Opinión

El relato de la Transición

01/09/2018

Hay cuentos comunes que unen a las mejores familias o comunidades. Lo colectivo siempre requiere de un relato firme y emocional que una a las diversas generaciones. El de nuestra democracia es el de la Transición, ese éxito incuestionado por un largo tiempo que por último ha servido como pretexto para Podemos en aras de finiquitar el sistema constitucional de 1978. La Transición, con sus luces y sus sombras, da para mucho. Pablo Iglesias le sirve como munición para conectar el estado actual del poder con el pecado de la izquierda de haber negociado con las élites franquistas en una posición de inferioridad. Pero esto de apelar a la Transición no es nuevo, sí lo es su virulencia o intensidad. José María Aznar allá por la década de los años noventa invocaba la necesidad de acometer una segunda Transición. Y si lo decía entonces el centroderecha, en pleno bipartidismo, por qué no iba a estar legitimado ahora Podemos que cuenta con cinco millones de votos.

La valoración que se realiza sobre la Transición hoy en día es más completa (y, por lo tanto, viva) que hace una década. La Gran Recesión de 2008 con las enormes consecuencias sociales que ha tenido ha conllevado una transformación del sistema de partidos (Podemos y Ciudadanos) que, en última instancia, ha generado la actualidad de este debate. No estábamos acostumbrados a cuestionar la Transición y pilares esenciales del modelo: desde la credibilidad de la Casa Real hasta la independencia del Tribunal Constitucional.

Aznar nunca culminó esa pretendida segunda Transición. Seguramente porque ese discurso tan solo era una forma de impregnar al PP el viaje al centro ideológico y acaparar el voto de la mayoría social que permitiera dar la vuelta a tantos años de poder socialista. Y, cómo no, en el periodo de dinero fácil amén del Banco Central Europeo y la efervescencia de la burbuja inmobiliaria ya no se volvió a hablar de la Transición ni en su primera ni en su potencial segunda versión. En La Moncloa las cosas se ven distintas. Y a Podemos le ocurriría exactamente lo mismo. Es más, Iglesias pasó a convertirse en socialdemócrata entre los comicios generales de 2015 y los de 2016.

En fin, mientras Pedro Sánchez y Pablo Casado alberguen más de la mitad de los votos en las urnas, y el bipartidismo permanezca cuando menos latente, no tendrá mayor cabida el revisionismo de la Transición. Esta tarea precisa de una pujanza que Podemos no tiene. De hecho, sus altas expectativas electorales al calor de la crisis económica han dado paso a un horizonte posible de quedar encorsetado a modo de lo que era IU en sus mejores momentos. Y que Iglesias sea, en suma, Julio Anguita en el estrenado siglo.