César Manrique, los relatos y el poder

21/09/2019

El crítico e historiador del arte grancanario analiza el peso dentro de la historia del arte canario e internacional del artista lanzaroteño, a la vez que reflexiona sobre una reciente polémica en torno a su figura y la muestra del CAAM.

Días atrás, La Provincia publicaba una entrevista al catedrático de Historia del Arte de la Universidad de La Laguna Fernando Castro en relación con los problemas en la distribución de su libro César Manrique: Teoría del Paisaje. A la pregunta de la periodista, Aránzazu Fernández, respondía aquel: «No sé lo que puede molestarle a los responsables del Cabildo [de Lanzarote], que han decidido secuestrar la edición. Pero sí sé lo que puede irritar a la Fundación. Mi visión de la figura y de la obra de César Manrique es incompatible con la lectura marxista que de la misma hace la Fundación, exaltando su faceta de activista y subestimando su faceta creadora. Véase al respecto la infame exposición que puede contemplarse actualmente en el CAAM, donde solamente hay 8 o 9 lienzos abstractos reservando la sala más importante a una instalación, en una de cuyas paredes hay un montaje de fotocopias de periódicos que versan sobre casos de corrupción urbanística de los 80, mientras en el suelo de la sala hay sacos de cemento, carretillas y otros materiales de construcción; y en la pared del fondo se proyecta un vídeo donde un presentador dice las siguientes palabras: Los políticos corruptos de antes son los que ahora gobiernan en el cabildo». En la columna siguiente, Castro abunda en su denuncia de la tergiversación de la memoria de Manrique en la muestra del CAAM: «César Manrique fue apolítico en la época del franquismo. No fue franquista pero fue una persona que no se comprometió contra el Régimen, como su amigo Millares y otros más. Se mantuvo al margen y posteriormente tuvo buenas relaciones con socialistas como Jerónimo Saavedra, pero se llevaba bien con todos, y sobre todo con la gente que tenía el poder, con los empresarios, menos con los que hacían barbaridades. No fue un político de izquierdas y la Fundación quiere convertirlo en un artista de izquierdas, una especie de Saramago, con cuya obra no tiene ninguna afinidad estética, y menos aún ideológica». Fin de la cita.

Hombre, dadas las fechas en las que estamos, a finales de agosto, alguno podría pensar que las palabras del viejo profesor responden a una calentura veraniega. Pero a casi nadie se le escapan las diferencias entre Castro y la Fundación. Diferencias que vienen de atrás y que, finalmente, derivan del mismo nudo del asunto: la pugna entre el catedrático y amigo de César y de los herederos del legado manriqueño por fijar los límites de la memoria del artista. En suma, la lucha por el control del relato. Y es en este marco de actuación en donde llama la atención del uso del adjetivo «infame» referido a la muestra del CAAM. Adjetivo que no suele encontrarse en el exquisito vocabulario del comisario de aquella fundacional colectiva El Museo Imaginado. Arte Canario 1930-1990 (CAAM, 1991). Una muestra que trataba de levantar una narrativa del arte contemporáneo en Canarias que luego devino molde para otros muchos a lo largo de estas casi tres décadas. Tiempo en el que se han ido asentando nuevas miradas que proyectan una lectura sobre el arte contemporáneo en Canarias mucho más complejo del que entonces apenas imaginábamos.

César Manrique, los relatos y el poder
Mayor complejidad

Nuestra historia del arte, como decía, ha ganado en complejidad. No sólo por las importantes aportaciones realizadas desde la ULPGC –hasta entonces el relato se construía casi exclusivamente desde La Laguna–, sino por las monografías publicadas y por los proyectos expositivos abiertos en este tiempo en la Casa de Colón, el CAAM, y ya más recientemente en el San Martín. A estas alturas, nuestra historia del arte del siglo XX no cabe ya en una lectura maniquea –como a la llegada de la democracia– en torno al franquismo o antifranquismo de sus protagonistas. Cuestiones ambas por las que uno no deja de sorprenderse de que un discurso tan anclado en el pasado haya regresado a los medios en este verano.

