La arista

Casado, el apestado del aparato

06/07/2018

Transitar del dedazo a la democracia es un paso importante para un partido de cultura presindencialista, en el que la militancia poco, o nada, ha aportado. Sin mirar mucho en las profundidades del proceso, durante la campaña de los candidatos y ayer, el PP aprobó con buena nota su paso a la democracia interna. La izquierda trató de descalificar las primarias del Partido Popular cuestionando el censo, que sin duda merece ser revisado para próximas convocatorias. Pero una cosa es afinar el sistema y otra que más de cincuenta mil militantes hayan votado y elegido a los candidatos a presidir el partido y a orientar sus políticas en los próximos años.

Toda nueva experiencia, como la que ha inaugurado el PP, conlleva dificultades. La salida abrupta del Gobierno, lo que significa la irrelevancia sin poder, la pérdida de la argamasa del partido y la apertura de disputas internas se ha salvado de la mejor manera posible a pesar de los imprevistos, entre ellos que el proceso de cambio tranquilo programado por la cúpula del PP para que Núñez Feijó se constituyera en el preferido de todos se truncara con su renuncia. Rápidamente se situaron en busca del poder las dos facciones más significativas y enfrentadas durante años, la liderada por la ex vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría y la de María Dolores de Cospedal. La tercera vía la abrió un Pablo Casado que apareció como candidato sin mucho lustre y pocas posibilidades, pero con un perfil regeneracionista, aunque en su partido lo han dibujado como un delfín de Aznar.

Si en las elecciones internas del jueves alguien ganó fue Casado. Se presentó sin el aval del aparato, que ya lo había abandonado y lo daba por perdido después de conocerse sus líos con el máster. Nunca estuvo en el Gobierno, por lo que su proyección era mínima y sus posibilidades nulas. Arrancó con una campaña sin apoyos pero con un mensaje de renovación interna y de rearme ideológico hacia la derecha del partido que ha logrado calar en la militancia.

Frente a todo pronóstico, Casado se colocó en la segunda vuelta frente a la experiencia de poder y el conocimiento de Soraya y frente a todo el aparato liderado por Cospedal. Ni un sólo líder regional apoyó a Pablo Casado. Es el nuevo paradigma del poder, llegar arriba sin las elites, lo que expresa el profundo deseo de renovación de la militancia. Una de las conclusiones de este proceso se impone: los militantes han castigado a sus elites, a la mano derecha e izquierda de Rajoy, y han optado por el último de la fila, por el que nadie daba un duro. Gran parte de la militancia del PP, a la que se le suponía estar en la dicotomía “rajoniana”, es decir, en la sucesión diferida entre los dos bandos que durante años mantuvo a raya, no han tirado la moneda al aire para elegir entre Soraya o Cospedal, han optado por alguien nuevo, marginado por el sistema pero que representa el cambio generacional.

La segunda vuelta, un sistema que permite a los ganadores rearmarse y reagrupar apoyos, parece decidida. Casado ya adelantó que irá a pelear su puesto ante los compromisarios en el Congreso, sabiendo que los enemigos de Soraya, que son muchos, le votarán. Cuenta de antemano con el apoyo de Cospedal, lo que le asegura ser el próximo presidente del PP y aspirante a la presidencia del Gobierno.

El PP tiene por delante un futuro duro, pero no menos apasionante para un partido que ha convertido una crisis profunda en una oportunidad. Quién sea elegido está obligado, en primer lugar, a integrar las distintas sensibilidades en el aparato. Cospedal, ya lo dijo ayer, pondrá precio a sus apoyos, entre ellos a su propia situación personal. Soraya clamó por el entendimiento y la integración y García-Margallo quiere seguir “sirviendo al partido”. El segundo gran reto es reinventar el partido y resucitarlo como opción de Gobierno, a sabiendas de que quien hoy ocupa La Moncloa lo hace de forma interina, como paréntesis y apoyado por fuerzas independentistas y radicales que están poniendo en solfa principios importantes del Estado. Y en tercer lugar recuperar el electorado fugado a Ciudadanos aprovechando que está en horas bajas y que su estrategia fagocitando al partido mientras gobernaba ha quedado liquidada con la irrupción del PSOE en el Gobierno.