Roger Federer saluda al público de Wimbledon. / Adrian Dennis / AFP

Análisis

Una raqueta genial

Federer llegó al olimpo cuando domesticó su carácter infantil volcánico. El pequeño Roger chillaba y tiraba las raquetas al suelo por cualquier fallo

PÍO GARCÍA

Roger Federer irrumpió en una época de bombarderos sin gracia para defender las esencias más refinadas del tenis: en sus victorias (e incluso en sus derrotas) siempre ha habido elegancia, ritmo, variedad, exactitud, cadencia y plasticidad. «Verle es como vivir una experiencia mística», le alabó, tras agotar todo el saco de adjetivos grandilocuentes, el escritor americano David Foster Wallace.

Durante muchos años, los estilistas de Nike han aprovechado la rivalidad entre Federer y Nadal para contraponer sus dos estilos: al suizo lo diseñaron como el campeón clásico, distinguido e impoluto; al español lo vistieron como a un jovenzuelo irreverente, contestón y revolucionario. Federer salía a jugar con chaquetilla decimonónica y polito blanco y, enfrente, se encontraba con un Nadal de camiseta chillona sin mangas y pantalones pirata. Una oposición muy rentable para la compañía de ropa deportiva, pero esencialmente falsa: ni Nadal era tan salvaje ni Federer tan flemático. Las impecables formas del tenista suizo esconden un volcán de frecuentes (pero soterradas) erupciones.

Para entender a Roger Federer (Basilea, 1981) hay que bucear en su juventud. Sus padres, el suizo Robert y la sudafricana Linnette, trabajaban en la multinacional farmacéutica Ciba-Geigy y sentían pasión por el tenis, aunque jamás lo practicaron en serio. Federer creció en los suburbios de Basilea y pronto encontró un ídolo, el alemán Boris Becker, y un maestro, el australiano Peter Canter. A los 8 años, sentado frente al televisión, el pequeño Roger rompió a llorar, a gritar y a patalear cuando Stefan Edberg derrotó a su amado Becker en la final de Wimbledon de 1985. Aquellos irrefrenables estallidos de mal genio, que ahora nos parecen tan insólitos, eran moneda corriente en el comportamiento del pequeño Roger.

En el fondo, la historia del éxito del tenista suizo es la historia de la domesticación de un carácter demasiado ardiente. Durante sus años juveniles, Roger ofrecía frecuentes destellos de genialidad, pero en seguida malgastaba sus energías: cuando fallaba un punto chillaba, tiraba la raqueta al suelo, se hundía en reproches, clamaba al cielo... Fue Peter Canter, un antiguo y poco relevante jugador de tenis, quien le enseñó la importancia del autocontrol: le acompañaba de torneo en torneo y no solo le explicaba los secretos del servicio o los pormenores del revés, también le ponderaba la importancia de la psicología y la conveniencia de mostrarse gentil con el árbitro, amable con los oponentes... y, sobre todo, respetuoso consigo mismo.

Como puede comprenderse, el aprendizaje no fue inmediato. Canter tuvo que sudar tinta china para que su pupilo se concentrara en el set y dejara de romper raquetas sobre el cemento. Nunca lo consiguió del todo. Porque la auténtica conversión del crío Roger Federer en un campeón sin apenas fisuras fue la hazaña póstuma de Peter Canter.

Golpe en Toronto

Durante sus primeros años como profesional, Roger Federer se montó en una montaña rusa: tan pronto maravillaba al mundo con un partido espectacular como se hundía ante un rival accesible. En el año 2001, después de ganar su primer título individual, en Milán, Roger se dio el gustazo de derrotar en Wimbledon al infranqueable y rocoso Pete Sampras. El mundo entero comenzó a elogiar el talento de aquel joven y elegante suizo que, sin embargo, perdió el partido siguiente contra el anodino británico Tim Henman.

Durante todo el año 2002, el suizo trató sin éxito de hacerse un hueco en el Top-10. Poco a poco, su cerebro fue agujereándose. Tal vez nunca llegaría a nada. En ocasiones, sus rivales se lo encontraban llorando en el vestuario, desanimado, hundido, rumiando su propia mediocridad. Incluso perdió el respeto por el juego: después de perder en primera ronda en Toronto (Canadá), decidió irse de cervezas. No le importó que al día siguiente tuviera programado un partido de dobles. Después de ver una actuación del Circo del Sol, salió de marcha. Su entonces entrenador, el sueco Peter Lundgren, le llamó compulsivamente al teléfono móvil, pero Roger decidió no responder. Quería vivir la noche canadiense. Finalmente, Lundgren encontró a un jugador que estaba en el grupito de Roger, el sudafricano Wayne Ferreyra. Debía transmitir al tenista suizo un mensaje urgente: Peter Canter, su viejo preparador, había muerto en un accidente de coche mientras estaba de safari por África.

Roger, noqueado por la noticia, se sintió extrañamente culpable. Él le había recomendado a Canter que hiciese aquel safari. Salió a la calle, buscó un taxi, no lo encontró, cayó presa del pánico y corrió sin destino, como un pollo sin cabeza, durante casi dos kilómetros. Cuando regresó al hotel, ya era un hombre distinto. Al día siguiente, justo cuando cumplía 21 años, Roger Federer enterraba en Basilea a su maestro.

Aquel incidente tuvo un impacto súbito en la vida del suizo, que recordó de golpe todas las enseñanzas de Peter Canter. Fortificó su mentalidad, dejó de mortificarse, se tragó la rabia y decidió honrar la memoria de su viejo entrenador. Dos años después, Roger Federer ganaba su primer torneo de Wimbledon. Y en 2004 se convertía en el número uno del tenis mundial. «Es el jugador más talentoso que he visto en mi vida –le describió John McEnroe–. Y he visto muchos. He visto jugar a Rod Laver y he jugado contra Sampras, Becker, Connors, Borg... Pero él puede ser el mejor jugador de todos los tiempos».

Casi nadie regatea ahora en su despedida ese honor a Roger Federer. Su revés a una mano, su precisión de relojero y su elegancia suprema han hecho historia y leyenda en el tenis. Roger, el caballero que logró amaestrar a su poderoso dragón interior, ya se ha ganado el principal asiento en el olimpo. Con 20 'grandes' deja a Djokovic y Nadal huérfanos y el Big Three pierde una de sus patas. Todavía le podremos ver abrir el pecho en un revés en la Copa Laver la semana que viene. Disfrutemos del genio.