Médicos con un don

José Juan Castellano tuvo la suerte -y el orgullo- de compartir quirófano con su hijo

Francisco Suárez Álamo
FRANCISCO SUÁREZ ÁLAMO

Para un paciente, el médico es una autoridad indiscutible. O al menos lo era hasta que se inventaron los buscadores de internet, proliferaron los negacionistas y todo el mundo empezó a creerse tan sabio en lo relativo a la salud como quien invierte al menos diez años de su vida en formarse para ser un profesional de la medicina.

Y con los médicos sucede como con todas las profesiones:los hay excelentes, buenos, normales, regulares, malos y seguramente muy malos. Como también los hay que, siendo una eminencia en lo suyo, no están dotados con la humanidad que muchas veces también precisa el paciente. Yque espera encontrarla porque deposita su vida en aquel.

A lo largo de la vida, todos nos hemos encontrado con eso que se suele llamar médicos con ojo clínico, entendiendo como tal la capacidad de intuir la dolencia casi con solo ver al paciente en la consulta. Luego el examen posterior normalmente confirma esa primera impresión, que es fruto de una mezcla de sabiduría y de intuición.

Recuerdo hace años, muchos años, a un pediatra que se ponía muy serio cuando aparecían en la consulta unos padres primerizos desesperados porque el bebé hacia esto o aquello, lloraba más o menos y presentaba señales de no se sabía bien qué... Entonces el médico mandaba a callar a los padres, pedía que depositasen al bebé en la camilla y se tomaba unos minutos para ver cómo se movía, qué gestos hacía, qué señales presentaba... solo con eso hacía un primer diagnóstico y, acto seguido, se ponía a confirmarlo o corregirlo con la ayuda del instrumental necesario.

Mucho tiempo después me sucedió lo mismo con un cardiólogo al que un trágico accidente se lo llevó con demasiada antelación. Llegaba el paciente con cierta ansiedad, el hombre empezaba a preguntar de todo un poco y antes incluso de echar mano del fonendo, el tensiómetro y el electrocardiograma, ya intuía lo que podía estar pasando. Ahora ese cardiólogo podrá ponerse al tanto de los avances médicos cuando se reencuentre con su hermano, el cirujano maxilofacial José Juan Castellano, fallecido ayer. También él tenía ese don: casi antes de que el paciente abriera la boca, ya se había hecho una primera impresión de lo que podía estar sucediendo y de la posible solución.

La marcha de Castellano deja a sus pacientes sin esa autoridad indiscutible. Pero tuvo la suerte -y me consta que el orgullo- de compartir quirófano con su hijo, que sigue su estela. A este, el pésame, y al padre, como a su hermano cardiólogo, el recuerdo. Descanse en paz.