MIKEL CASAL

Lula da Silva, el candidato bajo sospecha en un Brasil con memoria

Limpiabotas, metalúrgico, sindicalista, presidente artífice del milagro económico del país, villano... Todos caben en este hombre condenado por corrupción y absuelto tras 581 días de cárcel. El único con posibilidades de destronar a un Bolsonaro herido por la pandemia

Sergio García
SERGIO GARCÍA

Cuenta la leyenda que Luiz Inácio da Silva no conoció a su padre –«un pozo de ignorancia y alcoholismo», así lo ha descrito él– hasta los 5 años de edad y que no probó el pan hasta los 7. También que a este joven, nacido en Pernambuco, ese lugar remoto al que remiten los tebeos de Ibáñez, donde Mortadelo y Filemón buscan refugio cada vez que meten la pata, no le faltaron nunca recursos y que desde bien temprana edad aprendió a buscarse la vida, convencido de que nadie lo iba a hacer por él. Sus biógrafos le sitúan en las calles de Sao Paulo vendiendo mangos, en una fábrica de tornillos, en una carrocería perdiendo el meñique en una prensa hidráulica; ajeno a la política hasta que los militares arrestaron a su hermano mayor por pertenecer al Partido Comunista y le torturaron.

Desde entonces ha llovido mucho en el país del Amazonas y Lula da Silva ha sido uno de los grandes actores de ese escenario, omnipresente desde que en 1980 liderara las grandes huelgas de la industria metalúrgica que pusieron contra las cuerdas al régimen de Figueiredo. El mismo año que Lula fundó el Partido de los Trabajadores, del que sigue siendo santo y seña. Tras varios intentos frustrados, Lula asumió la presidencia del país el 1 de enero de 2003 y reeditó su mandato cuatro años más tarde, convertido ya en el artífice del milagro económico brasileño y obteniendo unos réditos que, aún hoy, son el mayor activo de este hombre de 75 años, que ha superado un cáncer y la infección del Covid, y se ve a sí mismo como un animal político.

El paso de Lula por el Palácio de la Alvorada merece ser estudiado en las universidades. Durante unos años –y eso lo reconocen hasta sus detractores– sirvió de modelo a un continente ahogado en deudas y sacudido por dictaduras de uno y otro signo. Durante su presidencia, 30 millones de brasileños dejaron atrás el umbral de la pobreza, una mejora que además se hizo sentir hasta el último rincón del país. El sistema educativo en general alcanzó cotas de acceso desconocidas, el desempleo se contrajo hasta tasas inferiores a la de Estados Unidos y el consumo se disparó, apoyado en una clase media que accedía a mejores trabajos y salarios más altos. El boom de las materias primas –incluido el hallazgo de grandes reservas de crudo– hizo que Brasil apenas sufriera los zarpazos de una crisis que en 2008 ya comenzaba a asolar el mundo.

Mientras Brasil se convertía en la sexta economía del planeta, la deuda pública se disparaba. Pero eso no parecía importar demasiado –lo hizo luego, ya con Rousseff, a la que tocó pagar los platos rotos–, atentos como estaban todos al paseo triunfal de un hombre que era citado por Obama como «el político más popular del planeta», galardonado con el Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional, y que conseguía para su país la celebración casi consecutiva de un Mundial de fútbol y los Juegos Olímpicos.

La decepción

Pero Lula estaba lejos de ser un modelo de honestidad y las causas judiciales contra él comenzaron a amontonarse sobre su mesa. La mayoría con un común denominador: el cobro de prebendas a cambio de contratos públicos donde figura con testaruda insistencia la nacional de hidrocarburos Petrobras. Corrupción entendida desde todos los ángulos: aceptación de sobornos para reformar apartamentos de su propiedad –como el tríplex de lujo en Guarujá, caso que le llevó a cumplir 581 días de cárcel de los 12 años que llegaron a pesar sobre él–, obstrucción a la justicia –Dilma Rousseff, su delfín, le nombró en un tiempo récord ministro de la Casa Civil para garantizar su aforamiento y blindarle ante los cargos en su contra—, lavado de dinero o tráfico de influencias –por haber presionado al Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDES) para conceder préstamos a obras en Angola–.

Conforme pasaban los meses, a Lula le crecían los enanos. A las acusaciones descritas se sumaban demandas por organización criminal, corrupción pasiva, organización delictiva, de nuevo sobornos... Así hasta una decena de causas que llegaron a sumarse en 2018 –y de las que tampoco escapaba su sucesora–, pero que ahora, por arte de birlibirloque, han sido desestimadas. No porque no fueran ciertas, sino por considerar la Corte Suprema que el magistrado Sergio Moro, muñidor de la operación 'Lava Jato' que permitió aflorar los negocios turbios con Petrobras, no actuaba dentro de sus competencias. La Fiscalía ha recurrido la anulación de las condenas y los once jueces del Alto Tribunal serán ahora quienes decidan si vuelven a meter al ex presidente entre rejas o si le permiten seguir adelante con sus ensoñaciones de candidato.

Atento al devenir de los acontecimientos está Jair Bolsonaro, el adalid de la ultraderecha que llegó a la presidencia cabalgando una ola de indignación pero al que la pandemia ha comido el crédito a bocados. Autonombrado 'mesías' de la nación, desde su nombramiento su agenda ha estado presidida por el esperpento y tanto él como sus hijos encaran sendas investigaciones de la Justicia. Ni siquiera Sergio Moro, en otro tiempo su ministro más valorado y látigo de Lula, continúa a su lado.

Da Silva se deja querer por una izquierda que carece de alternativas para plantar batalla a año y medio de las elecciones

Sondeos favorables

Con eso y con todo, Bolsonaro seguía sin tener un solo rival que mereciese ese calificativo, no tanto por sus propios méritos como por el odio que aún despierta Da Silva entre amplias capas de la sociedad. Hasta ahora. Su archienemigo estaba confinado en casa, pero ha recibido la vacuna y desde entonces no para de hacer bolos y de dejarse querer: lo mismo da que sea ante empresarios que pastores evangelistas. También ante esa izquierda en horas bajas que carece de un encantador de serpientes que esté a su altura.

Aunque los sondeos den a Lula como favorito, nada está escrito, y menos en unas elecciones que no se celebrarán hasta octubre del año que viene, cuando la llave de la gobernabilidad quizá la tengan los partidos de centroderecha. Hasta entonces, Bolsonaro, que controla la maquinaria federal, puede intentar cualquier ardid para recuperar popularidad, como rescatar la paga del coronavirus que impulsó el año pasado y cuya nefasta gestión obligó a suspender en enero. A Lula le tiene reservado un camino de espinas.

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