El tenista Novak Djokovic en el aeropuerto de Melbourne. / FOTO: REUTERS | VÍDEO: Atlas

La cadena de fallos y mentiras acaba con la expulsión de Djokovic

El serbio no podrá revalidar su título en Australia y pierde una oportunidad única de superar a Federer y Nadal

ENRIC GARDINER

A las 22:30 de la noche en Australia, Novak Djokovic tomó un avión con dirección a Dubái, donde haría escala antes de recalar en un país europeo que no quiso desvelar. El serbio se marchó de Melbourne dos semanas antes de lo que le hubiera gustado. Sin la posibilidad de haber saltado a pista más que para entrenarse. Su segundo partido en los juzgados lo perdió. Ya sin opción de apelar. El juez James Allsop fue el encargado de dictar su sentencia y confirmar su deportación.

Se terminaron así doce días de incertidumbre, desde que el tenista anunciase su viaje. De idas y venidas, de juicios, comunicados, manifestaciones y tiras y aflojas. Djokovic, el nueve veces campeón del Abierto de Australia, abandonó el torneo expulsado del país. Y quizás ya no vuelva más.

Allsop dio la razón al ministro de inmigración australiano, Alex Hawke, para cerrar las puertas al de Belgrado. Dio por buena la razón que esgrimió el político. Djokovic, al no estar vacunado, es un peligro para la salud pública del país y un impulso para el movimiento antivacunas, en un momento récord para los casos en Australia y en mitad de la campaña para la inyección de la tercera dosis.

El capítulo más negro de la carrera de Djokovic. Peor que ser expulsado del US Open por pegarle un pelotazo a una juez de línea. Peor que organizar un torneo en medio de una pandemia en el que se multiplicaron los contagios. Esta deportación le puede costar ser el mejor tenista de la historia, superar los 20 Grand Slams de Roger Federer y Rafa Nadal, en un escenario en el que ha ganado las tres últimas ediciones. Y todo por no querer vacunarse. Porque todo esto se habría evitado si el serbio hubiera cedido, como hizo la mayoría del circuito al enterarse de las restricciones para disputar el primer Grand Slam del año. Noventa y siete de los cien primeros tenistas del ranking decidieron pasar por la vacuna. Él no.

Y por eso no jugará para la historia. Tendrá que esperar a Roland Garros, donde la organización aún no le ha puesto trabas, más allá de ciertas restricciones como no poder utilizar una residencia a su gusto o no poder usar las mismas instalaciones que los vacunados. Tampoco tendrá problemas para entrar a Wimbledon, siempre y cuando guarde una cuarentena de cinco días a su llegada al país. Queda la duda de Nueva York, pero también del resto de torneos. ¿Podrá jugar Indian Wells? ¿Miami? ¿Cuál será su siguiente paso?

«Estoy tremendamente decepcionado», dijo el número uno del mundo en un comunicado. «Voy a tomarme un tiempo para descasar y para recuperarme, antes de volver a hablar sobre este asunto. Respeto lo que ha pasado en el juicio y cooperaré con las autoridades para mi salida de Australia. Ha sido muy incómodo para mí haber sido el centro de atención durante los últimos días y espero que ahora podamos centrarnos todos en el torneo», agregó.

Chapuza

Pero Djokovic no es el único culpable en una chapuza total y de la que la organización del torneo se ha desmarcado. Y es que el tenista aterrizó en Australia porque tenía un permiso para jugar basado en un positivo el 16 de diciembre. Quienes dieron el visto bueno a su llegada, más tarde cambiaron de opinión al ver el rechazo de la masa social. Luego se sucedieron todos los errores del jugador. La documentación mal rellenada, obviando que había viajado de Belgrado a España en los catorce días previos a su traslado a Australia, una petición de visado errónea, las dudas respecto a la veracidad del positivo y por qué no lo hizo público, y la confesión de que supo el 17 que estaba contagiado y aun así acudió a una entrevista presencial sin comunicárselo al periodista.

La cadena de fallos y mentiras legitimó al Gobierno australiano, que a la segunda ganó en los tribunales y consiguió su objetivo de expulsar al 'Djoker'. Una batalla perdida para el mejor de la historia, para muchos, y que nunca olvidará. Cuando perdió un Abierto de Australia antes de poder siquiera empuñar la raqueta.