Sobre los procesos culturales en Canarias y la relación de sus agentes con el poder durante la Guerra Civil y la dictadura se ha vertido mucha literatura. Se trata de unos procesos mucho más complejos que afectaron, además, de distinta forma a las islas que al continente. Aún más singular –y poco conocido por el gran público– será el escenario en Las Palmas de Gran Canaria, en donde buena parte del ecosistema cultural de la República se mantendrá tras el golpe de estado, como puede verse en el desarrollo del programa de trabajo de la Asociación Amigos del Arte Néstor de la Torre. En nuestra ciudad se desarrollará un modelo –la llamada «cultura de retaguardia»– que el nuevo régimen utilizará como propaganda de su supuesto carácter liberal ante una colonia británica que desconfía profundamente de los nacionalistas. Pero incluso el apoyo del mundo de la cultura de la República al nuevo régimen, abanderado por el propio Néstor –fuera de grado o por necesidad de salvar el pellejo– no logró evitar las humillaciones, detenciones, torturas y fusilamientos, como el que se llevó por delante a los escultores de la Escuela Luján Pérez José Navarro y Matías López. Ni el asalto a la propia Escuela, en donde los saqueadores destruirán una exposición que Felo Monzón tenía preparada para llevar a Madrid.

César Manrique, los relatos y el poder

Como decía más arriba, los procesos culturales y la relación de sus agentes con el poder en nuestra isla durante la Guerra Civil y luego durante la Dictadura son un territorio complejo. Artistas como el socialista Santiago Santana, represaliados por el Régimen tras la guerra acabarían convirtiéndose en personajes claves de la política cultural de Matías Vega durante la dictadura. Otro socialista de mayor peso político, Felo Monzón, acabaría recibiendo al Ministro de Educación del Gobierno de Franco en nombre de la Escuela Luján Pérez durante la visita que cursa a la isla para la apertura de la Casa-Museo Pérez Galdós en 1960... Nada parece ser lo que es durante estos largos años. Y debemos ser extremadamente cautos con lo que realmente sucede en estos momentos extremadamente difíciles para todos y con la narrativa que de esos mismos hechos se construye tras la llegada de la democracia. La correspondencia privada de Felo Monzón nos permite conocer más de cerca los mil matices del momento. Felo, como Eduardo Westerdhal mantendrá, como antes habían hecho Ventura Doreste y Plácido Fleitas, correspondencia activa con los titulares de los despachos en donde se decidía la política cultural del Régimen. Y nadie tacharía a ninguno de ellos como franquista. Doreste y Fleitas con Eugenio D’Ors; y Monzón y Westerdahl con los elementos más destacados de la Democracia Cristiana que abriría el escenario artístico español al exterior a mediados del siglo pasado: Joaquín Ruiz Jiménez, ministro de Educación entre 1951 y 1956 y muy especialmente Luis González Robles, comisario de Exposiciones del Ministerio de Educación y figura clave en las artes visuales españolas entre 1955 y 1974. Labor, por cierto, por la que González Robles recibiría la Medalla al mérito en las Bellas Artes de la mano del gobierno de Felipe González en el año 2000. Ambos –con la inestimable colaboración de un jovencísimo Manuel Fraga– pondrían en marcha las Bienales Hispanoamericanas de Madrid (1951), La Habana (1953) y Barcelona (1955) que permitirían desembarcar el expresionismo abstracto americano en España, sentando las bases sociológicas que dan origen a El Paso, dos años más tarde. Y será González Robles quien abra las puertas a la promoción internacional de artistas como Manrique -quien participará en las tres bienales hispanoamericanas-, y de otros isleños como Millares y Chirino. Entrar a valorar si un artista durante la época de Franco era franquista porque participaba de los medios que el poder le brindaba nos llevaría a hacernos algunas consideraciones acerca de la identificación entre el actual régimen y algunos de los artistas que participan en los proyectos públicos. Un ejemplo clarificador en este sentido bien podría ser el caso de Santiago Sierra y su presencia en la Bienal de Venecia...

