Lula celebra sus resultados ante simpatizantes en la Avenida Paulista de Sao Paulo acompañado de su esposa, Rosangela da Silva. Detrás, miembros de su equipo gesticulan haciendo una 'L' con las manos, símbolo de Lula. / Ettore Chiereguini / EFE

La resurrección de Lula: de la cárcel a acariciar la presidencia

El exmandatario, que no pudo votar en los anteriores comicios por estar preso, roza el 50% de votos y disputará el liderazgo de Brasil con Bolsonaro en la segunda vuelta

IÑIGO FERNÁNDEZ DE LUCIO

«Es un día importante para mí. Hace cuatro años no pude votar porque fui víctima de una mentira. Quiero ayudar a mi país a regresar a la normalidad». Luiz Inácio Lula Da Silva (Pernambuco, 1945), acudió este domingo a votar con solemnidad en Sao Bernardo do Campo (Sao Paulo), municipio donde el carismático dirigente del Partido de los Trabajadores (PT) se forjó como líder sindical y político.

Las primera vuelta de las elecciones presidenciales, legislativas y estatales brasileñas ha confirmado este domingo la resurrección de Lula. En menos de tres años ha pasado de estar preso y con la imposibilidad de presentarse a los comicios a rozar la presidencia. Para ello necesitaba alcanzar el 50% más uno de los votos, lo que vaticinaban algunas encuestas. Finalmente se ha quedado en el 48,35%, por lo que disputará la segunda vuelta el próximo día 30 contra el actual presidente Jair Bolsonaro, que ha dado un vuelco a los sondeos. Las encuestas le situaban en el entorno del 35-38% de las papeletas y ha obtenido el 43,26. Ambos líderes, que encarnan formas antagónicas de comprender la política, se medirán en las urnas en la segunda vuelta de los comicios más polarizados y reñidos en décadas.

La trayectoria de Lula cumple hasta ahora cada paso de la teoría cinematográfica del viaje del héroe: ascenso, coronación, caída en desgracia y resurrección. Forjado como líder sindical en las protestas contra la dictadura militar en los 70 y principios de los 80, se presentó tres veces a las elecciones presidenciales por el PT sin éxito. A punto de arrojar la toalla, dicen sus biógrafos que fue su amigo Fidel Castro quien le convenció de que merecía la pena seguir luchando. Lo hizo.

Y así llegó el primer gran triunfo electoral de la izquierda en la primera potencia de América Latina. Lula ganó dos elecciones consecutivas y gobernó el país entre 2003 y 2010. Durante su presidencia, 30 millones de brasileños dejaron atrás el umbral de la pobreza, una mejora que además se hizo sentir hasta el último rincón del país. El sistema educativo en general alcanzó cotas de acceso desconocidas, el desempleo se contrajo hasta tasas inferiores a la de Estados Unidos y el consumo se disparó, apoyado en una clase media que accedía a mejores trabajos y salarios más altos. El boom de las materias primas –incluido el hallazgo de grandes reservas de crudo– hizo que Brasil apenas sufriera los zarpazos de una crisis que en 2008 ya comenzaba a asolar el mundo.

Luego vino la decepción. Tras dejar la presidencia con un 87% de popularidad, e investir como sucesora a Dilma Rousseff, primera mujer en alcanzar el poder en Brasil, Lula cayó en desgracia. El escándalo de Lava Jato, una gigantesca red de corrupción con tentáculos por todo el continente en el que constructoras sobornaban a dirigentes para obtener contratos públicos, lo alcanzó de pleno. Fue condenado a prisión e inhabilitado políticamente por dos delitos de corrupción y lavado de dinero. También acumuló una decena de demandas por organización criminal, corrupción pasiva, organización delictiva, de nuevo sobornos... Así hasta una decena de causas que llegaron a sumarse en 2018. Nunca dejó de proclamar su inocencia.

Absolución y vuelta al ruedo

Sin embargo, en 2019 los nubarrones se esfumaron. El Tribunal Supremo, en una sentencia que sacudió toda América Latina y el mundo entero, absolvió a Lula de los delitos y le devolvió sus derechos políticos. No entró en el fondo del asunto, sino que anuló el juicio en el que había sido condenado por faltas de forma. En concreto, decretó que el tribunal que le juzgó no era competente y, más importante, que el magistrado, Sergio Moro, fue parcial durante el mismo.

Moro, de hecho, fue posteriormente ministro de Justicia con Bolsonaro, con quien rompió en 2019 para lanzar su propia marca política, que ahora se encuentra en el ostracismo más absoluto (aunque el magistrado ha logrado un escaño en el Senado). Moro destrozó su reputación como juez tras el escándalo judicial. Se intercambió una serie de mensajes con el fiscal en los que dejaba claro su falta de imparcialidad.

Y así es como Lula, el limpiabotas, metalúrgico, sindicalista héroe de la izquierda -aún villano para muchos, que dudan de que esté limpio de corrupción, ya que su absolución no entró en el fondo de las causas que se le imputaban-, ha vuelto para liderar una candidatura de izquierda que se ha quedado a menos de dos puntos de obtener el poder. En un intento por acercarse a quienes desconfían de él -también para tranquilizar a las élites económicas y los mercados-, lleva en su plancha perfiles moderados y de centro derecha.

Por ejemplo, en caso de ganar, su vicepresidente sería Geraldo Alckmin, veterano político exponente del centroderecha, que fue uno de los principales defensores del 'impeachment' (proceso de destitución) a Dilma Rousseff en 2016 y cargó duramente contra la corrupción del PT. Y como ministro de Hacienda propone a Henrique Meirelles, economista conservador expresidente del banco Central.

Habrá que esperar al último domingo de octubre para ver si Lula es capaz de obrar el milagro que vaticinan todas las encuestas. Lo que los sondeos no habían detectado es la amplia movilización que han demostrado las bases bolsonaristas. El próximo capítulo de la historia del gigante latinoamericano está aún por escribir.