El ensañamiento de la guerra en Ucrania lamina los arsenales de Rusia y Estados Unidos

Los bombardeos constantes agotan la munición y tensan las reservas de los dos países en vísperas de un invierno donde la artillería será clave

Miguel Pérez
MIGUEL PÉREZ

La llegada del invierno a Ucrania significará un cambio de paradigma en la guerra, según los expertos, que hará prevalecer la batalla artillera. Con suelos que se verán congelados y embarrados, donde los blindados tienen grandes dificultades para avanzar y a las tropas les resultará casi imposible abrir trincheras con palas, los analistas otorgan total protagonismo a los lanzacohetes. Y esto convierte la invasión en una suerte de elecciones reñidas: cada obús cuenta. Porque tanto Rusia como Estados Unidos y algunos de sus principales aliados -todos ellos los grandes suministradores de armas a Kiev- están cerca del límite de sus reservas y los dos ejércitos contendientes coinciden en que será la capacidad de reponerlas el factor que determine el curso de la campaña.

Solo después del final de la guerra se conocerán sus verdaderas dimensiones dramáticas: el número real de muertos, el volumen total de los desahuciados a golpe de mortero y la auténtica extensión del paisaje devastado. Pero las previsiones resultan aterradoras. Algunos cálculos estiman que los artilleros rusos y ucranianos llegan a lanzar en un solo día 36.000 proyectiles, la mayoría desde el bando invasor. De ahí la amplia destrucción de edificios reventados a explosiones, que literalmente han barrido del mapa ciudades como Liman o Mariúpol, y el hecho de que Jersón ya se denomine como la próxima «madre de todas las batallas» urbanas, porque desde el asedio a Kiev el combate cuerpo a cuerpo ha sido muy secundario al diálogo de los cañones.

El presidente ruso, Vladímir Putin, urgió el martes a la industria militar a multiplicar su producción, incluso saltándose los protocolos mercantiles en aras a la urgencia. La proporción de disparos en el campo de batalla es de cuatro a uno a favor de Moscú, lo que en parte se explica por la posesión de un vasto arsenal básico heredado de la era soviética cuya munición es además más barata que los sofisticados proyectiles con que Ucrania es abastecida por Occidente. Un misil Excalibur, capaz de cubrir grandes distancias gracias a un propulsor autónomo, cuesta 109.000 euros. En cambio, un obús de 155 milímetros, tradicional, tecnológicamente pobre y del que Rusia conservaba una estimable reserva, puede conseguirse por menos de mil.

El arsenal ruso se encuentra en la cara oculta de la Luna. Nadie lo conoce a ciencia cierta. Algunos expertos calculan que posee veinte millones de proyectiles de gran calibre y habría utilizado un tercio. Su problema no es tanto de agotamiento real, pero sí virtual, que viene a tener un riesgo parecido: llegar al punto cero, la incapacidad de reposición a la velocidad necesaria. Un déficit provocado en parte por las sanciones internacionales que le han privado de determinadas piezas básicas. «Es poco probable que la industria de defensa de Rusia pueda producir municiones avanzadas al ritmo que las está utilizando», señalaba recientemente en sus informes diarios el Ministerio de Defensa británico.

El presidente israelí, Isaak Herzog, llevó el miércoles a la Casa Blanca las pruebas que el presidente estadounidense Joe Biden airea desde hace días sobre la colaboración de Irán para armar al Ejército ruso. El Kremlin ha buceado en este mercado, así como en el de Corea del Norte, presumiblemente, en busca de artilugios específicos como los drones kamikaze, toda vez que se está quedando sin asesinos más sofisticados. Le escasean los misiles de alta precisión. De los Iskander, temidos durante décadas por la OTAN, le quedarían alrededor de un 30% de reservas. La situación es tan absurda que los ocupantes han debido disparar contra posiciones ucranianas con misiles antibuque pesados de la década de 1960 y otros antiaéreos, imprecisos y con un alto grado de error.

