década después, es que no se tuvo que lamentar ninguna víctima humana, pero las llamas sí que dejaron a su paso cadáveres ecológicos y a nivel de infraestructuras.

En la zona cero del gran incendio de 2007 hoy en día apenas parece que allí se originaron las llamas. Justo al lado de la pista forestal que parte de El Juncal hacia el interior de la reserva natural integral de Inagua se encuentra una curva en la que se ve camuflado entre la maleza a un pequeño pino de diez años de vida, justo los que han pasado desde que se quemó la Isla. Es el hijo de la desgracia que se muestra como ejemplo del poder de regeneración que posee la madre naturaleza y que se observa en todo el esplendor de los pinares que fueron calcinados y ahora lucen verdes.

Carlos Velázquez y Didac Díaz posan justo en el lugar donde se inició el incendio. / <b>Borja Suárez</b>
Carlos Velázquez y Didac Díaz posan justo en el lugar donde se inició el incendio. / Borja Suárez

A ese pequeño rincón acudieron dos de los muchos protagonistas anónimos que se jugaron la vida por apagar las llamas durante esos seis angustiosos días de julio de 2007.

Didac Díaz era por aquel entonces técnico de apoyo de extinción de incendios del Cabildo y fue uno de los primeros en llegar a la zona cuando se dio la voz de alarma. Mientras miraba a su alrededor, contaba para este reportaje como desde el primer momento se dieron cuenta «de que se trataba de un gran incendio», afirma. «Se movía por pavesas y focos secundarios con unas longitudes de llamas muy grandes y sabíamos que estaba fuera de capacidad de extinción nada más llegar. Nos caían constantemente piñas de pino prendidas que iban rodando y se nos metían en la espalda por lo que nos cortó la posible evacuación dos o tres veces. Al final era una situación tan peligrosa que tuvimos que abortar la maniobra e irnos a un lugar seguro», recuerda. Así cuenta los primeros minutos del gran incendio, aunque añade que se convirtieron en seis días «de lucha casi sin dormir».

«Estábamos enfrentándonos a algo muy nuevo para nosotros» recuerda Carlos Velázquez.

A su lado asiente con la cabeza mientras escucha Carlos Velázquez, figura clave en 2007 puesto que era uno de los directores de extinción de este fuego. Él no duda en afirmar que «en Cercados de Araña si llegamos a evacuar el pueblo con una caravana de coches por una pista en malas condiciones, podría haber muerto gente. El caos duró toda la emergencia y es justo decir que escapamos todos locos, pero lo más importante es que, a pesar de la inexperiencia en desastres de estas dimensiones, no hubo que lamentar ninguna vida humana», reflexiona autocrítico.

Ellos fueron protagonistas de un desastre natural que obligó a desplazar a casi 5.000 personas de sus hogares y generó gastos cuantificados en más de 10,5 millones de euros. Y sobre todo, se convirtieron en notarios de la evolución en lo que coordinación y especialización en la lucha contra el fuego se refiere.

Tras una década aún perduran las cicatrices del gran incendio y, con ellas, cientos de historias cargadas de dramatismo y pesar. Ahora solo queda aprender la lección.