Bardinia

César nos enseñó a mirar

21/09/2019

No voy a entrar en el contrastado talento de César Manrique como pintor, escultor e investigador de materiales para las artes plásticas, ni en su capacidad para diseñar espacios o para adaptar la Naturaleza al deleite humano, porque está claro que estamos ante uno de los grandes artistas con dimensión universal que Canarias dio en el siglo XX. Por otra parte, es bien conocida su persistente defensa del equilibrio medioambiental, que lo convierten en uno de los grandes ecologistas que, como Cousteau, Dian Fossey, Rachel Carson o Rodríguez de la Fuente, ejercieron en tiempos en los que el futuro físico de La Tierra como hábitat compartido y sostenible era asunto de minorías, que tenían un eco limitado a pesar de su enorme prestigio, y poco o ningún caso se les hacía a estas voces pioneras que advertían y alertaban sobre la degradación del planeta.

En el centenario de su nacimiento, es obligado hablar de su pedagogía necesaria y de su generosidad. Tuve ocasión de tratarlo justamente los últimos meses de su vida, porque trabajábamos en un proyecto común. En esos meses pude comprobar de cerca que Manrique era un hombre apasionado, cuando él hablaba yo me preguntaba cómo demonios tomaba aire, pues no dejaba huecos para el silencio. Las ideas se agolpaban en su boca, pero lo más importante es que fue un hombre de acción y con capacidad de convicción que le funcionó sobre todo en su isla y con su isla. Pero no fue fácil. César había regresado a finales de los años sesenta de Nueva York y, con el apoyo de su amigo Pepín Ramírez, entonces presidente del Cabildo conejero, se lanzó a la tarea de quitar de Lanzarote esa mala fama de isla inhóspita y maldita.

Entonces, para muchos César era una maldición que había caído sobre la isla. Hoy son todo loas y parabienes, pero hace 50 años se le criticaba ferozmente porque estaba haciendo en Mozaga un Monumento al Campesino que nadie entendía, y metía mano en Los Hervideros, La Cueva de Los Verdes y otros elementos que hasta que él no puso sus ojos en ellos no contaban o se desmoronaban piedra a piedra, como es el caso del Castillo de San José. Había voces furibundas que se oponían a que interviniera en Los Jameos del Agua, entonces en su primera fase, y veían como una locura que planease hacer un mirador desde el que se pudiera contemplar desde lo alto el archipiélago Chinijo. Graciosa, Alegranza y Montaña Clara empezaron a tener tres dimensiones, porque hasta entonces solo eran siluetas planas vistas desde el nivel del mar, que para verlas en toda su belleza había que desafiar la trabajosa ascensión al volcán de La Corona o el vértigo desde el farallón del risco de Famara. Todo eso por lo que hoy se enaltece a César, entonces fue motivo de críticas, y tuvo que emplear mucha pedagogía para que se entendiera que lo que siempre se vio feo y despreciable era en realidad bello por diferente. Una persona con menos tesón que Manrique habría abandonado.

«Ahora, cuando tanto hablamos de conservación de nuestros ecosistemas, hemos de resaltar que César lo dijo alto y claro hace 50 años»

Las noticias de las razzias de los piratas berberiscos o británicos que tienen como recordatorios los castillos defensivos de sus costas y sus altozanos, las crónicas de las erupciones de Timanfaya en el siglo XVII, o de los volcanes de Tao o Tinguatón dos siglos después, las propias coplas del salinero Víctor Fernández que muestran la desigualdad y la miseria ya al filo del siglo XX y la literatura de Ángel Guerra, Ignacio Aldecoa, Agustín Espinosa o Rafael Arozarena, todos grandes literariamente, hacían que se pensara en Lanzarote como lugar de sufrimiento y, por extensión, se tuviera su espacio físico quemado desde dentro como las puertas del infierno. Fue César Manrique quien, con su palabra apasionada, nos hizo ver a todos que lo que creíamos fealdad era belleza única. En realidad, César apenas tocó un centesimal espacio físico de Lanzarote, su mayor logro fue impedir que destrozaran un paisaje tan especial y su obra maestra hacer que nuestras miradas fueran capaces de ver como algo magnífico lo que antes creíamos detestable. Manrique cambió algunas cosas en Lanzarote, pero sobre todo cambió la manera de mirar la isla desde fuera y de mirarse a sí mismos los lanzaroteños, que desde entonces fueron habitantes de un particular y extraño paraíso labrado a fuego.

