Cine

Alejandro Fadel: 'Muere, monstruo, muere' es filme terror que habla del miedo

10/10/2018

El director argentino Alejandro Fadel, más que feliz de estar en el Festival de Cine de Sitges, el único del mundo que conocía cuando era muy joven y vivía en Tunuyán, ha explicado este miércoles a Efe que "Muere, monstruo, muere" es una película de terror que "intenta hablar sobre el miedo".

El filme, que también se pudo ver en la sección Certain Regard del pasado Festival de Cannes, narra una historia que transcurre en un remoto pueblo de los Andes, en el que una mujer aparece muerta, decapitada, y un equipo de la policía rural inicia unas investigaciones, que no verán el final, puesto que van apareciendo otros cuerpos en medio de la montaña con las cabezas cercenadas.

Alejandro Fadel: 'Muere, monstruo, muere' es filme terror que habla del miedo

Alejandro Fadel, que no esconde que el cineasta que más le gusta de toda la historia del cine es el "inimitable" Luis Buñuel, cree que su nuevo proyecto cinematográfico, después de "Los Salvajes", se inscribe "en la tradición del género, pero intento sumar otro tipo de emociones, trabajar más cerca del misterio que del impacto".

A su juicio, "más allá de la historia de la película, intento reflexionar sobre ciertas cuestiones de la contemporaneidad, como el poder y las formas de necesidad de control relacionadas con sistemas masculinos, construidos por varones a lo largo del tiempo".

Sin poder explicar demasiado para no desvelar toda la trama, subraya que no quería, cuando escribía la historia, que el monstruo fuera una metáfora de esa violencia.

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"Quería que se sintiera que todos los personajes empiezan a sentir de una manera física la presencia de lo sobrenatural en sus mismos cuerpos, ya fuera por los olores que perciben o por las palabras que se dicen".

Con unos actores más que creíbles, encabezados por Víctor López, Esteban Bigliardi y Tania Casciani, Fadel comenta que la búsqueda de los intérpretes "es un proceso tan importante como el guión, porque suelo trabajar, más que de manera psicológica, con la superficie, con los rostros, con los modos del habla de todos ellos".

No le interesa tanto "la idea de un actor interpretando o sobreinterpretando un papel, sino que en el resultado final quiero que se sienta que hay cuerpos en escena, incluido el del ser sobrenatural".

Los dos personajes masculinos más importantes, interpretados por Víctor López y Estaban Bigliardi, un policía y David, un hombre que parece haber enloquecido, debían ofrecer "un cierto equilibrio entre una parte más intelectual y otra más física, y que entre los dos lograran una buena compensación".

En el caso de Tania Casciani, que da vida a Francisca, quiso a una actriz "con un rostro de una belleza particular, no digamos hegemónica, de manera que el espectador se quedara con eso dentro de su cabeza".

Otro de los protagonistas de la película, que también ve como "un viaje nuestro a lo desconocido", es el paisaje andino, tocando con la frontera chilena, de altas montañas, con un rodaje a más de 2.000 metros de altitud.

Alejandro Fadel precisa que "como la película está trabajada fuera del realismo, habiendo gente que me ha dicho que no se esperaba eso de una película latinoamericana, el paisaje también tenía que tener un nivel de extrañeza, de manera que filmamos en lugares que habían sido poco transitados, incluso para mí, conocedor de la provincia de Mendoza".

El espectador se encontrará con un trabajo en el que "los espacios abiertos se muestran de manera claustrofóbica".

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"Yo lo comparo con la situación de un turista que va a un lugar y se fascina durante algunas horas con la naturaleza inabarcable, inaprensible, generando diferentes tipos de emociones, pero si uno convive en ese espacio todo el tiempo empiezan a surgir otras cosas y ese lugar abierto que antes te daba aire, empieza a ser más opresivo", desarrolla.

Seguidor de cineastas como John Carpenter y David Cronenberg porque "ambos llevaron el terror moderno a un lugar evidentemente político", Alejandro Fadel valora muy positivamente que en Sitges "haya una especie de fervor por discutir de las películas, algo muy saludable para el cine, que cada vez está ocupando un lugar más corrido, cada vez es más fácil encerrarse en casa".

Defiende las salas como "un espacio comunitario donde uno está solo frente a la pantalla, en la oscuridad, con otra gente compartiendo una experiencia y sin controlar el tiempo".