Y ahí llegamos a donde creo que el viejo profesor acierta: «Se llevaba bien con todos, y sobre todo con la gente que tenía el poder». Hombre, naturalmente. En un momento como el de la inmediata posguerra española si alguien quería salir adelante sólo había una única puerta a la que tocar: la del poder. De que Manrique entraba de lleno en esa ecuación lo revela su presencia en la Exposición de Artistas de Gran Canaria. Islas Canarias. Pintura, Escultura, Dibujo abierta en el Museo de Arte Contemporáneo de Madrid entre el 1 y el 21 de junio de 1944, siendo apenas un carajito de 26 años –el más joven de la colectiva tras Sergio Calvo, nacido en 1920–. La exposición, que rendía homenaje a Nicolás Massieu y Matos, a Néstor y a Manolo Ramos, fue organizada por El Museo Canario bajo el patrocinio del Cabildo de Gran Canaria y del Ayuntamiento de Las Palmas. ¿Pero cómo Manrique, que era un chiquillo, podía estar presente en aquella colectiva? Y aún más, ¿por qué el máximo representante del Estado en Canarias, el mismísimo Capitán General de Canarias García Escámez, le brinda una beca para ir a Madrid?

César Manrique, los relatos y el poder

La presencia de Manrique en aquella colectiva organizada para recalcar la españolidad de Canarias en el marco de los estertores de la Segunda Guerra Mundial no es casual. Pero, como hemos dicho ya, todo es bastante más complejo. Nada de lo que ocurre en nuestra ciudad en estos momentos, a pesar de la propaganda del Régimen es blanco o negro. No olvidemos que en la muestra también estará presente Juan Guillermo, quien al regresar a la isla tras la Guerra Civil dejará escrito en sus diarios el horror de la represión. Y también estará presente Santiago Santana, socialista que había trabajado para el servicio de propaganda de la República... El escenario, como puede verse, era bastante más complejo... Eso sí, la obra de Felo Monzón no viajaría al Museo de Arte Contemporáneo de Madrid. Magua que se llevaría Felo a la tumba...

Encargos

Pero, volvamos a Manrique. Que ya asentado en Madrid Manrique tomara una vía completamente opuesta a la que desarrollaría –en su ética y en su estética– su amigo Manolo Millares tampoco es una novedad. No veo, la verdad, trabajando a Manolo para «Gastón y Daniela». Ni tampoco para la BMW. Pero tampoco es menos cierto que ambos acabarían transitando los mismos pasillos del Régimen y recibiendo, a cambio, un reconocimiento internacional que no hubieran podido lograr de ningún otro modo en aquel tiempo gris que les tocó vivir. Cosa distinta sería el pago por la vía escogida. No puede negarse el continuo goteo de encargos públicos que César recibe en Madrid. Manrique pasa a formar, consciente y activamente, parte de un engranaje que se engrasaba en los despachos del régimen. Y al hacerlo, tomaba partido claramente por un poder que a cambio le entregaría el control estético de su isla tras su regreso de Nueva York. Exactamente lo mismo que había ocurrido con Néstor a su regreso de París en 1934. Es obvio que sin aquel apoyo político, y por tanto económico, ni los Jameos del Agua (1968), la escultura Fecundidad y la Casa-Museo El Campesino (1968), o el Restaurante el Diablo en Timanfaya (1968) hubieran visto jamás la luz. Su nombramiento como delegado Insular de Bellas Artes en Lanzarote (1969), le terminaría de abrir las puertas para hacerse con encargos como el de la Costa Martianez, en el Puerto de la Cruz. Eso sin olvidar la puesta en marcha del Mirador de El Río (1973) o de El Almacén (1974). Que en aquellos años César era identificado desde el Partido Comunista –entonces el aglutinador de la resistencia antifranquista– y desde significados miembros del Partido Socialista de la Escuela Luján Pérez como un hombre del Régimen es de dominio público, aunque algunos quieran ahora negarlo. Esta relación tendrá su correlato público en la rueda de prensa del Certamen que daría pie al museo Internacional de Arte Contemporáneo de Lanzarote, el segundo abierto en Canarias tras el proyecto de Westerdahl. Para su apertura, el 8 de diciembre de 1976 –un año después de la muerte de Franco– se trasladará a las islas nada menos que el Ministro Secretario General del Movimiento, Ignacio García López. Para los que no recuerden qué es el «Movimiento» les diré que era la Falange. Y será precisamente la presencia en la organización y apertura del Certamen del «Movimiento» lo que hará que Santiago Amón, influyente crítico entonces de El País, diera lectura frente a César, en el transcurso de la misma rueda de prensa, a una airada carta de protesta firmada por Genovés, Chillida, Sempere, Hernández Mompó, Pablo Serrano, Antonio López García, Tàpies, S. Victoria, Canogar, S. Soria, Aragonés, y Lucio Muñoz. El escultor Martín Chirino también firmaba aquella carta. Tras su lectura, Sempere, dimite en la misma mesa de la rueda de prensa como comisario del certamen. Rueda de prensa que pasaría a los anales como uno de los últimos actos del posfranquismo y una de las primeras victorias mediáticas del Partido. Para más información véase La Provincia (9 de diciembre de 1976, página 12). Si pudiéramos preguntarles hoy a aquellos venerables muertos si Manrique era apolítico me temo que las carcajadas se oirían de lejos.