Sin embargo, Moscú no pierde el humor venenoso. Altos cargos de Defensa se jactaban este jueves de que la OTAN y España están «rascando el fondo del barril» para suministrar apoyo militar a Ucrania tras anunciarse el envío de misiles MIM-23 HAWK, un proyectil de los años 60 inventado por Estados Unidos, que nunca los llegó a utilizar en combate y que el Pentágono sacó de catálogo en 2002. Aún así, un buen número de ejércitos los tiene todavía en sus bases. El suministro español estará formado por 36 lanzadores adquiridos en 1965 y en la década de los 90, en este caso de segunda mano.

Lanzamisiles Iskander rusos, en una imagen de enero de este año. / EFE

Al límite

Después de unos 18.000 millones de euros movilizados y a la espera de que el Congreso aprueba otra partida astronómica de 55.000 millones, la Casa Blanca ha tensado al máximo las costuras de su Ejército. Lo mismo que le sucede a la OTAN, la capacidad de abastecimiento armamentístico a Kiev no es infinita y ya no se trata únicamente de un problema de reunir plataformas y municiones para hacerlos llegar a sus tropas, sino de evitar el vaciado de los arsenales propios estadounidenses, británicos o alemanes, por citar tres ejemplos, y muy al límite. La lucha de gigantes enfurecidos que baña en sangre a tantos niños ucranianos también es un agujero negro de los ejércitos occidentales.

El Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales advierte que en EE UU hay equipos esenciales de alta tecnología militar que «están alcanzando los niveles mínimos necesarios para los planes de guerra y de entrenamiento». Y agregan que, para recuperar las reservas de armas previas a la guerra entre todos los socios de la OTAN, serán necesarios años. Apenas quedan misiles Stinger que exportar al frente. Y el martillo de la guerra ucraniana, los populares Javelin, están en la misma senda. EE UU ha enviado más de 9.000 unidades, pero sólo puede fabricar un millar por año.

Washington está «aprendiendo lecciones» del conflicto ucraniano. La principal, la necesidad de contar con arsenales fuertes. Tras su independencia, mandos militares ucranianos vendieron gran parte de las existencias exsoviéticas a ejércitos y cuerpos de seguridad africanos y ahora dependen en exclusiva de la producción extranjera.

Para los aliados, y en especial EE UU, la cuestión es de reloj. La industria militar se redujo paulatinamente después de la Guerra Fría y en las últimas dos décadas ha debido adaptarse a un ritmo de trabajo más pausado para alargar los encargos y evitar parar sus cadenas de producción. Faltan componentes. Hay sistemas que necesitan una fuerte reinversión para no quedarse obsoletos y otros que fueron cerrados por falta de demanda deberán reabrirse, como sucede con los Javelin, cuyas plantas dejaron de producirlos cuando EE UU tuvo ya llenos sus almacenes.

Una industria milmillonaria

Todo ello significa inversión. Dinero. Un ejemplo: el Gobierno norteamericano ha firmado un contrato reciente con la empresa responsable de los drones suicidas Switchblade -otro arma novedosa con un enorme valor estratégico en la confrontación con Rusia- por valor de 18 millones de euros que garantizará entregar a Ucrania 3.000 unidades en la primavera de 2023. Si se une el gasto estadounidense al de los aliados de la OTAN -que ha exigido a cada uno de ellos aumentar el presupuesto destinado a fines conjuntos- es fácil explicar que esta pasada primavera la industria armamentística mundial subiera un 10% y batiera un récord de beneficios estimado por algunas fuentes financieras en 82.000 millones de euros tan solo en tres semanas.

De las cien principales empresas mundiales dedicadas a producir armas, dispositivos militares y otros auxiliares, como motores para los cohetes autopropulsados, 41 están radicadas en Estados Unidos. Y de esa cuarentena, las cinco principales cotizantes en Wall Street acumulan ya una revalorización del 416%; un chute de adrenalina en el corazón de la economía norteamericana y de una industria de armas que incluso en mitad de la pandemia generó 531.000 millones de dólares en 2020.

La primera contratista internacional es americana. La segunda, británica; y ha revalorizado sus acciones un 28,6%. Precisamente, sus gobiernos son los que encabezan la contribución militar a Ucrania. Les siguen Alemania, Francia e Italia. El negocio va bien mientras Putin y Zelenski siguen negándose a negociar una salida fuera del baño de sangre. La guerra es mala solo para los civiles.