El canciller alemán, Olaf Scholz. / efe

Scholz ha aprendido de las derrotas para alcanzar su sueño infantil

El dirigente socialdemócrata fusiona su partido y sella la coalición que deseaba

JUAN CARLOS BARRENA

Nadie daba un euro por Olaf Scholz cuando en verano de 2020 el Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) le nominó oficialmente como candidato a la Cancillería Federal. La formación con más de 150 años de historia, dividida en guerras intestinas que habían devorado dos presidentes del partido en poco más de 26 meses, no tenía a nadie mejor para aspirar a la jefatura del gobierno germano y su ala izquierdista lo aceptó a regañadientes. EL SPD se encontraba entonces en mínimos históricos de popularidad con una paupérrima intención de voto del 14%. La afirmación en agosto de aquel año del propio Scholz de que ganaría los comicios federales de septiembre pasado provocó la incredulidad y asombro de sus correligionarios y las carcajadas de sus rivales políticos conservadores en torno a la canciller federal, Angela Merkel, que se soleaban en pronósticos de más del 30% de votos gracias al prestigio de la estadista y su efectiva actuación ante la epidemia de coronavirus.

Un año antes, en octubre de 2019, Scholz, de 63 años, había fracasado en su intento de asumir la presidencia del SPD. Capitaneados por Kevin Kühnert, el líder rebelde de los «Jusos», las juventudes socialdemócratas y el ala izquierda del partido hicieron una efectiva campaña contra él en la votación interna entre los 450.000 afiliados. El 85% rechazó su candidatura y una mayoría optó por dos desconocidos para asumir la primera bicefalia en el liderazgo socialdemócrata, Nortbert Walter-Borjans y Saskia Esken. La resistencia interna contra Scholz venía de antes. Ya a principios de 2018 cuando el SPD se vio forzado por razones de estado a negociar una nueva gran coalición como socio menor de los cristianodemócratas y socialcristianos (CDU/CSU) de Merkel, el partido hizo lo imposible por reventar esa opción. Kühnert fue de nuevo el cabecilla del movimiento «No GroKo», el no a la «Grosse Koalition», que estuvo a punto de forzar unas elecciones anticipadas.

Al final la entonces presidenta del SPD, Andrea Nahles, fustigó a su formación hasta sellar un pacto de gobierno que aguantó la legislatura completa. Scholz se convirtió en vicecanciller federal y titular de Finanzas en el cuarto gabinete de Merkel. La operación supuso el sacrificio final de Nahles, que año y medio después tiraba la toalla quemada por la resistencia interna. Su antecesor, el expresidente del Parlamento Europeo Martin Schulz, había hecho lo mismo tras menos de un año en la jefatura del SPD y perder los comicios de 2017. La renuncia de Nahles fue una derrota más de Scholz en la guerra de trincheras contra Kühnert y el ala izquierda. La enemistad se fraguó en 2017. Ese año Olaf Scholz finalizaba su etapa como exitoso alcalde-gobernador de la ciudad-estado de Hamburgo con una catástrofe. La cumbre del G20 en la capital portuaria de Alemania derivó en jornadas de caos y violencia protagonizadas por elementos de ultraizquierda llegados de todo el continente, con una severa actuación policial ordenada por Scholz que fue duramente criticada por sectores de su propio partido.

De las risas a la admiración

Pero todo eso es pasado. El escepticismo de sus filas y las carcajadas de sus rivales de hace un año se han convertido, entre tanto, en admiración. En el plazo de algo más de un año ha logrado dar la vuelta a la tortilla de la popularidad . Primero en primavera adelantando a Los Verdes y su candidata Annalena Baerbock, hoy la más joven ministra de Exteriores en la historia de Alemania, y luego en verano al desafortunado aspirante conservador Armin Laschet, para imponerse en los comicios. Scholz ha logrado además conjurar la coalición que buscaba y no la de socialdemócratas, verdes y La Izquierda que deseaban Kühnert y el ala radical de su formación. Y pese a la resistencia inicial de sus correligionarios, ha vuelto a fusionar completamente a los socialdemócratas. El abrumador 98,8% de aprobación a la nueva alianza de gobierno logrado en el congreso extraordinario del SPD hace ocho días demuestra que todos le respaldan ahora y que ha logrado la reconciliación. Kühnert no cabe en sí de gozo al tener en Scholz al cuarto canciller federal socialdemócrata de Alemania.

Admiración también, expresada públicamente incluso por su rival electoral Laschet, por la armonía en las negociaciones para el acuerdo de coalición con Los Verdes y el Partido Liberal (FDP). Un acuerdo negociado en un ambiente de confianza, dedicación y amistad, completamente hermético para los medios, cerrado en el plazo previsto de ocho semanas sin que se escuchara un solo crujido. Christian Lindner, líder liberal y nuevo ministro de Finanzas, ha elogiado el «andamio interno» de Scholz, su postura y soberanía durante las conversaciones. La mezcla de buena preparación, capacidad de formulación y disposición al compromiso sorprendió incluso a sus compañeros de partido. Un político que parecía un apéndice gris de Merkel y que ha sabido conducir a sus correligionarios y a sus nuevos socios por la vereda que él mismo ha marcado.

Casado y sin hijos desde hace 23 años con Britta Ernst, ministra de Educación en el estado de Brandeburgo, Scholz vivió este miércoles su momento estelar durante la sesión de investidura en el «Bundestag» acompañado de toda su familia. Además de su esposa, sus dos hermanos menores, Jens, anestesista y presidente de la Clínica Universitaria de Schleswig-Holstein, e Ingo, director de área en una empresa informática, estuvieron en la tribuna de invitados, al igual que sus padres Gerhard y Christel Scholz. Ferroviario jubilado de 86 años, Gerhard Scholz reveló a los medios que el nuevo jefe del gobierno federal sorprendió a toda la familia cuando a la edad de 12 años afirmó que de mayor quería ser canciller federal. «Se planteó esa meta muy temprano, todavía iba a la escuela», comentó orgulloso su progenitor.