César Manrique, los relatos y el poder
Primeros pasos en libertad

Sin embargo, aquella bochornosa rueda de prensa, de la que los periódicos que comenzaban a ser libres dejaron algunas notas sabrosas, no supuso un mayor problema para Manrique. César tenía un importante cartel en el mercado europeo y español. Y un enorme ascendente en la prensa, la radio y la televisión. De hecho, puede decirse que nadie en Canarias disponía entonces de mayor poder mediático. Su compañero de quinta Manolo Millares había muerto en Madrid. Y Chirino no era aún el presidente del Círculo de Bellas Artes de Madrid, cargo al que accede a mediados de los años ochenta a través de Javier Solana, Ministro de Cultura del PSOE. Manrique aún disponía de tiempo.

En estos momentos la Asociación de Periodistas alemanes le otorga el premio mundial de ecología y Turismo en Berlín y el rey Juan Carlos I le concede la Gran Cruz del Mérito Civil por su labor ecológica en 1978, a la que seguirá la Medalla de Oro de las Bellas Artes en 1980. Cesar cumplía los sesenta años. Será en estos momentos en los que se constituya el Círculo ecologista de Lanzarote en torno al artista. Pero, insistimos, César había hecho ya para entonces su obra histórica, por la que era reconocido. Obra que mereció una extraordinaria exposición celebrada en el IVAM en el año 2005, con pinturas entre 1958 y 1992. Sin duda, su aportación a nuestra historia del arte estaba en aquella muestra, especialmente las producidas en los años neoyorkinos, entre 1965 y 1968. A la reflexión insular que sobre el paisaje estableció la vanguardia insular durante la República suma Manrique la persistencia de algunos elementos de la Escuela de Vallecas, pasados por la factura y el tamiz ideológico de Clement Greenberg –«flatness»- a los que añade la luz africana de nuestras islas. La combinatoria, de factura fácil y elegante, le granjeará la etiqueta de «expresionista abstracto africano» de la crítica catalana Lourdes Cirlot. Tema aparte merece la «invención de la isla» que, siguiendo la estela de Agustín Espinosa, pero sobre todo de Néstor, traza sobre Lanzarote. Invención que materializaría en una reinterpretación de la arquitectura tradicional y de la casa-cueva en la que introduce el diseño nórdico entonces en boga. Nada que decir a su interiorismo. Néstor ya había creado cincuenta años antes un mundo cicládico que hubiera llevado a nuestros riscos de haber tenido los apoyos que Manrique tuvo. En cualquier caso, ambos partirán de la misma premisa: una isla inventada, una isla deseada: la isla como resort.

Volviendo a las palabras del viejo profesor, uno puede compartir su extrañeza ante el hecho de que en la muestra del CAAM sólo haya «8 o 9 lienzos». Hombre, Fernando, ¿pues qué te voy a contar? Creo que todos esperábamos de la comisaria de la muestra algo más. Esperábamos que nos acercara –también– la producción plástica de Manrique. Pero me temo que para eso tendremos que regresar a la Fundación. Tengo entendido que allí sí que hay cuadros.