La generosidad de artista

Su generosidad se certificó una y otra vez cuando se sumaba a lo que entonces llamábamos causas perdidas, pero que había que ganar. Lo he contado muchas veces, pero no quiero dejarlo pasar en su centenario. Me refiero a su pasión y su empeño en arrimar el hombro a un proyecto de creación de un corpus literario canario para los más jóvenes. Entonces, hace 27 años, la literatura infantil y juvenil escrita en Canarias era un desierto apenas interrumpido por un par de nombres pioneros. Había que hacer una operación de choque que tuve la fortuna de coordinar. Para un desembarco de esta envergadura, rescatamos obras de clásicos que eran perfectos para la edad a la que se dirigían. Con ello queríamos –y conseguimos– estimular la creación de nuevos textos sobre temas canarios. César Manrique realizó los diseños de los libros dedicados a las tres franjas de edad que respondían a los nombres de Chinijo, Guayete y Galletón. Ya se habían escogidos los primero títulos para cada nivel: Alondra de las letras castigadas, de Pedro García Cabrera, para los más pequeños, una colección cuentos de Angel Guerra para la edad intermedia y Noticias del cielo, un texto inédito de Viera y Clavijo para la edad mayor. Ya solo esperaba por los diseños de César para enviar los libros a maquetación e imprenta.

El día 25 de septiembre de 1992 fue un viernes caluroso. A mediodía, minutos antes de abandonar su Fundación en Tahiche, el artista lanzaroteño dio los últimos retoques a los diseños y me llamó por teléfono para decirme que me los daría en mano en Las Palmas ese fin de semana. Colgó el teléfono y se fue al coche con la carpeta de los diseños en la mano. En la rotonda que hay justo enfrente de La Fundación tuvo el accidente que le costó la vida; en el maletero estaba lo que ya sería su último trabajo, dedicado a los niños y niñas de Canarias, que realizó desinteresadamente porque vio la necesidad de dar un empuje y se sumó sin reservas. Probablemente fui una de las últimas personas que habló con él (por teléfono) y guardo en la memoria el entusiasmo por el proyecto que destilaban sus palabras. Hoy, cuando la literatura infantil y juvenil está normalizada en Canarias y es un género valorado y respetado, es justo recordar que César Manrique fue partícipe fundamental en el inicio de este proceso.

Para terminar, insisto en que, mientras en Canarias seguíamos destrozando los recursos naturales sin darnos cuenta de que matábamos a la gallina de los huevos de oro, César era la voz discordante y molesta para algunos intereses económicos, pues fue de los primeros en difundir y enarbolar el término ecología, acuñado a finales del siglo XIX por el científico alemán Ernst Haeckel y luego olvidado. Manrique se sumó al rescate del concepto y a la corriente liderada por el biólogo Barry Commoner, que en 1971 enunció los principios de la sostenibilidad, todo lo que ahora se dice pero que es un discurso que tiene casi medio siglo. Entonces sonaba raro, pero es probablemente la idea colectiva más importante del siglo XX, porque determina la supervivencia. Una y otra vez, el visionario artista que veía que transitábamos el camino de la autodestrucción lanzó su grito apasionado. Pocos escucharon.

Ahora, cuando tanto hablamos de conservación de nuestros ecosistemas, hemos de resaltar que César lo dijo alto y claro hace cincuenta años. Hora es de que, por fin, lo escuchemos. Y ojalá no sea tarde.