Bardinia

La historia llama a la puerta

04/12/2018
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He oído de todas las formas posibles que lo que ha sucedido el día 2 de diciembre en Andalucía ha sido una gran sorpresa. Se puede interpretar como tal, porque fallaron las encuestas y porque siempre se piensa que los grandes cambios se producen gradualmente y se pueden predecir como las borrascas y los huracanes. Pero se olvidan de que no hay manera de predecir un movimiento sísmico; aunque se presentan de repente, se sabe que hay movimientos internos que tarde o temprano harán temblar el suelo bajo nuestros pies, pero se desconoce la fecha.

Es decir, esto que ahora llaman terremoto se veía venir, no solo por los antecedentes inmediatos en la Europa continental, el resultados del Brexit, la elección de Trump o la victoria de Bolsonaro en la presidenciales de Brasil, sino porque la ultraderecha es muy hábil para usar cualquier cosa como agresión y hacer que el ciudadano desprevenido se sienta víctima de lo que sea; señalan culpables, que casi siempre coinciden con las minorías y con los dirigentes que ellos consideran incapaces de imponer el status quo de toda la vida (para la extrema derecha esto de la igualdad de sexos, razas, religiones o procedencias es una alteración de su orden medieval de las cosas). Y ha escarbado su hueco ayudada por factores positivos y negativos que ha convertido en agua para su molino victimista, como el inmovilismo de Rajoy, el enquistamiento del conflicto catalán, el empoderamiento de las mujeres, las decisiones del gobierno de Sánchez, la batalla interna en el PP o los sckets humorístico que trataban de ridiculizarla y ha conseguido hacerle el juego porque la han victimizado. Hasta lo de Gibraltar cuadró en el momento ideal para transformarlo en munición electoral. Casado ha intentado mantener su nave a flote derechizando hasta el delirio su discurso, y en este río revuelto Vox ha conseguido ha arrastrado la marea ultraconservadora que habitaba agazapada en el PP. Ha sido, pues, la tormenta perfecta.

Palos al nido, después de haber escapado el pájaro. Los votantes tradicionales de PSOE se quedaron en casa porque se decepcionaron por las rivalidades internas entre los dirigentes socialistas, y Susana Díaz ha seguido bajando en picado por el tobogán de la confianza, además de que, lo mismo que Vox se quedó con el ala derecha del PP, Ciudadanos ha servido de refugio para los votantes socialdemócratas desencantados que, en última instancia, no quisieron abstenerse. El PSOE se ha venido abajo, pero también el PP, aunque Casado diga que esto lo consolida como líder, porque puede darse la paradoja de que pudiera haber un presidente andaluz del PP precisamente cuando el partido ha obtenido el peor resultado de la historia. Es la imprevisibilidad de los terremotos.

Por otra parte, la campaña electoral andaluza ha rozado la parodia. La del PSOE nunca tuvo pies ni cabeza, porque Susana Díaz vino a llamar tibiamente a la participación cuando faltaban cuatro días de campaña, actuando con la apatía de quien se sentía segura en la presidencia, con los votos obligados de Adelante Andalucía, aunque fuese a regañadientes de Teresa Rodríguez. Pero la tierra tembló y ese techo de 55 diputados conjuntos se vino abajo junto con la credibilidad de las encuestas de CIS. Casado se empeñó en hacer un discurso estatal y exigir el artículo 155 y en decir una y otra vez que él lo aplicaría en su primer gobierno (obvió que es el Senado quien lo decide), lo cual ponía a Cataluña en el centro del baile y llenaba las alforjas de Vox. Rivera también siguió obsesionado con el separatismo, ante el regocijo de Abascal y sus candidatos, y propuso la recentralización del estado precisamente en las elecciones autonómicas de la comunidad más extensa y más poblada de España. Con esos adversarios políticos, a Vox solo le ha bastado hacerse ver y poner la mano. Entre todos le hicieron la campaña, y estas elecciones son de récord: nunca se vio junta tanta torpeza política, aderezada por algunas cósmicas apariciones sobrenaturales de Aznar, que alistaban el camino a los pupilos de su antiguo jefe de las juventudes del PP.

La alarma es general y justificada. Sean cuales sean las combinaciones aritméticas que permiten los resultados, sigue existiendo una responsabilidad con la historia. Sería de consecuencias imprevisibles que se permitiera acceder a las instituciones ejecutivas a un partido que propugna una España anacrónica y cerril. Esa responsabilidad a la hora de alumbrar un gobierno es de todos: ganadores, perdedores y hasta del que reparte la baraja. Otra cosa sería un pésimo servicio a Andalucía, a España, a Europa y a la democracia. Es en estas situaciones cuando hay que demostrar el temple político y la generosidad con el futuro. Y es un aviso, un primer sonido de sirena, porque los nacionalismos (los grandes y los chicos) son la mecha del odio, un fantasma que nuevamente recorre Europa, como cuando hace casi 90 años alertó el escritor Stefan Zweig y no le hicieron caso. La factura de aquella desidia es la más grande que ha generado el odio. Es la hora de la verdad; ahora, otra vez la historia llama a la puerta. Advertidos quedan.