El cortejo fúnebre llega al castillo de Windsor. /Dek Traylor

El cortejo fúnebre llega al castillo de Windsor. / Dek Traylor

El mayor espectáculo del mundo

Los británicos son los reyes de la mercadotecnia monárquica. Han sabido convertir un funeral en una serie dramática que mantuvo el interés hasta el capítulo final

ROSA PALO

«Con un funeral así me dan ganas de morirme», me dice mi colega Juan Diego por wasap. Toma, claro. Y a mí. Menudo espectáculo. Los británicos son los reyes de la mercadotecnia monárquica. Y la BBC, la de Bodas, Bautizos y Comuniones, tendría que añadirle a su nombre una F de Funerales después de convertir la retransmisión de las honras fúnebres de Isabel II en la mejor miniserie del año. Se merecen ganar todos los Bafta y varios Emmy, en especial los actores protagonistas: un rey y una reina consorte que fueron amantes durante sus matrimonios anteriores, un hijo despojado de honores debido a una conducta tan impropia de un 'royal' como de un vasallo, un heredero al trono para el que la calvicie prematura va a ser el menor de sus problemas, un nieto que ha renunciado a todos sus deberes y a ningún derecho, una actriz que quiso convertir su vida en una película y una princesa de Gales de aspecto tan regio que, a pesar de ser plebeya, parece nacida para reinar. Y estoy segura de que nuestros reyes, eméritos y no eméritos, se llevan el premio a los mejores actores de reparto en una serie dramática. Porque vaya trago.

Hoy ha sido el capítulo final. Y no ha defraudado en absoluto: los personajes, la banda sonora, la fotografía (esos planos cenitales de la abadía de Westminster), la ambientación, el guion; todo destinado a que unas imágenes que quedan para el futuro fueran disfrutadas en el presente por un público que se ha arremolinado en cines, parques y salones en torno a pantallas grandes y pequeñas para ver las exequias. Una Super Bowl británica en la que ni siquiera ha hecho falta la actuación de Beyoncé. Porque ellos tienen a la verdadera reina.

Viaje hacia la eternidad

Y, ahora, a ver quién es el guapo que se muere. Quién va a iniciar su viaje hacia la eternidad en un féretro dispuesto sobre un armón de artillería ('armón' es la palabra que hemos aprendido en este funeral, igual que aprendimos 'camarlengo' cuando falleció el papa Juan Pablo II) trasladado por 142 marineros de la Royal Navy. Quién tiene un gaitero propio que toque en su entierro. Quién conseguirá que su foto sustituya a las imágenes de pisos a estrenar en los escaparates de las inmobiliarias. Quién puede llevar sobre su ataúd una corona, un cetro de mando y un orbe. Quién va a hacer que suenen las campanas del Big Ben. Y quién tiene tanta capacidad de convocatoria como para que vayan a despedirle todas las testas coronadas, todo el poder, el político y el simbólico. No seré yo, desde luego. Bastante tendré si se acerca mi panadera a rezarme un padrenuestro.

Isabel II, como el Cid, sigue ganando batallas después de muerta: no solo ha proyectado su alargadísima sombra sobre su hijo y los suyos, sino también sobre el resto de las casas reales europeas. Esta mañana, los jefes de protocolo han tomado buena nota mientras un sudor frío les recorría la espalda. No me gustaría estar en su pellejo.

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