Opinión

El acento

20/11/2017

Él le dice que le pone el acento canario, se lo dice varias veces, como si el acento canario fuera una sensual insinuación todo el tiempo, se lo dice a esa chica que sueña con la fama y con ser cantante, y ella, la cantante de Operación Triunfo lagunera, le dice que no le gusta su acento, que le parece feo y que lo que le gustaría es hablar castellano.

Se llama Ana Guerra y tiene un acento bellísimo, que suena con la naturalidad con que se lo habrá escuchado a su madre o a sus abuelas. Eso sucedía hace años, cuando yo estudiaba Periodismo y te pedían que cambiaras el acento si querías salir en las radios y en las teles estatales, y les pasó aquí a muchos compañeros de ese pasado en el que todo se centralizaba en un mismo acento que no era nuestro acento, y sucedía también en la literatura, con los verbos y las construcciones gramaticales, pero no lo esperaba ahora, no esperaba esas palabras de esa chica que no creo que sea consciente de lo que ha expresado o de cómo lo ha hecho.

Nadie le enseñó que el acento es la música de la palabra, su sentido oral, lo que nos conmueve, lo que recordamos, lo que identifica a una persona, a un país, ese sonido distinto que ayuda a que esas palabras se sigan enriqueciendo, sin estridencias, sin chovinismos, porque para mí el idioma es la patria en la que habito, por eso me siento en casa cada vez que cruzo el charco hacia América, y cuando leo a los autores de Murcia, de Burgos, de Bogotá, de Buenos Aires o de Puebla que, jugando con las mismas palabras, logran que suenen diferentes, y esa diferencia es la que queda en el eco de los recuerdos y de las novelas.

A esa chica, a Ana Guerra, nadie le ha enseñado a quererse y a querer lo que realmente la haría crecer como persona y como cantante, la diferencia, la voz que suena distinta en cada casa y en cada lugar del planeta. No te creas, Ana, esas mentiras de la fama de cartón piedra, no tienes que ser clónica para ser perfecta, así te quieren ellos, y así cantan como cantan, igual que computadoras, sin transmitir nada que conmueva, porque lo que conmueve es justamente eso de lo que te avergüenzas, el eco lejano de todas las voces que te concibieron.