Voces, palabras.

Poesía e inteligencia artificial

08/12/2018

Alguien escribió que en poesía no basta con decir; hay que decir, además, poéticamente. Pero, ¿y si quien escribe es un robot (del checo robota, ‘esclavitud’)?

Aquel «poéticamente» se refiere –entre otros muchos- a recursos relacionados con la voz. Valga como ejemplo la intencionada repetición de la vibrante r, el sonido más fuerte del español: «Y aun llevo en mis oídos su bárbaro fragor», el del mar, viejo camarada de infancia para Tomás Morales. O la de Bento y Travieso: «El marinero cía / con rudo remo rápido rasgando / la mar» cuando la tempestad mostró su furor sobre la Gran Canaria una noche de octubre, 1825...

La poesía, siempre presente y dominante en momentos, es parte fundamental de la producción literaria española e, incluso, género definidor de Canarias hasta la novela Guad, arranque del bum narrativo de los setenta (premios Pérez Armas, Galdós, Canarias, Alfaguara, Sésamo...). Así, todos los temas interesantes para el ser humano (vida, muerte, Dios, compromiso social, libertad, amor...) son tratados por los poetas con mayor o menor fortuna gracias a rigurosas estructuras estróficas o composiciones ajenas a tradicionales normas de creatividad poética, tampoco exentas estas de belleza formal. (Hay, sin embargo, un peligro: llamar poesía a un conjunto de líneas ordenadas una debajo de otra... pero carentes de sentimiento estético.)

Si para José María Millares (Premio Nacional de Poesía) el soneto fue la perfección poética, un claro ejemplo de tal refinamiento es el número XXIII de Garcilaso de la Vega (siglo XVI) conocido por su primer verso «En tanto que de rosa y azucena». Modelo del carpe diem (invitación a vivir el presente con intensidad), condensa en catorce versos el canon renacentista de belleza femenina y cómo el paso del tiempo destruye gestos, pasiones, melenas de oro, cuellos blancos, alegres primaveras (‘juventud’)... Así, la última estrofa es contundente: «Marchitará la rosa el viento helado, / todo lo mudará la edad ligera / por no hacer mudanza en su costumbre». (La rosa -roja, claro-, símbolo de la pasión.)

Pero usted, estimado lector, se preguntará con razón qué tienen que ver Garcilaso y los poetas canarios citados con la inteligencia artificial (IA) y los robots. Aparentemente, nada. Pero hay por medio una experiencia personal que me impactó sobremanera días atrás.

Gracias a la insistencia de mi hijo Carlos estuve en la exposición Nosotros robots organizada por la Fundación Telefónica, sede central madrileña. Se trata de un recorrido por la historia de los robots. Pero no fue esta, obviamente, la palabra usada por Aristóteles (año 332 a.C.): «Si cada herramienta pudiese ejecutar, cuando se le requiriese o bien por sí misma, su función propia, el jefe del taller ya no necesitaría aprendices, ni el amo, esclavos».

Dos mil y tantos años nos separan del sabio griego. Aun así, podemos remontarnos más allá sobre lo que nuestro Diccionario define como ’Máquina o ingenio [...] capaz de manipular objetos y realizar operaciones antes reservadas solo a personas’: mil quinientos años a. C. aparecieron en Babilonia y Egipto las primeras clepsidras -relojes de agua- documentadas.

El matemático heleno Arquitas de Tarento construye La Paloma (año cuatrocientos a.C.), «ave mecánica a vapor». Casi cinco siglos después, Herón de Alejandría escribe el primer libro de la historia sobre autómatas mecánicos. Durante el Renacimiento italiano Leonardo da Vinci diseña el Caballero mecánico (siglo XV), reconstruido tal como muestra la foto obtenida en la exposición.

Si tales antecedentes forman parte de la historia de la Humanidad desde tiempos tan lejanos, el gran desarrollo de los robots se inició en la segunda mitad del siglo XX («Unión de cibernética y nueva mecánica» según el folleto de mano). Ahora, siglo XXI, los científicos hablan de eclosión, es decir, aparición súbita de movimientos o fenómenos: «Llega junto a la digitalización y la inteligencia artificial».

Inteligencia artificial que me hizo tres jugarretas cuando en la exposición sometió a prueba mi sensibilidad literaria frente a siete poemas. Uno de ellos dice así: «Marchitará la nieve el fin pesado, / por tal caso, con una lengua sola, / duro rato de rastro ensangrentado». La pregunta, bien sencilla: «¿Poema escrito por humano o por IA?».

Efectivamente: erré en la consideración humana de tres composiciones. Respecto a la anterior, por varias razones. Una: «Marchitará la nieve...» me recordó el verso de Garcilaso arriba citado («Marchitará la rosa el tiempo helado»). La segunda fue las coincidencia sintáctica de ambos versos: los sujetos «el fin pesado» / «el tiempo helado», por ejemplo, finalizan las oraciones. La tercera: hay paralelismo morfológico (Verbo, artículo, sustantivo...). Cuarta: la repetición de la r en el último verso («duro rato de rastro ensangrentado»), recuerda a nuestros paisanos Tomás Morales («bárbaro fragor») y Bento y Travieso («con rudo remo rápido rasgando / la mar»)...

Así, mientras un robótico brazo trazaba el retrato de una señora posante frente al ojo artificial (el robot debía de tener nobles sentimientos: salía favorecida), me sometí a nuevos retos. Y perdí algunos, claro, pues ante varios poemas recordé a poetas españoles surrealistas. Así, por ejemplo, entre un texto de Lorca perteneciente a Poeta en Nueva York y algún verso suelto de otro «poema IA» supuse similitudes. Craso error. Horror.

Inmediatamente me vino a la mente la película 2001: una odisea del espacio, cuando las supercomputadoras intentan controlar la nave espacial (a mí me engañó el robot). Corría el final de la década de los sesenta y, por supuesto, mi ignorancia sobre computadoras era absoluta... como ahora. (La palabra fue rápidamente sustituida por la inquisición moral, pues los españoles hablaban de «con puta».)

No obstante todo lo anterior, me relaja saber que los robots no pueden escribir ni una letra si previamente no son alimentados y programados por humanos (aunque, eso sí, adquieren alto grado de autonomía), personas que en el caso del poema traidor arriba comentado conocían a Garcilaso, acaso a Miguel Hernández («Quiero minar la tierra parte a parte» escribe en Elegía a Ramón Sijé). Lo terriblemente desolador es cuando la inteligencia humana les cambia la pluma por armas...