Timy, el alemán al que el estallido de la invasión le pilló de vacaciones en Camboya, rumbo a Odesa. / d. o.

El autobús que lleva a Timy a la guerra

Un alemán viaja por las carreteras de Rumanía y Moldavia para alistarse como voluntario para ayudar en Odesa con la contienda que se libra

DAVID S. OLABARRI Chisináu

El viejo autobús que lleva hasta Chisináu no sale hasta que no queda ni un asiento libre. El billete para cubrir los apenas 150 kilómetros que separan Iasi, la segunda ciudad de Rumanía, de la capital de Moldavia cuesta 75 lei (unos 15 euros). No se puede pagar con tarjeta ni reservar con antelación. Tampoco hay ventanillas para comprar los tickets. Aquí el que manda es el conductor. Los pasajeros se van montando poco a poco. Todos llevan gruesos abrigos y abultadas maletas. Ya casi no cabe un alfiler y muchos tienen que llevar sus bolsas encima de sus piernas. Uno de los últimos en subir es Timy. El autobús sale con más de media hora de retraso.

Basta con echarle un vistazo para percatarse de que Timy es distinto al resto. La inmensa mayoría del pasaje son moldavos que trabajan en Rumanía y vuelven a sus casas a pasar unos días. Gente muy humilde. Ninguno habla inglés. Timy tiene 55 años, lleva una visera y luce un pañuelo en el cuello. Lleva una mochila de monte y una pequeña riñonera. Va hasta Chisináu con el objetivo de cruzar la frontera con Ucrania y llegar a Odesa, la perla del mar Negro. Allí están sus amigos, que se preparan para un ataque del Ejército ruso. Allí está también la ciudad que le cautivó y que le atrapó varios años, hasta el punto de que tiene un permiso de residencia estable. Timy quiere ayudar. Pero reconoce que jamás ha cogido un arma. Lo suyo es el arte y disfrutar de la vida. «Estoy aterrado», confiesa.

El inicio de la invasión rusa le cogió en Camboya de vacaciones. Llevaba allí desde noviembre, recorriendo el país en moto. La guerra le «rompió» por dentro. Sus amigos le escribían. Él les enviaba dinero. Pero quería hacer más. Al final, tres semanas después de la invasión, cogió varios aviones hasta llegar el viernes al aeropuerto de Iasi, muy cerca de la frontera con Moldavia. «Voy a ayudar en la cocina o en lo que haga falta a los grupos de resistencia civil. Pero si los militares llegan hasta nuestra puerta me defenderé como haga falta», explica.

Entre Iasi y Chisináu no hay autopistas. En algunos tramos la carretera está llena de baches. Dentro del autobús hace mucho calor, pero casi nadie se quita las chamarras ni los gorros. Apenas se tarda 40 minutos en llegar a la frontera. Hay que superar dos controles de fronteras: el de Rumanía y el de Moldavia. En uno de ellos los policías obligan a bajarse a todo el autobús. Revisan pasaportes y maletero. Lleva bastante tiempo. Pero nada comparado con las kilométricas colas que hay en sentido contrario. Son coches y coches de matrícula ucraniana. Cientos -quizá varios miles- de personas que han conseguido salir de su país por la frontera con Moldavia y que ahora ponen rumbo hacia otros destinos. Personas que han conseguido ponerse a salvo. Pero que siguen con un nudo en el pecho, pensando cuándo podrán volver a sus casas.

335.000 desplazados

El Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (Acnur) estima que unas 355.000 personas han cruzado por los límites de Moldavia. En total, ya han huido de Ucrania más de 3 millones. Este país, que no es miembro de la Unión Europea, ha tenido que pedir ayuda para atender esta emergencia humanitaria. Y no es de extrañar. Hablamos de uno de los Estados más pobres del continente y que, además, apenas tiene tres millones y medio de habitantes. Según datos del Banco Mundial, en el año 2000 un 50% de su población vivía por debajo del umbral de la pobreza. Hoy el salario medio de esta exrepública soviética se encuentra en torno a los 400 euros. «Ningún refugiado que tiene opción de elegir quiere quedarse aquí», dice Irina, una estudiante, desde el transporte público.

Las necesidades se perciben desde el primer momento. En los pueblos cerca de la frontera se ve a muchos jóvenes portando fardos de leña para calentar las casas. Muchos caminos están sin asfaltar. Abundan las viviendas abandonadas. Apenas hay comercios ni gasolineras hasta llegar a la capital. A lo lejos, las colinas están nevadas. Timy observa el paisaje en silencio. Sólo piensa en llegar hasta la frontera con Ucrania. Allí le está esperando un amigo que le conducirá hasta Odesa. «Es el momento de ir a ayudar. Dentro de una semana quizá no se pueda entrar en la ciudad por los ataques», repite.