La arista

Gobernar con ruido

22/09/2018

El Gobierno de Pedro Sánchez hace historia. Fue el primero en acceder al máximo poder ejecutivo del Estado a través de una moción de censura y el más rápido que se ha deteriorado. En los siete primeros días después de constituido el Ejecutivo, un ministro, Maxim Huertas, se vio obligado a dimitir por fraude fiscal. Al finalizar los cien primeros días dimitía la segunda ministra, Carmen Montón, por plagio de su trabajo fin de máster y el propio presidente del Gobierno veía seriamente comprometida su honorabilidad y el núcleo mismo de su política al descubrirse que había plagiado algunas partes de su tu tesis doctoral. Hoy, otra de sus ministras, la de Justicia, también tiene seriamente comprometida su reputación después de conocerse su relación con el polémico y comisario Villarejo, una de las ratas de alcantarilla del Estado, utilizado por todos los Gobiernos democráticos para multitud de trabajos sucios e íntimo del ex juez Garzón.

120 días después de constituido el Gobierno su imagen se deteriora de forma rápida, acosado por sus incongruencias, el incumplimiento de sus promesas, la falta de escrúpulos éticos, base de la política del PSOE, las triquiñuelas para saltarse las líneas rojas de la legalidad impuestas por el Constitucional y las cortinas de humo para desviar la opinión pública de los temas que más escaldan a Sánchez.

La historia lo colocará también como el gobierno más débil de la democracia. Nunca antes un partido había gobernado con 83 diputados, ni con hipotecas tan graves como la del independentismo y el populismo. Los miembros del Gobierno dan una de cal y otra de arena a los catalanes y a Podemos en un intento de disimular la necesidad de contar con ellos para acabar de forma atropellada la legislatura aprobando los Presupuestos Generales del Estado.

Pedir en la tribuna del Congreso que el Gobierno de instrucciones a la Fiscalía General del Estado, como hizo días pasados Joan Tardá, para que no se acuse a los presos del procés de rebelión, es una osadía y destroza, directamente, la división de poderes. Que una ministra de ese Gobierno, Meritxell Batet, prometa, o insinúe, a los catalanes esa intervención es aún más grave y compromete seriamente a Pedro Sánchez. Esa cuestión no deja de ser técnica, y si los fiscales, desde su independencia, deciden no acusar por rebelión, será Sánchez el que cargue con el sambenito.

A nivel mediático Sánchez está recibiendo de su misma medicina. A falta de un programa para la legislatura, fio toda su actuación al ruido, la grandilocuencia y las medidas de expectación. Ahora se queja de la escandalera que mantiene la derecha. No deja de tener razón el presidente del Gobierno. Nunca antes la derecha había estado tan organizada para, de forma coordinada, minar el camino de Sánchez con informaciones que surgen de forma nada espontánea en distintos medios y que después se ven reflejadas de forma inmediata en toda la prensa. El presidente del Ejecutivo restó importancia a la cuestión de su tesis doctoral después de haber elevado el listón ético y permitir la dimisión de una de sus ministras por plagio. Pensó que proponiendo la eliminación de los aforados con una reforma constitucional pararía la polémica, pero un medio muy afín, como El País, vino a poner la guinda al asunto publicando el plagio de más de cuatrocientas palabras copiadas de una conferencia.

Si hay que sumar impresiones, estamos ante un Gobierno que va incumpliendo su palabra ante sus simpatizantes después de haber prometido honorabilidad y ética en la gestión y el comportamiento de sus miembros, en contraposición con la corrupción de la derecha. Un gobierno débil, en constante estado de descomposición, hipotecado y filibustero, que nada tiene que ver con los argumentos de ética política y regeneracionistas que sostuvo Sánchez en su discurso de investidura.

El ambiente político en Madrid está absolutamente enrarecido. Nadie es capaz de prever qué pasará en las siguientes 24 horas del último acontecimiento. La situación de este Gobierno es delicada. Entre el ruido del propio Ejecutivo, agarrado como un náufrago a la comunicación, con cada día menos apoyos mediáticos, la escandalera organizada de la derecha y el chantaje continuo del independentismo, se asfixia cualquier gestión ejecutiva que pretenda salir airosa y con ella la legislatura más débil de la democracia española.