Santiago Abascal y el candidato de Vox, Ignacio Garriga, se dirigen a avalorar los resultados electorales de su partido el domingo por la noche. / E. P.

La derecha entra en ebullición con el auge de Vox

Abascal proclama que su partido ya se ha convertido en «la alternativa» al Gobierno de Sánchez tras la caída del PP y Cs en Cataluña

Ramón Gorriarán
RAMÓN GORRIARÁN Madrid

«Doy la palabra al próximo presidente del Gobierno», anunció eufórico el domingo por la noche el candidato de Vox en las elecciones catalanas para dar paso a Santiago Abascal. El líder de la formación ultraderechista lo dijo al calor de los resultados y lo repitió ayer con menos adrenalina: «Somos la alternativa». PP y Ciudadanos asisten boquiabiertos y angustiados al auge de su derecha. Los populares habían asumido que iban a verse rebasados por Vox, pero no que iban a recibir una paliza. Ciudadanos ni eso, estaba convencido de que, a pesar de su imparable retroceso, quedarían por encima.

Abascal, al revés que los vencidos, extrapoló los resultados catalanes y con los números en la mano concluyó que su «deber es la construcción de una alternativa a nivel nacional». Unas palabras que habrán causado un sarpullido a Pablo Casado. El líder del PP se considera el destinado a jugar ese papel frente a Pedro Sánchez, pero el pertinaz boquete de Cataluña envenena sus sueños. Los populares ya fueron la última fuerza en las autonómicas 2017 y en las generales solo lograron dos escaños de los 48 en juego. Nadie ha ganado unas elecciones nacionales siendo irrelevante en Cataluña.

Abascal pretende ponerse manos a la obra para asaltar la hegemonía nacional del PP apuntalado por sus buenos resultados de este domingo, casi cuadruplicó en escaños al PP, duplicó a los naranjas, logró diputados en las cuatro circunscripciones y se convirtió en el cuarto grupo del Parlament. Su pujanza, además, no disminuye en los territorios donde tiene representación, y su éxito en Cataluña refuerza su posición de árbitro en las coaliciones de gobiernos regionales que sustenta como socio externo.

Pero Vox no lanza por ahora las campanas al vuelo. Abascal ha presentado sus cartas credenciales y continuará con la labor de zapa en el electorado conservador. La moción de censura de octubre pasado contra Sánchez, leída por muchos como un fracaso, ha demostrado ser una pista de despegue.

La incógnita radica en discernir si sus más de 200.000 votos son de su propiedad o son un préstamo, como se ha comprobado con Ciudadanos. Los liberales han visto evaporarse casi un millón de votos y 30 escaños respecto a 2017, y lo que era un futuro prometedor se ha transformado en un presente descorazonador. Los dirigentes de Vox admiten que buena parte de su éxito no se entiende sin el fracaso de PP y Ciudadanos y la consiguiente transferencia de votos. El reto es consolidar esos apoyos para futuras citas electorales.

El equipo de Casado considera una ocurrencia que Vox pueda convertirse en la alternativa al Gobierno de Sánchez o que pueda convertirse en el partido de referencia de la derecha. Arguyen que su implantación territorial, su trayectoria, su capacidad de gestión son activos políticos muy superiores a los valores que puedan acreditar los de Abascal. El espejo europeo, en el que las fuerzas de extrema derecha han engullido a la derecha tradicional, no le sirve al PP.

Casado ha dejado para este martes la reunión del comité ejecutivo del partido para analizar el batacazo. Los dirigentes populares parecen noqueados y no se explican qué ha ocurrido. El secretario general, Teodoro García-Egea, confesó que hace dos semanas, según sus estudios y hasta el del CIS, tenían asegurados diez diputados.

«Juego sucio» del Gobierno

El líder popular puso toda la carne en el asador de la campaña, su presencia fue casi constante, y también fue sustantiva la presencia de la estrella emergente, Isabel Díaz-Ayuso. A falta de conocer una valoración más concienzuda, el PP solo achaca su derrota a factores coyunturales. La baja participación y la entrada en escena de Luis Bárcenas y sus acusaciones en plena campaña, de lo que culpan al «juego sucio» Gobierno de Sánchez, son los dos elementos a los que se aferran los dirigentes populares para explicar la sangría.

Nadie, al menos en público, apunta a razones estructurales o de proyecto político para enmarcar el fiasco. Ningún barón territorial ha alzado la voz y no hay dirigentes con peso interno que hayan pedido cuentas a Casado.

Inés Arrimadas no puede decir lo mismo. Se enfrenta a una creciente contestación interna y los reproches s on cada vez más ácidos. Pero la líder de Ciudadanos ni se plantea la dimisión ni cortar cabezas en su equipo, al menos eso defendió en la reunión de la dirección celebrada a última hora de ayer.

Pero el de Cataluña puede no ser una cuenta más en el rosario de reveses que acumula Ciudadanos. No son pocos los que evocan a UPyD y temen estar en puertas de la desaparición o de la absorción por parte del PP.