Un gran líder a la vera de Manrique

21/09/2019

La alta valía de José Ramírez Cerdá, de quien la pasada primavera se conmemoró el centenario, fue crucial para permitir a César desarrollar su obra y ayudar a que Lanzarote pudiera encontrar líneas de progreso

Hombre de hechos y logros, pragmático a más no poder cuando le tocó hacer de gestor público, José Ramírez Cerdá, alcalde de Arrecife, presidente del Cabildo de Lanzarote y senador por la isla, resultó ser una persona poco dada a los discursos de masas con palabras grandilocuentes. Habitualmente optó por papeles secundarios. Así fue en vida y poco cambiaron las cosas tras su pérdida. Quizás su carácter puede haber sido uno de los causantes de que las generaciones posteriores no lo tengan valorado en su justa medida. Por ejemplo, valedor como fue de la educación, cuesta concebir que no haya algún centro escolar en la isla con su nombre.

Bien es cierto que fue considerado Hijo Predilecto de Lanzarote, a título póstumo, en 1995; en un trámite donde se hizo lo propio con César Manrique. Fue un paso más de la vida en paralelo que ambos desarrollaron. Pepín, como era cordialmente conocido, nació el 15 de abril de 1919, apenas unos días antes que el artista. Ambos de Arrecife, compartieron correrías y tiempo en colegio e instituto. Incluso fueron juntos a la Guerra Civil, alistados por sus familias desde Lanzarote, para evitar que tuvieran que estar en primera línea de combate. En Ceuta ya quedó patente quién estaba capacitado para asumir funciones de mando y quién era más dado a dejarse llevar por las circunstancias y la inspiración. Como cabo, es fácil imaginar quién ordenó el arresto del soldado indisciplinado.

Tantas experiencias compartidas provocaron que su amistad «se fuera reforzando», como bien describe Saúl García, autor de la obra Pepín Ramírez, el hombre que convirtió a Manrique en César. Esta obra, que ve la luz estos días de la mano de la Fundación César Manrique por el centenario del artista, a la par sirve para también ensalzar la impronta que Ramírez Cerdá dejó en Lanzarote. Si no hubiera existido, es bastante probable que la isla hubiera tomado unos derroteros distintos a los que se dieron. Tanto en su papel de protector de César, a quien apadrinó para ejecutar muchas de las obras públicas que aún son orgullo de los lanzaroteños; como desde su posición como gobernante capaz de articular inversiones y políticas imprescindibles para permitir que una angosta superficie de 800 kilómetros cuadrados, donde la vida cotidiana solía ser extrema, pasara a ser un territorio propio del primer mundo.

Para hacer análisis de Pepín, desde la óptica del investigador objetivo que no conoció al personaje, el autor de Pepín Ramírez, el hombre que convirtió a Manrique en César se ha valido de varias decenas de entrevistas, con personas que sí conocieron y trataron a esta figura humana o que al menos conocieron cómo fueron los tiempos del cambio gestado en Lanzarote. Y de algún modo puede entenderse que se implementa lo proclamado por el malogrado Juan Marrero Portugués, responsable, en 2016, de César Manrique y Pepín Ramírez. Dos líderes canarios en su contexto histórico, texto donde el autor abordó la personalidad y las contribuciones de ambas figuras, a la vez que reconstruyó «un vigoroso friso de la vida lanzaroteña de las décadas de los cincuenta y sesenta», atendiendo a lo que se llegó a decir desde la FCM, impulsora de este libro.

Marrero Portugués manejó su amplia colección de recuerdos y sus experiencias personales, brindando una visión subjetiva de la relación de César y Pepín y de cómo éstos interactuaron con la sociedad insular durante los años del franquismo tardío. Y con ello permitió que aflorasen aspectos que apenas habían tenido catalogación histórica desde que se concretaran en 1995 los argumentarios en el Cabildo para facultar sus merecidas menciones honoríficas.

De Ramírez Cerdá cabe señalar que fue primeramente alcalde Arrecife, entre 1955 y 1960, cargo que asumió tras haber ejercido como presidente del Casino, donde ya vino a demostrar con creces buenas dotes de gestión y mando; además de dejar patente que era una persona que daba trato capital al cuidadoso trato de todo lo que fuera de todos. Luego le tocó ejercer de presidente del Cabildo de Lanzarote, de 1960 a 1974, siendo en esta etapa cuando se gestaron actuaciones cruciales, caso de Los Jameos del Agua o La Cueva de Los Verdes, con protagonismo para Luis Morales y otros grandes colaboradores de Manrique. Y cabe también hace mención al vínculo que mantuvo con los hermanos Díaz Rijo, cruciales a la hora de contar con la primera desaladora de agua que Lanzarote tuvo, con todo lo bueno que esta circunstancia vino a acarrear, si bien es cierto que con ciertas reticencias iniciales, al menos no fue dado a poner unas trabas nefastas para tan gran invento.

Ya veterano en lides políticas, por último, de 1982 a 1986 le tocó ejercer de senador por la isla, siendo partícipe de la ola nacional que encumbró a Felipe González al frente del PSOE.

A nivel humano tuvo la virtud de saber delegar. Como dice sobre este aspecto Saúl García, tuvo «ojo clínico» con las personas, pues bien sabía distinguir, habitualmente, a los que tenían potencial para prosperar. Quizás porque contaba con la ventaja de que conocía de la capacidad de los lanzaroteños. Valedor de la educación, como gestor público pudo retirarse con la satisfacción de saber que de 24 escuelitas que hubo en suelo lanzaroteño se pasó a la cifra de 49. De este modo, puso una enorme simiente para potencialmente conseguir mejor preparación para futuros maestros, abogados, contables o ingenieros. Así las cosas, lógico que la UNED se asentara en Arrecife, con Pepín de valedor.

A nivel de memoria colectiva, por ende, normal que a Ramírez Cerdá se le pueda considerar como el padre administrativo del contemporáneo Lanzarote. A su manera, el compañero ideal para el genio que extrajo de la fealdad volcánica la belleza superlativa.