El féretro con los restos de Isabel II llegan a la Abadía de Westminster / reuters

Isabel II reposa ya en Windsor tras un histórico funeral de Estado con 2.000 invitados

Representantes de decenas de casas reales, presidentes y otros dignatarios han despedido a la reina mientras Reino Unido cierra la era isabelina

ÍÑIGO GURRUCHAGA Londres

Cientos de miles de británicos, jefes de Estado y de Gobierno de los cinco continentes y su familia han despedido este lunes a Isabel II, en una jornada que ha puesto punto final a una era isabelina del Reino Unido, en la que la monarca favoreció la estabilidad del país durante siete décadas de grandes transformaciones. Era también el final de los ritos fúnebres que se han extendido durante diez días a raíz del fallecimiento de la soberana el pasado día 8 en el castillo de Balmoral.

Westminster Hall, el más antiguo salón del edificio que aloja al Parlamento, cerró sus puertas a primera hora de la mañana a los peregrinos que, desde el pasado miércoles, avanzaban en una larga cola para honrar el catafalco con el féretro de la fallecida. La procesión civil había sido el gran foco de los actos fúnebres desde su muerte súbita en la mansión escocesa.

Antes de que el féretro fuese transportado a la vecina abadía, la extensa familia de la reina, los monarcas europeos y presidentes como el estadounidense Joe Biden, el francés Emmanuel Macron o el brasileño Jair Bolsonaro ya ocupaban sus asientos. Les acompañaban jefes de las fuerzas armadas, exprimeros ministros y doscientos británicos galardonados por la Corona por su trabajo durante la pandemia.

Los 2.000 invitados asistieron a un funeral típico de los servicios religiosos solemnes de la Iglesia de Inglaterra. Lectura de salmos y fragmentos de la Biblia, y oraciones, acompañadas de música de órgano y las voces de los coros de la abadía y de la Capilla Real en el palacio de St. James. La primera ministra, Elizabeth Truss, y la baronesa Scotland de Asthal, secretaria general de la Commonwealth, que agrupa a países que pertenecieron al Imperio Británico, participaron en las lecturas.

La Iglesia de Inglaterra es la iglesia oficial del Estado desde su separación de Roma en el siglo XVI. Los primeros ministros eligen a los obispos entre los dos candidatos que les presenta una comisión, y el monarca los nombra. Veintiséis obispos se sientan en la Cámara de los Lores. Oficia funerales, bodas y coronaciones de la realeza. Está muy vinculada también a los regimientos militares, con una larga tradición de desfile, utilizada para inculcar disciplina en las tropas.

El resultado de esa combinación es que las ceremonias del Estado británico ofrecen a menudo un espectáculo llamativo. Pero el arzobispo de Canterbury, Justin Welby -que trabajó en empresas petrolíferas y bancos, se acercó más a Dios cuando su hija murió en un accidente y es considerado como simpatizante de la corriente evangelista-, dedicó su homilía a elogiar los efectos del cristianismo que profesaba la fallecida.

En una iglesia abarrotada de poderosos dignatarios, Welby comenzó su prédica afirmando: «La pauta de muchos líderes es que sean exaltados en su vida y olvidados tras su muerte. La pauta de los que sirven a Dios es que, famosos u oscuros, respetados o ignorados. la muerte sea la puerta a la gloria». Subrayó que el afecto mostrado hacia la reina se debía a su «abundante vida y a su servicio amoroso».

Un castillo vacío

Más adelante, volvió a dirigirse a los dignatarios que habían sido invitados a celebrar la vida de la monarca británica. «Es escasa la gente que sirve amorosamente en la vida corriente, pero líderes que sirven amorosamente son aun más escasos», les dijo el arzobispo. «Pero, en todos los casos, aquellos que sirven serán amados y recordados, mientras quienes se aferran al poder y a los privilegios serán pronto olvidados», añadió.

La Real Policía Montada de Canadá lideró, tras finalizar el funeral, la procesión del féretro desde el exterior de la abadía hasta el Arco de Wellington, un punto de cruce de los parques reales en el centro de Londres y de coincidencia de monumentos memoriales de la participación de tropas de Australia y Nueva Zelanda en las guerras mundiales. Les acompañaban regimientos británicos y representantes de las fuerzas armadas de otros países de la Commonwealth.

El fortalecimiento de esos lazos es importante para un Reino Unido que se ha desgajado de la Unión Europea. Los encuentros de estos días han contribuido a apaciguar los debates sobre una pronta independencia de la Corona británica que se están aireando en Australia y en países del Caribe. Hay quizás un impacto también beneficioso por la proyección pública de la adhesión de los británicos a sus instituciones.

Ese mensaje, primordialmente doméstico, se repitió en el trayecto del féretro desde el centro de Londres hasta el castillo de Windsor. La cantidad de público congregado sobrepasaba claramente a las que acudieron a eventos alegres, como los matrimonios de Guillermo y Catalina, en la misma abadía, o de Enrique y Meghan, en Windsor. Solo el funeral de Diana, hace 25 años, podría acercarse en el tamaño de la movilización.

Las carreteras hacia Windsor y en el Largo Sendero que conduce al castillo estaban abarrotadas de un público optimista, que aplaudía a un féretro que avanzaba hacia el entierro. También, hacia el acto final de esta era isabelina. Fue despojado de su orbe esférica, del espectro (una vara dorada con un diamante de 530,2 quilates), de la corona imperial, de sus títulos.

'La Más Alta, Más Poderosa, Más Excelente Monarca Isabel Segunda, por la Gracia de Dios Reina del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte y de Otros Reinos y Territorios, Defensora de la Fe, y Soberana de la Más Noble Orden de la Jarretera' es ya historia. Su hijo, Carlos, recuperará los instrumentos y los títulos con su coronación.

Ocurrió en la capilla del castillo, en la parte final de un servicio religioso más íntimo, con presencia de familias reales y de empleados de la Casa Real británica; también de personas allegadas a la monarca fallecida. El féretro fue descendido a la cripta donde reposan los restos de su marido, Felipe de Edimburgo; su padre, Jorge; su madre, Isabel; y su hermana, Margarita.

La congregación cantó el himno, 'Dios salve al rey'. Y Windsor se vació. Isabel había residido allí los últimos años, hasta que se fue a Balmoral, pero no hay miembro de la familia que quiera vivir allí, aunque los príncipes de Gales y sus hijos, el duque de York, Andrés, y los duques de Wessex, Eduardo y Sofía, residen en el vecindario.